Crítica de “Como si existiese el perdón”, de Mariana Travacio

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Como si existiese el perdón es una novela donde el pasado vuelve sobre los personajes como un fantasma que nunca muere. Es también una historia de viejos rencores y, en el fondo, es una lucha contra el destino que acecha y al que solo queda enfrentarlo o resignarse.

El libro arranca con un crimen que perseguirá a los protagonistas vayan dónde vayan, pero que, asimismo, los llevará a iniciar diferentes búsquedas personales para encarar a sus propios fantasmas dentro de un universo masculino donde la violencia, el rencor, la venganza y la muerte conviven con la solidaridad, el sacrificio, la amistad y el amor.

El que narra la historia es Manoel, quien vive con el Tano desde que sus padres murieron. En ese pueblo, además, están Antonio, el carpintero, y su hija Pepa; Juancho, Ramona y su hijo recién nacido: todos rodeados por viento norte, el calor y la sequedad extrema. De inmediato, surge la relación con la literatura de Juan Rulfo, no solo por la descripción del espacio, sino también por la caracterización de los personajes, de sus necesidades y sus deseos. Basta recordar uno de los cuentos de El llano en llamas, “Nos han dado la tierra”, para encontrar un trabajo similar con los símbolos: el agua y su falta es una metáfora que recorre ambos autores. El agua es fuente de vida, pero a su vez puede ser destructora; incluso puede estar asociada con la palabra. Los personajes de Como si existiese el perdón habitan un pueblo árido donde metonímicamente las palabras son escasas y donde parece que todos hablaran en voz baja. Del otro lado, están los Loprete, los enemigos, que viven en un espacio más fértil, lleno de palabras, de gritos, de insultos. En este sentido, abundan las descripciones que contrastan ambos mundos: “Nosotros lo escuchábamos absortos, pretendiendo descubrir dónde era la tierra esa, tan generosa, que daba hierba. La nuestra era mezquina, nunca daba mucho, ni aun cuando nos tocaban las pocas lluvias que teníamos”.

Mariana Travacio no solo enlaza su novela con la literatura de Rulfo, sino que esta puede leerse como una tragedia griega donde la hibris o desmesura lleva a los personajes a su propia desgracia. La furia y el orgullo provocan un desequilibrio que hay que restituir. De ahí, la relación con la locura: “Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco”, decían los antiguos. El Tano va perdiendo la cordura hacia el final, tres de los hermanos Loprete y su madre están locos, y en general, en casi todos los personajes hay un estado de locura, entendida como cierto desajuste con respecto a la realidad. Sin embargo, la autora va más allá porque también dialoga con el Hamlet de William Shakespeare a través de doña Ofelia, la madre de los Loprete, quien “tenía una locura pacífica que en nada se parecía a la de sus hijos” y recibe la visita de Iris, la mensajera de los dioses para calmar sus ahogos.  

En cuanto a su estructura, el texto se divide en breves capítulos que trabajan con un tiempo anacrónico que se enlaza con otro gran tema que lo recorre: el recuerdo. “En esos días nos agarraba seguido el recuerdo”, dice Manoel,  porque lo que vuelve, lo que se repite, es el pasado, esos fantasmas de los que hablábamos al comienzo. Como dice Miranda, otro de los personajes: “…a los fantasmas hay que pelearlos de entrada, Tanito, porque si no se afianzan, ¿sabés?, y se acaban instalando y no se van más”. Asociados a los recuerdos, están los rencores que “se tejen lento y a veces se arraciman”. En consecuencia, para enfrentar eso que nos corroe, los protagonistas emprenden diferentes viajes que siempre implican un camino interior hacia la propia verdad donde puede estar la redención y el perdón.

Es imposible, a esta altura, no hablar sobre el estilo de Mariana Travacio, una escritura poética donde se nota la búsqueda de la palabra justa, despojada pero significativa: “Allí, donde vivíamos, venía el viento norte”. Era un viento de calor que nos cercaba despacio hasta instalarse como un perro hambriento”;  “El horizonte se veía como un resplandor de humedades que subían al cielo despacio, como si una bruma lo borroneara, pareja, y refractara un mínimo de luz, a cuentagotas, a medida que avanzábamos”; “Porque así tenía los ojos, antiguos, como si detrás de ellos se escondieran mil vidas y él pudiera consultarlas todas cuando le viniera en gana”.

Como si existiese el perdón es una excelente novela que, como pasa con otras autoras de la misma generación, nos demuestra que las mujeres tienen una voz propia que está dejando huellas en la literatura argentina.

Mariana Travacio, Como si existiese el perdón, Metalúcida, 2018, 144 págs.

Mariana Travacio nació en Rosario. Eslicenciada en Psicología y magíster en Escritura Creativa, además de traductora de francés y portugués. Sus cuentos recibieron numerosos premios nacionales e internacionales y fueron publicados en revistas y antologías de Brasil, Cuba, España, Estados Unidos, Argentina y Uruguay. Es autora, además, del libro de cuentos Cotidiano.