Crítica de Boda sangrienta, de Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett

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Los realizadores Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett proponen con Boda sangrienta (Ready or not, 2019) un festival de gags, asesinatos y mucho humor negro. Sin tratarse de una película que tome demasiados riesgos, estamos frente a un buen exponente del cine de terror que llega justo hacia el final de la temporada.

El casamiento es un momento decisivo para todas las parejas. Es una institución aún vigente que -ritual mediante- genera dudas, pactos y, claro, los consabidos nervios alrededor de la ceremonia. Con esa premisa comienza Boda sangrienta; Grace (Samara Weaving) es la bella novia de Alex (Mark O’Brien), joven perteneciente a una familia multimillonaria, hacedora de un emporio vinculado a los juegos de mesa. Ella sabe que los integrantes de su futura familia la miran con recelo (algo que su inminente esposo no ignora) pero pese a eso decide dar el sí.

Pasan pocas horas para que la familia le revele que tendrá que sacar una carta y jugar el juego que ésta indique. Lo que parece una curiosa extravagancia snob no es más que el puntapié para un carnaval de sangre; elección de carta mediante, lo que le espera a la novia es jugar a las escondidas. Pero, ¿qué debe hacer el que la encuentre? Matarla, ni más ni menos.  Desde ese momento, Boda sangrienta propone un festival gore, dosificado con humor negro y algunas secuencias de persecución que permiten que se luzca esa mansión fastuosa y ominosa capaz de rememorarnos las películas de la factoría Hammer.

Con un presupuesto de seis millones de dólares (un vuelto, si se tienen en cuenta los estándares del mainstream), Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett se las ingenian para construir  momentos entretenidos y otros no tanto, pero siempre concentrados en este juego del ratón y el gato (o los gatos, mejor dicho) en donde no hay caras demasiado conocidas pero sí un casting ajustadísimo (aparece el ascendente Adam Brody y la actriz Andie MacDowell, como la matriarca), con algunos ejemplares freaks (un padre varias veces pasado de rosca, una tía que da miedo con solo mirarla).

Con aquellas cartas y con “pequeñas decisiones”, Boda sangrienta se disfruta como se sigue disfrutando del pasatiempo de ver Tom y Jerry, por el mero placer de seguir un enfrentamiento tras otro. No se trata tampoco de una película que aspira a la crítica social (aunque hay diálogos mordaces contra la institución matrimonial); no estamos frente a un caso como ¡Huye!  Pero lo cierto es que así, tal cual es, no necesita convertirse en un relato reflexivo. Alcanza y sobra con los poco más de 90 minutos que brinda, en donde hay –en dosis casi iguales- algunos gritos y algunas carcajadas.