Crítica de Lejos de Pekin, de Maximiliano González

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Aunque lo primero que se ve en el film de González puede remitir a algún paisaje del Lejano Oriente, una cámara se bambolea navegando por unos esteros con altas palmeras al sol (¿no recuerdan al paisaje de Zama estos planos?) convenciones visuales de una idea del Oriente que tal vez no vengan al caso, el Pekin del título es un referencia interesante a un espacio nombrado solo por la cantidad de horas que nos separan de aquel lugar.

lamados telefónicos desde el otro lado del mundo por cuestiones de trabajo interrumpen todo el tiempo la estancia, o mejor dicho la espera, de la pareja que conforman Daniel y María y que en algún pueblo de la provincia de Misiones van en búsqueda de la adopción de una pequeña niña. No podemos dejar de pensar en El hijo buscado, de Daniel Gaglianó film del 2014 o la más popular Una especie de familia, de Diego Lerman de 2017, o la anterior NOrdeste de Juan Solanas (2005). Todas peliculas argentinas en las que el tema de la adopción es abordado como un traumático proceso de frustración y desencanto.

No se aleja de esto Lejos de Pekín que, al contrario de las otras, resulta extremadamente forzada en sus diálogos: al centrarse no tanto en el problema de la maternidad o la paternidad sino en la descripción interna y externa de esta pareja puesta por el guión en situación de espera, que por esto, lógicamente, ira desenredando a lo largo de toda una noche temas de su pasado, de su infancia o de su propia historia de amor. También se cruzarán con personajes (Cecilia Rossetto por ejemplo) los que que de algún modo prefiguran también algo de su propio futuro.

Toda la historia está puesta en un paréntesis que abre con un prólogo y cierra con un epílogo con el relato en over de una madre y su hija que ponen en tensión la idea de la lluvia y la inundación de alguna tierra lejana, lluvia que por otra parte es omnipresente en la historia de Daniel y María, iuna historia dividida en varias partes con algunas citas perdidas al manejo de las represas y las inundaciones de la zona. Pero esto, como a cualquier porteño, ni a Daniel ni a María parece interesarle mucho.