Mar del Plata 2019: Crítica de South mountain, de Hilary Brougher

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Una de las películas más intimistas y desprejuiciadas de la Competencia Internacional de Mar del Plata (sin por ello ser un delirio ni apelar a golpes de efecto) fue South mountain, de la realizadora Hilary Brougher. Un filme que se fue con las manos vacías pero que bien se pudo haber consagrado en la dirección o en las actuaciones.

En medio de un hermoso bosque cercano a Nueva York vive Lila junto a su marido Edgar y sus hijos adolescentes. En la dinámica familiar y en los temas de sobremesa se deja entrever una forma de vida libre, aunque eso no inhibe que Lila reciba un cimbronazo cuando se entere de que su marido ha sido padre con una mujer con la que tenía una vida paralela.

Ese argumento (seguramente ya abordado por el cine) pudo haber dado lugar a un melodrama puro y duro, más propio de la factoría Hallmark que del cine independiente. Por el contrario, Brougher hace foco en la interioridad de los personajes y utiliza el hermoso paisaje como telón de fondo, sin apelar jamás al pintoresquismo ni a las obviedades argumentales. Quedan de este modo expuestas estas criaturas dueñas de vidas intensas. Este modo íntimo de abordar el drama le al elenco la posibilidad de lucirse (tanto en los personajes principales como en los secundarios) y de transmitirle a la platea los sentimientos intensos que los invaden y, en varias ocasiones, los llevan a hacer cosas de las que luego se arrepienten.

South mountain revive en la pantalla grande el encanto de reunir a grandes actores con una cámara pequeña y proponer la exploración de un tema (así, esencialmente, se hizo esta película). Los hallazgos están en los susurros, en los detalles, en la forma en la que sin altisonancias se suceden los encuentros personales y, desde lo cotidiano, nos revelan la fragilidad en la que con frecuencia deambulamos.