Crítica de “El Ente”, de Luciana Strauss

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El Ente es un organismo estatal cuyos empleados hacen como si trabajaran mientras, en realidad, conspiran por detrás, buscan alianzas, “rosquean” a la espera de un aumento, una recategorización, o la posibilidad de acomodar a algún amigo o familiar. Luciana Strauss arroja a sus personajes en un espacio opresivo que nos recuerda, por ejemplo, los cuentos o las novelas de Franz Kafka.

El libro relata distintas historias que se cruzan a partir de los deseos incumplidos y de las desilusiones de sus protagonistas: Nelly, Silvana, Rolly, Carla, Laura, El Tripa transitan los pasillos y las oficinas del organismo. Nada o casi nada sabemos del afuera, de la vida más allá de las paredes grises del edificio de El Ente. Desde el comienzo, entonces, el espacio juega un papel muy importante en la novela: el afuera y el adentro, pero también el arriba y el abajo. Entre la terraza, lugar al aire libre donde se pueden ver el cielo y las palomas, y el subsuelo, donde está la oficina de Personal -el descenso al Infierno-, todos pasan sus días urdiendo planes para salvarse como sea.

Como en una especie de derrotero dantesco, los personajes bajan las escaleras y ven corporizados sus miedos en cucarachas, oficinas que mutan, objetos que levitan en el subsuelo. “agujero negro que descendía profundo y parecía no tener fin”. Tener que visitar la Oficina de Personal es un castigo que se paga hasta con sensaciones corporales como las náuseas y el vómito que le sube a Rolly, o el ahogo que invade a Laura. Incluso Nelly, más experimentada y cerca de su jubilación, sabe que descender no es poca cosa y “se imagina guerrera, vincha alrededor de la cabeza, flecha en mano, la imagen de Aries, su ascendente”, y prepara todo un ritual para la ocasión.

A partir de lo anterior, vemos cómo Luciana Strauss incorpora lo fantástico y lo maravilloso, pero no solo en las escenas del subsuelo, sino también a partir de una historia paralela: la de las entidades, seres diminutos que habitan en los cajones de Nelly en medio de caramelos, cartuchos de tinta, fotos, hilo dental, sahumerios, papeles, restos de plasticola… Serán esas entidades las encargadas de ayudarla a encontrar un boleto donde José Luis, un vendedor de duraznos del Mercado central, anotó su número de teléfono. Nelly fantasea escenas de sexo con este hombre en una de las pocas menciones al afuera. José Luis se transforma en la encarnación del deseo de vivir, de ser libre, de romper el cerco opresivo que El Ente crea alrededor de sus empleados.

En medio de lo fantástico, además, surgen temas profundamente filosóficos como la alienación del hombre moderno, las relaciones de poder, y también el cuestionamiento de las relaciones laborales en las que la mujer no vale por sus estudios o por sus capacidades, sino por su cuerpo o por lo dispuesta que esté a ofrecer sexo por un ascenso.

El epígrafe de la novela habla de “un burdel de almas vacías”, metáfora perfecta para definir a sus protagonistas que, como dice Marcelo Guerrieri en la contratapa están “tironeados entre el martirio y el desahogo”, como nos pasa a más de uno en nuestra vida cotidiana.

Luciana Strauss, El Ente, Alto Pogo, 2018, 122 págs.

Luciana Strauss es socióloga y docente universitaria. El Ente fue finalista del Primer Concurso de Narrativa Bernardo Kordon, organizado por las editoriales Conejos y Paisanita, y es su primera novela.