Carta abierta a Martín Scorsese, a propósito del estreno de The Irishman

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Martin, te quería decir que fui al cine a ver tu película, The Irishman, porque me llegó el rumor de que bajaste la persiana. Qué buena noticia. Me fui hasta una sala muy, muy lejos de mi casa, porque no tenía otra opción. Dentro de unos días ya va a estar disponible para ver en el living, pero lo que pasa es que en mi casa se filtra un poco de luz de la calle, algunos ruidos y mi celular sigue estando ahí, al alcance de mi mano. Y como entendí que en esta peli eras vos que el que bajaba la persiana, preferí asistir a una sala de cine, para así poder presenciar físicamente el efecto contundente de una ventana cerrada. ¡Y encima semejante ventana, esa que vos mismo remodelaste!

Porque cuando parecía que todo lo referente a la mafia italoamericana estaba enmarcado dentro un ventanal claroscuro y solemne, hiciste añicos esos vidrios y ese marco con la historia de un nene medio irlandés, medio italiano, que quería ser un gángster. Nos diste una nueva perspectiva sobre ese universo. Así como Ford había sepultado (incendiado) a la leyenda de John Wayne en Liberty Valance, de alguna manera Leone ya había cerrado un capítulo sobre el mundo del hampa -aunque judía- neoyorquina con la elegía de Erase una vez en América.

Pero como ya sabes, una vez jubilado el “western clásico”, terreno semántico donde se conjugan el honor y el afán de conquista y colonización, fue rápidamente renovado por sus hijos bastardos: el sanguinario Sam, malogrado y auténtico, y sus hermanastros del otro lado del charco, los sucios y polvorientos italianos. Y de una manera análoga, Martin, fue que prolongaste (renovaste) el subgénero mafioso con esta nueva instancia del sello Scorsese. En donde quienes tenían la autoridad para jalar el gatillo, lidiaban con una gran inestabilidad emocional, en donde la elegancia de la cosa nostra se embarró en el lodo y se obnubiló con el whisky, en donde la ópera dramática se tornó en un plano secuencia pop rocambolesco, en donde Nino Rota cedió ante los Stones o los Sex Pistols.

Pasaron 29 años y por fin Martin bajaste la persiana. Como Ford o Leone, vos también filmaste el crepúsculo. En el medio variaste espacios, prácticas y momentos temporales, incluso reemplazando a la cosa nostra por empresarios bursátiles tomando droga en yates, pero siempre con la misma estructura y el mismo discurso. Hasta ganaste un Óscar, cómo no.

Durante estos años también te imitaron, te homenajearon, quisieron tomar la posta que se suponía habías abandonado a la suerte del mejor postor. Y nunca salieron bien, porque ante de los ojos de otro se veía un universo atrasado, anacrónico, bárbaro. Y vos Martin, sabías esto. Y también sabías que ya no se podía prolongar más. Que de la misma manera que Ford se dio cuenta que ya la civilización y las leyes jurídicas habían aplacado el mito del Oeste, vos te diste cuenta que el universo que creaste (o reformulaste) ya estaba caducando, que nuestra nueva generación ya no iba a tolerar o simpatizar -por suerte- con ese mundo de machos, de matones, de tradiciones familiares y patriarcales, de la ley del más apto o el más picante.

Te diste cuenta que era necesario hacer un testamento fílmico, firmar la carta de defunción de ese campo semántico. Y lo bien que hiciste en hacerte cargo, Martin. Con tu culpa cristiana apostólica romana que castigó con la justicia divina a cada uno de los pecadores de tu cine, como si necesitaras exculparte de los exabruptos de Henry Hill, Jimmy Conway, Tommy DeVito, Ace Rothstein, Nicky Santoro, Collin Sullivan, Frank Costello, incluso Jordan Belfort. Y lo hiciste con la lucidez de entender los tiempos que corren. Tuviste el apremio de evitar regodearte con los excesos rockstars de tus anteriores películas, en su momento cool, hoy desfasados. Reventaste autos, sí, pero también hiciste una elipsis hermosa de un asesinato que en otro momento no la hubieras hecho. Afinaste la mirada, resignaste los vicios e hiciste una obra eminentemente sobria. No creo que hayas una obra maestra, pero para la mayoría sí y no es mi intención ponerlo en duda. Elegiste un ataúd verde, hermoso, y regateaste el precio con dulzura, resignado a que la enfermera o el enfermero no sepan quién es Jimmy Hoffa (ni habrán visto Goodfellas). Fiel a tu estilo, introdujiste a un cura de ojos claros y voz cálida para que te haga rezar el rosario de cada muerto en tu película.

Con Robert De Niro hombro a hombro, ayudándote a que sea una conclusión fotogénica, sincera, honesta, prolija, calma, humana, nostálgica pero determinante. Y con la colaboración de Joe Pesci, claro, que encarna como ninguno tu manera de hacer cine. Y después pediste entierro en un santuario para que la muerte de tu cine no sea tan definitiva.

Supongo yo que en el fondo estás esperando que te surja, como a Ford o a Leone, un Clint Eastwood imperdonable que se empeñe en rajarse de la granja donde pensaba quedarse el resto de sus días, para tirarle unos balazos a un par de inmundos que quedaron anclados al pasado pisado, y volver al ranchito cuando se ponga el sol para descansar. Puede que eso pase Martin, pero ya no depende de vos. Y yo, desde acá, desde el Cine Los Nogales de Tristán Suárez, quiero agradecer que te hayas hecho cargo y hayas decidido bajarle la persiana a tu universo de mafiosos, de ascenso-auge-caída, de la justicia divina cristiana.

Que hayas sido vos y no otro. Que hayas dejado vivir a tu protagonista. Que te permitas mostrarlo envejecido, en silla de ruedas, dudosamente arrepentido, como un estilo de cine o un universo de personajes que ya perece con vos, con Bob, con Pesci, con Keitel.

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