Crítica de El irlandés, de Martin Scorsese

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Estrenada en escasas salas a causa de la política de exhibición de Netflix, llegó a los cines argentinos El irlandés (The Irishman, 2019), última gema de Martin Scorsese que, desde esta semana, integrará el catálogo del gigante del streaming.

A partir de su exhibición como film de clausura del reciente 34° Festival de Cine de Mar del Plata, la crítica local decretó a El irlandés como la última obra maestra de Martin Scorsese, quien tuvo grandes films en los últimos años, pero que sin embargo no lograban alcanzar los picos de Buenos muchachos, La edad de la inocencia y Casino, por citar apenas tres ejemplos de su obra. Con esta incursión en la figura central de Frank Sheeran (Robert De Niro) y, de modo más tangencial, en la del líder sindical desaparecido Jimmy Hoffa (Al Pacino), Scorsese revisita tópicos nodales de su filmografía como la violencia, los códigos mafiosos, la escisión entre la ética particular y la familia, las ambiciones y traición.

La estructura de El irlandés está organizada a partir de los recuerdos de Sheeran, a quien conocemos al comienzo como un anciano en mal estado físico; al borde de la decrepitud, cuenta (más aún: elije qué contar) buena parte de su biografía, centrada en lo que ocurrió tras haber participado de la guerra. Una de las premisas de la película sostiene que Sheeran volvió como una máquina de matar, un hombre que puede disparar con precisión para más tarde salir caminando como si nada hubiera pasado. Claro que esta cualidad será aprovechada por otros más poderosos que él, inicialmente Russell Bufalino, interpretado por Joe Pesci, quien al igual De Niro y Pacino entrega una actuación formidable, de esas que hacen pensar que ese rol no pudo haber sido jamás para otro actor.

Esta suerte de épica paradojalmente anti heroica sigue el camino de Sheeran, desde su perfil de padre de familia integrada casi íntegramente por mujeres (de algún modo, el “grado cero” de la moral recae aquí sobre ellas) hasta su devenir como mano derecha de Bufalino y de Joffa. Son recurrentes en la película los cócteles, las mansiones de estilo veraniego, los bares ambientados con hermosas lámparas que delinean climas sugestivos en los que se tejen los acuerdos y desacuerdos entre las distintas mafias (en ese sentido, no es tan errada la idea de que El irlandés es una suerte de reversión de El padrino alla Scorsese”). De a poco, se prefigura la ominosa figura de la traición, que ocupará de forma más central la última media hora del relato.

La estructura temporal propuesta por el guion (escrito por Steven Zaillian y basado en el libro I heard you paint houses) le permite enfrentar al Sheeran del presente con el de al menos dos líneas de pasado distintas; en ese contraste, la película cobra una fuerza mayor y los personajes adquieren una dimensión más compleja, lo que produce que sus 210 minutos de duración no pesen. Desde ya que hay marcas autorales identificables, como los extensos diálogos (al principio intrascendentes pero, de repente, reveladores), el montaje disruptivo para enfatizar el efecto de violencia, los estilizados planos secuencias. También es destacable la banda sonora, telón de fondo para las tres décadas que recorre el film (desde los ’50 hasta fines de los ’70) y que entrega algunos clásicos inoxidables de jazz, rock y otros estilos.

Finalmente, El irlandés resulta un film excesivo pero a la vez de una prolijidad exquisita, producto de un creador que se sabe clásico y entrega a Netflix una película cinematográficamente potente, lo que dice mucho de los tiempos que vivimos. Casi un testamento cinematográfico que nos recuerda un cine que probablemente ya no se hará, pero que es lo suficientemente valioso para dar cuenta del presente y, sin dudas, convertirse en un clásico para el futuro.