Crítica de “Doscientos canguros”, de Diego Muzzio

0
58

“El paisaje parecía irreal, absurdo, algo inquietante”, dice uno de los cuentos del volumen de Diego Muzzio, y el enunciado deviene en una perfecta definición de estas siete historias donde se instala lo siniestro.

El título del libro adelanta una de las constantes que recorre sus páginas: la presencia de animales junto con la animalización de los personajes. La pista del aeropuerto de Ezeiza se ve invadida por una enorme cantidad de conejos, y una playa amanece con cientos de ballenas que eligen ese lugar para morir; a estas referencias se suman tortugas, caballos, leones y canguros. Todos estos animales, además, están asociados con la idea de muerte, que es uno de los temas de todos los cuentos, la muerte no solo como fin de la vida, sino también como límite, como lo inevitable, como aquello frente a lo cual hombres y mujeres nos declaramos vencidos.

Los animales también son parte de comparaciones o de metáforas que dejan para el lector la tarea de develar qué hay detrás de cada descripción: “El Boeing parecía un dinosaurio herido entre la niebla”; “[Víctor] emitió un agudo chillido, como un pequeño animal desesperándose, un animal en apariencia inofensivo”; “Diminuto, reseco, arrugado como una tortuga, el anciano pasaba sus días detrás de la caja registradora de la tintorería”.

El otro gran tema que atraviesa los relatos es el de la paternidad/maternidad. Los padres abandonan a sus hijos, como le pasa a Felipe en “El Hombre Neutral” o a Lucio en “La estructura de los mamíferos”; se mueren, como en “Doscientos canguros”; o son seres crueles que arruinan la vida de sus hijos o sus hijas. El padre de Víctor, Gustavo y Leticia Tromer, en “Los discípulos de Buda”, es un “verdugo y vampiro”, además de un monstruo. El de Teiji y Aiko Onamura, en “El caza Zero”, los obliga a trabajar en la tintorería de sol a sol; Gustavo Molina, el padre de Ana en “El cielo de las tortugas”, es un hombre severo que impone dictatorialmente sus creencias religiosas. Patricio, en “Caballo en llamas”, le ruega a su padre que le permita zafar de ir a Malvinas, pero aquel se niega y lo humilla llamándolo “maricón”. La figura del padre es siempre una norma que impide que sus hijos realicen sus propios deseos, y su presencia sigue aun después de muertos, como la sombra de Hamlet que los persigue. Las madres, sumisas y temerosas, poco pueden hacer frente a la violencia que instaura el vínculo paterno y sufren las consecuencias de su falta de decisión.

Más allá de los temas que actúan como un nexo entre los cuentos, en tres de ellos, los personajes coinciden en espacio y en tiempo: Felipe, Lucio y Gustavo están en Ezeiza por diferentes razones el mismo día de la invasión de los conejos. Este hecho, entonces, se cuenta desde diferentes puntos de vista, técnica que Muzzio utiliza dentro de todos los relatos: distintos narradores en primera persona cuentan partes de las historias, y no solo los personajes principales. De esta manera, se hace presente una polifonía constante, un diálogo de varias voces dentro de los cuentos, pero también entre un cuento y otro, y entre estos y la tradición literaria a través de los epígrafes que remiten a autores de varias épocas y de varios países.

Otro de los diálogos que propone el autor es con la historia argentina, en especial con dos sucesos que marcaron al país: la última dictadura y la Guerra de Malvinas -Gustavo Tromer es secuestrado por los militares y torturado, y Patricio es un excombatiente-. La violencia está en ambos episodios, pero también en todo el libro como manifestación de relaciones de poder donde vuelve a aparecer lo siniestro. El otro diálogo también presente es con la historia mundial a partir de las referencias al ataque a Pearl Harbor o a personajes históricos muy recordados como Bobby  Fisher, lo que permite, además, la referencia al ajedrez, de larga tradición en la literatura. El ajedrez, como los animales, es una gran metáfora y remite a la idea de destino, como decía Jorge Luis Borges: “Dios mueve al jugador, y éste, la pieza / ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza / de polvo y tiempo y sueño y agonía?”. Los personajes son peones, reyes, alfiles a la deriva, guiados por un destino que no conocen y que no pueden manejar.

Aunque los protagonistas no puedan manejar sus vidas con absoluta libertad, sí son libres cuando relatan. El contar se torna imprescindible para ellos: Gustavo Tromer cuenta una y otra vez la historia de su hermano y se define como una “Scherezade eléctrica”, porque  “bajo los espeluznantes efectos de la tortura y para paliar el dolor” imagina anécdotas apócrifas que le contará a uno de sus secuestradores. Patricio cuenta su historia en Malvinas; Teijo, la de su abuelo; la madre de Lucio, la de las películas porno de las que fue protagonista: todos relatan porque  en ese acto recuperan su libertad, eligen qué contar, recuerdan o inventan para sobrevivir y conjurar la muerte real o metafórica, la que implica vivir alejados de sus deseos.

Más que seguir hablando del libro, invito a leerlo. Diego Muzzio, sin dudas, es de uno de los mejores narradores de la actualidad, un autor de esos destinados a perdurar dentro de nuestra literatura.

Diego Muzzio, Doscientos canguros, Entropía, 2019, 232 págs.

Diego Muzzio cursó estudios de Letras en la Universidad Nacional de Buenos Aires. Es autor de Sheol Sheol (Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes, 1996), Gabatha (Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz, 2000), Hieronymus Bosch (Segundo Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes, 2004), entre otros libros.