Crítica de “La Luz del Fin del Mundo”, de Casey Affleck

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Más allá del contexto, del trasfondo post apocalíptico en el que está sumido el planeta entero y de la naturaleza salvaje que parece cubrirlo todo, La Luz del Fin del Mundo (2019) es una conmovedora historia de amor filial entre un padre y su hija de once años. De esto nos damos cuenta a partir del minuto cero y hasta pasados los primeros diez de empezada la película. Desde el minuto cero porque el título original —Luz de mi Vida— habla a las claras lo que representa la pequeña Rag (una sublime actuación de Anna Pniowsky) para su padre (otra actuación ejemplar de Casey Affleck) de quién nunca sabremos su nombre. Y pasados los primeros diez minutos de película porque eso es lo que tarda el padre de Rag en contarle el cuento sobre el Arca de Noé —con las variantes propias de la improvisación— en un clima de absoluta intimidad, refugiados en una semipenumbra que el director de fotografía Adam Arkapaw se encarga de matizar con tonos cálidos, y a la que se prestan los dos protagonistas echando por tierra la premisa que dice que los primeros minutos de una película —vale también para la literatura, es decir para toda narrativa— tiene que atrapar al espectador/lector con golpes de efecto y algún que otro sobresalto.

Aquí no sucede nada de eso. Son casi diez minutos que uno se deja hipnotizar por un cuento fantástico, hablado en susurros, con la cámara en plano cenital, con pocos cortes de edición y en donde podemos apreciar los gestos de ambos que nos hacen creer que los estamos espiando a través de una rendija de la carpa en donde se encuentran y que ellos ignoran por completo. Un cuento como el Había una Vez de los relatos orales que cautiva en una película de por sí cautivante. Comienzo arriesgado si los hay. Pero esta ópera prima de Casey Affleck —si descartamos el falso documental I´m Still Here de unos años atrás—  es el tono que quiso imprimirle a toda la película. Y no es un dato menor que el propio Affleck haya sido el protagonista de la excelente Historia de Fantasmas (2017), de David Lowery; un film tan minimalista que parecía que el tiempo se había detenido. Tanto el de la historia en sí, como el de nuestra percepción como espectadores.

La Luz del Fin del Mundo trata sobre un mundo devastado por un virus (llamado qtb) en el que solo las mujeres fueron afectadas. Algo que ya había tratado la película Hijos de los Hombres (2006) de Alfonso Cuarón, aunque en ese caso la raza humana se veía amenazada por la infertilidad y no por el exterminio del sexo femenino. En el transcurso del film se da a entender que no todas las mujeres sucumbieron ante la peste, sino que existen refugios en donde algunas pocas se hallan a salvo y son protegidas. Claro que los términos “a salvo” y “protegidas” se vuelven algo siniestros. Eso mismo piensa el padre de la pequeña Rag por lo que deciden vivir una vida solitaria y nómade en medio de bosques húmedos y peligrosos, en alguna casa o granero abandonado que encuentran en el camino, o directamente acampando allí en donde se sientan más seguros.

En esta travesía sin ningún norte preciso, ambos demuestran permanentemente su mutuo afecto. El padre trata de enseñarle los valores éticos y morales sin descuidar nunca las alertas rojas que ha ido desarrollando para poder escapar ante cualquier peligro inminente. Este tipo de precaución es lo que les salva la vida en varias oportunidades.

Al caer la noche, mientras se preparan para dormir, padre e hija construyen un ritual en donde no faltan los cuentos, pero tampoco los interrogantes sobre la muerte, las dudas sobre la condición humana y qué esperan sobre un futuro que se volvió  incierto. Es por eso que Rag debe esconder su sexualidad —en el preciso momento en que está entrando a la pubertad— vestida de varón, con el pelo corto y oculto dentro de una gorra o capucha, sin poder optar por una simple campera que encontró abandonada en el armario de una chica de su edad —fallecida por la peste— por tener “brillos” que la delatarían en la oscuridad, pero también por parecer demasiado femenina. La pequeña Rag es inmune al virus. Nunca se aclara el por qué de esa inmunidad, pero es un dato que no afecta en absoluto el desarrollo de la trama. Su madre (Elisabeth Moss) murió a una edad en que ella era tan pequeña —cuando se desató la pandemia— por lo que ya no se acuerda cómo era. Una mujer sufriente que se le aparece a su padre en sueños y recuerdos para atormentarlo en su soledad y por el miedo a no poder realizar la tarea que le encomendó como último deseo; esto es proteger a su hija de una civilización —la suya— que se convirtió en una amenaza.

La manera de filmar de Affleck tiene la virtud de tomarse su tiempo en cada diálogo, en cada espacio en donde ambos interactúan o caminan, o simplemente se miran. Porque también es una película de miradas; de miradas profundas, amorosas y de tanto en tanto miradas que destilan temores ocultos. De esa manera uno se encariña con ambos protagonistas de una manera tal que a medida que avanza la película y los peligros parecen acentuarse, uno ruega para que no les pase nada. Preferiría que la película terminase antes de tiempo, si eso es posible, para evitar algo que les pueda hacer daño; para respirar aliviados, para que encuentren un lugar en donde sentirse a salvo. Pero claro que siempre algo puede ocurrir, y efectivamente ocurre. Las últimas escenas son tan adrenalínicas que uno contiene la respiración todo el tiempo que dura el enfrentamiento entre el padre de Rag y los que la buscan para algo más que “protegerla”. Mención especial para las luchas cuerpo a cuerpo. Pocas veces el cine produjo versiones tan reales como las de estas secuencias.

Y si hablamos de menciones especiales, la pequeña Anna se lleva todos los méritos. En su debut como actriz, nunca parece estar actuando. Su calidez y especial atención cuando escucha a su padre es sencillamente magistral, como así también cuando se enfrenta a él con el enojo propio de estar llevando una vida difícil, tanto por el mundo que le tocó vivir, como por su naturaleza pre adolescente en donde comienza a cuestionarlo todo.

Affleck —Oscar a Mejor Actor por Manchester by the Sea— hizo un soberbio trabajo como director, hay algo del Lowery de A Ghost Story en cuanto al tono y dinámica de la película, pero es en la elección de Anna Pniowsky que el film encuentra su condición más valiosa y fundamental para que esta historia de un mundo distópico y totalmente intimista se convierta en una película en donde la belleza se encuentra en los pequeños gestos. Una película que es “una aventura romántica”, como dice la pequeña Rag mientras mira el infinito y abraza a su padre que se debate entre la vida y la muerte.