A propósito de La virgen de Agosto, charla con Jonás Trueba e Itsaso Arana

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Jonás Trueba -realizador de Los exiliados románticos (2015) y La reconquista (2016)- y la actriz Itsaso Arana (su pareja) dialogaron con Leedor acerca de La virgen de agosto, película que no figuró en el palmarés del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata pero que gozó de la aprobación del público.

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Una joven mujer decide quedarse en Madrid, su propia ciudad, cuando buena parte de su población se va de vacaciones. La posibilidad de ver ese espacio tan cercano como si fuera un lugar a descubrir la ayuda, de alguna forma, a mirarse a sí misma, a revisar su vida para encontrar nuevas motivaciones. A partir de entonces, La virgen de agosto nos presenta una galería de personajes que parecen arrancados de la vida misma. De eso dialogamos con Trueba y Arana, quienes no pararon de ver cine y dialogar con el público.

Ezequiel Obregón: ¿Cómo les sienta haber estado en las proyecciones?

Itsaso Arana: La sensación de primavera ayuda, porque venimos del frío de Madrid. Las películas que hemos visto nos nutrieron e inspiraron mucho y los realizadores del Festival son súper acogedores.

Jonás Trueba: Sí, el Festival es muy inspirador. Hemos visto películas que te dan la ilusión de formar parte de esto. Es un lujo estar aquí.

E.O.: Ya hicieron varios films y se los ha comparado mucho con realizadores como Truffaut, que hicieron del recorrido por la ciudad toda una marca autoral. ¿Cómo percibís las comparaciones? ¿Qué realizadores te han influenciado?

J.T.: Es difícil, supongo que muchos de formas diferentes y en momentos distintos. Yo no soy tan consciente de esa idea, de las películas que hacemos y su estilo. Es algo que veo porque los periodistas hablan de los referentes. Intentamos que el estilo de las películas que hacemos sea el resultado de nuestras circunstancias. Ese es el cine que podemos y queremos hacer, no hay un cálculo. Es verdad que hay cineastas que han sido muy inspiradores, como Jonas Mekas, Eric Rohmer, Ozu, Hong Tsang Soo, entre otros.

E.O: Agregamos Linklater…

J.T.: Pues genial (risas).

E.O.: Los cineastas mencionados hacen del recorrido y de lo paisajístico algo esencial. Itsaso, en el recorrido de tu personaje se va revelando parte de su mundo interior. Vos co-escribiste el guión con Jonás. ¿Cuánto del recorrido por esos lugares influyó en la escritura del guión?

I.A.: Yo siempre digo que actuar es también escribir, entonces escribir es también actuar. Mientras escribíamos, como sabíamos que yo iba a tener que encarnar esas situaciones, tratábamos de imaginar  eso que nos apetece vivir, experimentar, cosas que deseaste hacer o que ya has hecho pero igual recreas de forma diferente. El nuestro es un cine que está muy pegado a la vida. Es una estilización de ciertas cuestiones; el cine te ayuda a aclarar la vida.

E.O.: El rodaje, ¿fue tan placentero como lo es el film? ¿Fue muy complicado filmar en tantos exteriores?

J.T.: Bueno, siempre los rodajes son complicados. Éste lo fue, por tener que adecuarnos a la realidad que estaba sucediendo, al calendario de las fiestas del verano en Madrid. Pero al mismo tiempo fue un rodaje tranquilo y disfrutable, como los que tenemos nosotros. Tratamos de crear un ambiente familiar, trabajar tranquilos sin excedernos en los horarios. La manera en la que diseñas la producción de la película tiene que estar en armonía con lo que la película es y lo que intenta transmitir.

E.O.: ¿Y cómo fue el proceso de escritura del guión?

I.A.: Yo no diría que fue difícil, no quiero que suene vago pero ni siquiera siento que tuviéramos que escribir el guión. Simplemente, siento que tuvimos que descubrirlo, recordarlo; hubo como un proceso a la inversa. Hicimos una primera versión en doce días y luego lo dejamos descansar e intentamos dejar a la película abierta, tomando esa actitud que toma el personaje protagonista de estar más expuesto, más abierto a la improvisación.

E.O.: La película nos revela el mundo de las verbenas, estas celebraciones locales. El personaje se va descubriendo a sí mismo a medida que avanza hacia este mundo y, además, elige quedarse allí. ¿Esto refiere a cómo la juventud ha ido olvidando el encuentro con lo místico, con lo que tiene que ver con lo no material? ¿Lo han leído de este modo?

J.T.: No es que lo hayamos leído, pero sí es verdad lo que dices, o lo sentimos así. Cómo nos relacionamos con ciertas tradiciones religiosas de Madrid, que se han convertido en fiestas populares y paganas. Y que conviven con la idea de lo religioso y lo contemporáneo y popular y distendido. Nos gusta mezclarnos con eso, preguntarnos hasta qué punto somos conscientes o inconscientes de esa convivencia que mantenemos con una tradición que no atendemos pero está ahí y que incluso rige nuestro calendario. En la película, en el Día de San Cayetano la vemos a Eva sentada en el balcón y le pasa la procesión por delante. Mira la procesión con cierta emoción pero no baja. Eso es importante; ella nunca formaría parte de la procesión, tiene una mirada distanciada y compasiva. Le sorprende la posibilidad de estar emocionándose con algo así, por un momento.

