La urgencia de la escritura

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Cumpliendo religiosamente con aquel propósito de escribir un texto por mes para Leedor.com, me encontraba tratando de hilvanar algo sobre una temática un tanto banal; miento, el tema era muy profundo, pero el tratamiento que le estaba dando, tal vez era un tanto trivial. Lo cierto es que los acontecimientos se precipitaron y tomaron un tinte oscuro, verdaderamente peligroso para toda la región.

El domingo 10 de noviembre se alteró la paz del feriado (recuerdo el aburrido 0 a 0, hasta ese momento, del Racing – Huracán), cuando Evo Morales expresa su renuncia e inmediatamente el jefe del Ejército le “solicita” que abandone el cargo de Presidente de la Nación. Un nuevo golpe de estado se consumó en América Latina, con características que hacía años que no se veían, o bueno que se veían sólo en Haití (capaz que dejar pasar las cosas en Haití, capaz que no atender a las más mínimas violaciones a los derechos humanos que se suceden, es parte del camino que nos trajo hasta aquí).

Como no podía ser de otra forma, pese a los negacionistas de siempre y a quienes discutían la pureza del concepto “golpe de estado” (en un alarde de nominalismo extremo que sólo revela un carácter diletante), la represión se fue acentuando con cada día que pasaba. Y que hasta el día de hoy sigue incrementándose. Las noticias ya hablan de decenas de muertos, centenas de heridos y un número indeterminado (como siempre sucede) de desaparecidos. Están los militares y el resto de las fuerzas del aparato represivo al mando de la calle y fueron ellos quienes le sugirieron la renuncia al presidente legítimo (al menos hasta Enero de 2020), allí se cumplen los criterios de un golpe de estado clásico.

Desde la conquista española, el terror duerme y despierta cíclicamente en América Latina. Lo que sucede en una región, tiene implicancias en el resto, se expande como una epidemia. Una suerte de inducción nefasta. Las oleadas de muerte sacuden sincrónicamente las Cordilleras, las Selvas y los Valles; yo no sé si la leyenda es negra o blanca, lo que sí sé es que es roja como la sangre.

Tomemos al azar algunos acontecimientos de los últimos 500 años, fenómenos similares se suceden en un clima histórico simultáneo. Siglo XVIII, los Borbones toman el poder en España. En relación a las colonias, reorganizan todo el sistema de virreynatos, los cambios se sintieron desde América del Norte hasta el Río de la Plata (y hasta un poquito más allá). Siglo XIX, las luchas por la Independencia de cada una de las regiones (o de toda la Región) comienzan en el año 1810. Siglo XX, en la década del ‘70 las dictaduras de todo el continente coordinan sus matanzas, hasta lo bautizaron con un nombre que mancilla al pobre Cóndor.

Esta sincronía es más palpable en el caso de Bolivia. Escuchar a la autoproclamada presidenta decir, delante de las cámaras, que al fin había vuelto Cristo al Palacio de Gobierno y que ya no había lugar para la Pachamama, no solo me estremeció sino que trajo a mi memoria la trístemente célebre Extirpación de Idolatrías.

El capítulo americano de la Inquisición se llamó Extirpación de Idolatrías y comenzó en el siglo XVI y duró hasta el siglo XIX. Mediante la tortura, el asesinato y el genocidio cultural, se intentó borrar todo vestigio de las creencias de los pueblos originarios. Nunca lo lograron, pese a la cantidad de víctimas; lo que sucedió fue que se generó un sincretismo, es decir una mezcla de cosmovisiones originarias y cristianas. La Guadalupana es también la Pachamama. La cultura, como siempre, triunfó por sobre los autoritarismos necios.

Tenemos la certeza que si los pueblos vienen resistiendo hace 500 años, pueden resistir 500 más. Pero no podemos menos que alzar la voz y denunciar las violaciones a los derechos humanos que ahora mismo están ocurriendo.