Crítica de “Star Wars: Episodio IX, El Ascenso de Skywalker”, de J.J. Abrams

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Como no podía ser de otra manera en una gran obra de ciencia ficción, la saga de Star Wars comienza en un siglo, el XX, y culmina en otro, en pleno siglo XXI; un futuro —para aquellos primeros espectadores de 1977— casi tan inalcanzable y fantástico como el de ponerse a imaginar una historia que transcurre “Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…”

George Lucas, el artífice de tamaña épica, nunca supuso que su primera entrega iba a trascender y marcar a fuego a varias generaciones de un público ávido de aventuras interestelares. Es así que luego de la repercusión de Star Wars, Una Nueva Esperanza (1977), decidió dirigir los siguientes capítulos que sucederían, según la cronología ideada por los guionistas, con Star Wars: Episodio V, El Imperio Contraataca (1980) y Star Wars: Episodio VI, El Regreso del Jedi (1983), por lo que la primera entrega pasó a ser la número IV.

Como toda narración que comienza in media res —es decir a mitad de la historia—, tenían que imaginar cómo nació el Imperio y su contraofensiva, los rebeldes que peleaban para no caer en las garras de Darth Vader y su lado oscuro. Por lo que ya comenzado el nuevo siglo, nacería una nueva trilogía con Star Wars: Episodio I, La Amenaza Fantasma (1999); Star Wars: Episodio II, La Guerra de los Clones (2002) y Star Wars: Episodio III, La Venganza de los Sith (2005).

Hasta acá teníamos el principio y el medio, pero faltaba el final de esta saga que, si bien tuvo sus altibajos narrativos a lo largo del tiempo, todavía mantenía indeleble su marca a fuego en las audiencias de todo el planeta. Es así que diez años después aparece Star Wars: Episodio VII, El Despertar de la Fuerza (2015); Star Wars: Episodio VIII, El Último Jedi (2017) y el que ahora nos ocupa, el cierre definitivo —o quizás no tanto—, Star Wars: Episodio IX: El Ascenso de Skywalker (2019).

En el medio —como historias paralelas al universo de Star Wars— están las muy recomendables Rogue One (2016) y Han Solo (2018).

Hablar del argumento de esta increíble historia de luchas a capa y espada —en este caso, espadas láser—, emboscadas al mejor estilo medio oeste—Han Solo parece un pistolero salido de un spaghetty western—, guerras espaciales, traiciones políticas y heroísmo al por mayor, es casi un despropósito lograrlo en pocas líneas. Tanto para los que no conocen la saga, como para los que sí la conocen. Los primeros tendrían que impregnarse de toda esta parafernalia mitológica para poder disfrutar de esta maravilla narrativa y visual; los segundos están tan empapados con los ya icónicos Luke Skywalker, la princesa Leia Organa, Han Solo, Chewbacca, R2-D2, C-3PO, la Estrella de la Muerte, Obi-Wan Kenobi, el planeta Tatooine, y más recientemente, Kylo Ren y Rey —soberbios y imponentes Adam Driver y Daisy Ridley, respectivamente—, que sería absurdo contarles de qué va la historia.

Sí podemos decir que esta última entrega encaja a la perfección todas las piezas del rompecabezas que a lo largo de 42 años se fueron armando como un gran puzzle intergaláctico. Que se corre el velo sobre quién es quién en todo este entramado de personajes que tienen fortísimas resonancias shakesperianas. Tal es así que, como en su momento nos sorprendimos al saber que el siniestro Darth Vader era el padre del inefable Luke Skywalker y que éste a su vez era el hermano de la princesa Leia Organa, sin olvidar que el hijo de Han Solo con Leia se pasó al lado oscuro, en esta última entrega habrá más de una sorpresa nunca imaginada. Ya el título: El ascenso de Skywalker da para una confusión que se aclara al final de la película. Solo puedo decir que no se trata de Luke. Al minuto final se darán cuenta a qué me refiero.

La saga de Star Wars va más allá de tratar de establecer una crítica netamente técnica en cuanto a actuación, dirección, fotografía, montaje, sonido y todas las cuestiones que se analizan en toda reseña que se precie. Va más allá porque entraña el fin de un ciclo. Y como todo fin de ciclo, aparecen cuestiones más subjetivas que la contaminan de nostalgia, cierta melancolía y un inevitable balance de nuestro paso por la infancia y adolescencia que tuvo en esta saga un universo comparable a los cuentos de hadas y duendes.

Fueron cuatro décadas; cuatro décadas en las que desfilaron actores de la talla de Harrison Ford, Natalie Portman, Liam Nesson, Ewan McGregor, Samuel L. Jackson, Keira Knightley, Christopher Lee, Peter Cushing, Max Von Sidow, Alec Guiness, Adam Driver y, por supuesto, los más queridos y entrañables Carrie Fisher y Mark Hammill. Y también lo hicieron varios directores, cada uno con una visión particular de cómo narrar esta historia compleja y enrevesada.

George Lucas fue el pionero, lo siguieron otros que no estuvieron a su altura, pero por suerte el cierre estuvo a cargo de J.J. Abrams, el mismo del Episodio VII, que tuvo la audacia de compaginar memorables secuencias de acción, emoción y homenajes al gusto del fan más radicalizado. Cómo no emocionarse con la vuelta de Harrison Ford, Carrie Fisher —lamentablemente fallecida en el 2016— y Peter Hammill, es decir, los mismos que protagonizaron Una Nueva Esperanza, allá en 1977.

Mención aparte para el increíble John Williams, el creador de la banda sonora —E.T., Tiburón, Indiana Jones, Superman y Parque Jurásico, entre otras—, con una música y orquestación imperecedera que ya forma parte del imaginario colectivo y de la cultura pop. Una banda de sonido que fue seleccionada por el American Film Institute como la obra más grande del cine estadounidense. Impensable imaginar Star Wars sin ese inicio emblemático en donde la melodía heroica acompaña ese tapiz de letras amarillas que van desapareciendo en el espacio plagado de estellas.

La última entrega de Star Wars es por lejos, la más conmovedora. No solo porque representa el cierre y  la clausura de un universo que comenzó allá lejos, muy lejos, sino porque somos partícipes de la emoción que destila una increíble Daisy Ridley en el papel de Rey. Una aprendiz de Jedi —esa especie de cofradía en donde la Fuerza es su principal motor para combatir el Mal— que se carga a sus espaldas toda la película para lograr momentos que son aplaudidos por el público. De hecho, hace muchísimo tiempo que no escuchaba aplausos en un sala de cine. Y la proyección a la que fui tuvo nada menos que cuatro momentos así, con gritos incluidos. No voy a decir en qué momentos fueron, pero sí debo decir que tras esos aplausos, sobrevenían las lágrimas. Una sensación sublime que solo se logra cuando estamos en presencia de nuestros personajes tan queridos y amados, esos que crecieron junto a nosotros, luchando en un mundo ficticio pero tan real en nuestra imaginación. Y que seguramente lo seguirán haciendo a fuerza de recuerdos y remembranzas. Solo nos queda decir: Que la Fuerza los acompañe, como ellos mismos lo vinieron haciendo con nosotros desde hace mucho, mucho tiempo, cuando la ingenuidad era uno de nuestros tesoros más preciados.