E.O.: Hay momentos muy pequeños y a la vez emocionantes, como cuando Eva ve a la turista oriental. ¿Fueron momentos premeditados, escritos o hubo –dada la estructura de la película- situaciones prestadas a la improvisación?

I.A.: No, te diría que todo estaba más que escrito “acordado”. Buscamos mucho a esa turista, porque ese es un personaje un poco mágico. Está la línea abierta durante la película de buscar un poco de fe, estar atento a los azares y presentar el verano como un tiempo de posibilidades mágicas. En los momentos a veces ligeros, absurdos, sientes que el mundo te está mirando, que todo tiene sentido. Como una religiosidad casi íntima y estábamos interesados en que el personaje estuviera ahí.

E.O.: Cambiando de tema, viendo tu cine uno piensa en cuánto se estará haciendo en España y de cuánto nos perdemos. ¿Sentís lo mismo?

J.T.: Sí, seguramente es así. Supongo que pasa lo mismo con todos los países, con la dificultad de salir. En España también nos estamos perdiendo cineastas argentinos. Me siento feliz de estar haciendo cine en España en un momento en el que hay una diversidad en nuestro cine que a veces no se hace evidente en nuestro propio país. Hay cineastas un poco menores o mayores de mi edad que yo admiro, como Isaki Lacuesta, que sé que estuvo en Mar del Plata el año pasado, Andrés Duque, Fernando Franco, Carla Simón. Hay una generación de mujeres cineastas súper interesante que están marcando una línea. También está Albert Serra, Oliver Laxe… Cineastas que hacen un cine quizás más comercial que a mí me gusta, como Javier Ruiz Caldera o Nacho Vigalondo. Son todos súper distintos.

E.O.: ¿Cómo te sienta estar en una plataforma tan moderna como Netflix, con La reconquista? ¿Te llegan comentarios?

J.T.: Sí, te llegan devoluciones, pero el problema con esas plataformas como Netflix es que a lo mejor han comprado la película, la tienen en su catálogo pero es difícil que la gente lo sepa porque se organiza a partir de las más vistas o los género, ¿y dónde quedas tú metido? Yo sigo creyendo mucho en la sala de cine como el lugar idóneo para estas películas que hacemos. Es más que nunca, porque tenemos todas estas plataformas, un acto de resistencia, de fe. Arriesgas más como espectador de cine. Todos nos beneficiamos de las plataformas pero no queremos que debiliten demasiado a las salas de cine.

E.O.: Tu personaje, Itsaso, es fascinante. No va hacia un tema, pero aparecen la maternidad, el paso del tiempo, el deseo sobre lo que uno quiere ser. Como actriz, ¿cómo entrás a este tipo de personajes?

I.A.: Era muy importante hacer el retrato de un personaje complejo, poliédrico, que duda, que a veces se traiciona. Veíamos secuencias en las que ella se intenta definir o los demás la definen y todo parece contradictorio, pero creo que eso se parece a la vida. Yo me siento cercana. Lo fundamental era trabajar el tono desde donde ella intenta cambiar el mundo y su dificultad para hacerlo. Es un personaje que intenta ser mejor de lo que es, quiere cambiar hábitos de forma muy sutil y a veces con formas extrañas e íntimas. Intenta mirar su ciudad con ojos de turistas, verse a sí misma de nuevo y no dar nada por hecho. Eso tiene que ver con una actitud en la que dices “no doy mi vida por hecha”, me doy la libertad de ver qué hago. Y también el tema de la bondad; yo debía recordarme “fuera el cinismo, no tener dobles intenciones, decir lo que pienso con suavidad, escuchar mucho a los demás”. Una actitud de mucha apertura.

E.O.: Una última pregunta, tal vez en apariencias sencilla pero que puede ser reveladora. Jonás, ¿por qué hacés cine? Habiendo tantas actividades.

J.T.: Esa pregunta es algo que sobrevuela el día a día de cada realizador. En mi caso, además, vengo de una familia de cineastas y esto surge de forma muy natural desde pequeño (ya desde chiquito hice películas y las actuales conservan la misma línea). Si lo pienso, hacía lo mismo que hago ahora sólo que ahora lo hago de forma más profesional y lo hago rodeado de gente notable. Yo siempre sospecho de mí, porque el cine ya estaba ahí, casi lo hago por inercia. Es una duda que me obliga a cuestionarme e incluso más, porque pongo una sospecha sobre mí mismo. Y cuanto más lo cuestiono más me doy cuenta del privilegio que es hacer cine. Hacer películas para mí significa una intensificación la vida, es una forma de vivir intensa, de estar en el mundo, de descubrimiento y de querer la vida porque intentas atraparla en una película. De vivir cosas o de revivir cosas o de vivir cosas que no podrías vivir sin la película. Son posibilidades alucinantes y privilegiadas y no se me ocurre una mejor forma de habitar el mundo que no sea hacer películas.