Crítica de “La jaula humana”, de Marvel Aguilera

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Cuando empecé a leer los cuentos de Marvel Aguilera, de inmediato recordé una charla que había tenido con una socióloga acerca del concepto de “territorio”. La jaula humana narra historias en las que los personajes recorren un espacio vivido que, a su vez, es también social; un cruce entre lo individual y lo colectivo, entre lo interior y lo exterior; un espacio real (Morón, Merlo, San Antonio de Padua…) y otro metafórico.

“Caminé frágil. Odiaba todo lo matutino (…) El brote del viento rompía con la modorra de mis ojos, con mi aliento agrio. Las veredas rotas de Villa de Parque. Un ferretero fumando en la puerta del local: su pelo grisáceo, el guardapolvos azul, los anteojos pegados con cinta scotch. Un perro viejo lamía el agua podrida de una canaleta. El olor a carne asada se multiplicaba”, dice en “Sapos quemados”, pero podría ser una descripción de cualquiera de los cuentos. Allí se ve la importancia del territorio como entramado social, como proyección de los deseos y los conflictos de los personajes. En este sentido, además, es muy importante la presencia del contexto político-histórico: la época de la dictadura, los desaparecidos, la plata dulce son el telón de fondo que vuelve siempre a través de la memoria de los protagonistas.

El recuerdo y la memoria se instalan en el libro desde los epígrafes, y transforman la narración en un mosaico de escenas que alternan el pasado con el presente en un formato de videoclip, como dice Luis Herrera en las primeras páginas. Lo que se cuenta reiteradamente son fracasos personales anclados en un tiempo anterior que retorna a modo de justificación, como un intento de comprender por qué las cosas son como son. Así se evoca la casa paterna, los amigos y los primeros amores de la adolescencia, la relación con el padre o con la madre; y en el medio, la náusea o el vómito como una metáfora de aquello que está revuelto en la vida de los personajes. En “El último testigo”, uno de los cuentos más logrados, un hombre vuelve a General Villegas, su pueblo natal, mientras recuerda de manera desordenada diferentes episodios en los que se hace presente la violencia, otra de las constantes de La jaula humana. Todos son víctimas de la violencia, pero también la ejercen: a veces contra los demás, pero muchas otras contra sí mismos; una violencia nace de la frustración, del desacomodamiento.

Volvamos una vez más al territorio: también está conformado por alusiones literarias, culturales, cinematográficas y musicales, lo que permite ampliar ese mapa que define a los personajes, pero que, además, invita al lector a distintas interpretaciones. Francis Ford Copola se mezcla con Olga Orozco, Humphrey Bogart con Stanley Kubrick, Fiódor Dostoievsky con Nicolás Casullo dándole a los protagonistas una dimensión que los trasciende porque, como dice en “Los extras”, de lo que se trata es de escribir sobre “aquellas personas que ponen el cuerpo sin ser el foco”.

Marvel Aguilera, La jaula humana, El bien del sauce, 2019, 140 págs.

Marvel Aguilera es periodista y editor de contenidos periodísticos. Actualmente, es uno de los administradores de la revista Ruda y colabora en numerosos medios de comunicación. La jaula humana es el primer libro de una trilogía que se completará con Ira y tiempo y Cero tolerancia.