Julieta D’Elía Croxatto: El arte plástico y la rebelión contra el adoctrinamiento

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Las producciones de la disidencia, objetos transgresores de los límites de la cultura oficial, han sido incorporadas a la historia del arte por movimientos artísticos surgido en el siglo XX. Así en Francia, el pintor Jean Dubuffot en la década del ’40 habló de las obras de aquellxs artistas que habían sido excluidos por los aparatos reproductores de la normatividad, particularmente las producidas por pacientes psiquiátricos. Estas piezas que irrumpían en la escena del arte, al correrse de los cánones estéticos de la época, terminaron agrupándose en lo que el artista titularía como Art Brut (arte en bruto). Al reivindicar el potencial creativo de esas obras, la postura de Dubuffet  arremetía contra las reglas sociales que les negaba esa posibilidad.

Mientras tanto en Latinoamérica, la psiquiatra brasileña Nise da Silveira, experimentaba con las técnicas propias del universo plástico en los tratamientos que desarrollaba en el Centro Psiquiátrico Nacional Pedro II. El trabajo producido bajo su dirección, se exhibió en las salas de El Museo de las Imágenes Inconscientes, fundado por ella en el ‘52. Estos hechos son algunos de los antecedentes del vínculo entre el arte y la psiquiatría.

La visibilización de la producción de la disidencia no es un hecho menor, pero al haber sido encarada por movimientos o instituciones ajenas a las circunstancias tan especiales de lxs artistas, no es incorrecto preguntarse si estxs agentes no terminan operando en contra de la trasgresión que lxs artistas expresan. En este sentido, podría afirmarse que ese fenómeno refleja la apropiación de la voz de un colectivo, poniendo al frente personas ajenas al mismo. Esta acción, al igual que los discursos y las prácticas que ensalzan las identidades hegemónicas, vienen a cumplir la misma función. Aquella que tiende a ocluir piezas que se corren de las convenciones establecidas, haciéndolas susceptibles al olvido. Por lo tanto, es necesario pensar en las formas posibles de inclusión, que no silencien a sus protagonistas.

Si bien queda un largo camino por recorrer, una de las instancias que creo fundamentales es la exposición, sin encasillar las piezas bajo rótulos fundados por externos, pero sí como un punto de partida que convoque a la reflexión. Generando que estas obras y temas que las interpelan, trasciendan en tiempo y espacio para mantenerse en un presente continuo. Así, cargadas de la historia de la subjetividad que las creo, estas piezas permiten no solo su análisis en términos conceptuales y estéticos, sino también comprender el universo de lxs artistas. Como sería el caso de Van Gogh, quien dio cuenta de su condición psiquiátrica en varias de sus producciones, convirtiéndose en uno de los principales exponente del post-impresionismo. Mientras que un siglo más tarde, Frida Kahlo plasmó sus dolencias tanto en sus autorretratos como en su diario. De esta manera intimista, invito a observar la obra de Julieta D’Elía Croxatto.

Un modo de habitar la pintura

Julieta nació el 14 de diciembre de 1978 en CABA. En una ciudad atestada por el calor del verano y la atrocidad de la dictadura, la cual pretendía ocultarse bajo la efervescencia que había dejado el mundial. Ella, quien le temía al vacío y gustaba de juntar objetos orgánicos en los espacios públicos, se recluyó en los libros descubriendo el mundo a través de la lectura. Mientras que de a poco se iba forjando una urgencia inquietante, que la condujo a manifestar a voz alzada su malestar, resistiéndose a las normas de una sociedad que buscaba adoctrinarla.

A fines de la década del ‘80 y con tan solo 9 años de edad, le diagnosticaron psicosis infantil que más adelante derivaría en esquizofrenia. La gran incomprensión de parte del sistema y sus modelos normativos, la llevaron a luchar contra las expectativas hegemónicas. Así, frente a la feroz invasión de voces y alucinaciones, encontró en el arte una fuente de alivio. Tal como expresó su tía Gladys, “se percató de que la pintura de todas las épocas, la fábulas de Esopo, las mitologías y el propio Shakespeare – lo sabía de memoria – podían moldearse en sus manos en nuevas y particulares versiones”.

De esta manera, su relación con el campo artístico se manifestó en su cotidianeidad, “era hermoso verla de niña en el Museo de Bellas Artes, parecía levitar al observar las piezas”, explicó Gladys. Incluso su cuerpo fue testigo de cuán atravesada estaba por la práctica, pasando a ser parte de su rutina diaria cuyos días consistían en tomar la medicación a la mañana, almorzar al mediodía e ir de inmediato a su taller. Ella producía desnuda, generando un contacto directo entre su piel y la pintura. Luego se cambiaba e iba a recorrer las calles de Palermo “paseando su belleza gorda como diría Julieta”, rememoró su tía.

En este atelier, ubicado en la calle Honduras (CABA), producía sus cuadros texturizados gracias al uso de pinceles planos y pintura en abundancia, dando la sensación de estar frente a un camino montuoso de trazos gruesos. De esta forma configuró, a lo largo y ancho de las piezas, una cartografía de figuras ostentosas con ojos grandes y colores vibrantes. Estos eran los protagonistas de su vida, la expresión del mundo que habitaba. En algunos casos, creó retratos inspirados en ella y en sus allegados, en otros, escenas y personajes de los libros en los que se sumergía.

Aun en su ausencia, continúo este gesto autobiográfico, ya que su obra mutó a causa de las huellas que dejó su método particular de guardarlas. La artista enrollaba los lienzos, lo cual tiempo después provocó que la pintura se pegara y, por consecuencia, algunos fragmentos de la misma se perdieran. Dicho hecho causal dejó entrever el color crudo de la tela, como si fueran las cicatrices de la extensión de su cuerpo. 

Tras su pasaje por diversos hospitales y psiquiatras, sus mejoras y recaídas, Julieta murió a la salida de su estudio el 12 de septiembre de 2008. En este mes de diciembre la artista cumpliría 41 años. Invitamos a recordarla con sus típicos “licuados de ananá acompañados de tostados como a ella le gustaba”, palabras de Gladys, y mediante su pasión por las aglutinantes capas de pintura, que fueron hasta el último momento el escenario de sus inquietudes y emergencias ante los contratiempos.

Catalogación de obra, difusión y fotografía: Rosario Villani.