Mar del Plata 2019: Vitalina Varela, de Pedro Costa

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El portugués Pedro Costa es otro de los realizadores que volvió a la Competencia Internacional (había estado en el 2014 con Cavalo Dinheiro), con esta película que se centra en Vitalina Varela, personaje ya presente en su opus anterior.

Apabulla cada fotograma de Vitalina Varela por su densidad semántica, por su exquisita composición expresionista, concentrada en la expresión y en desplazamiento de sus personajes (interpretados por actores que se amoldan milimétricamente a la estética propuesta). Casi como espectros que vinieron desde el más allá y niegan (y sufren) tácitamente de la modernidad, funcionan como la extensión de la comunidad caboverdeana que vive en la periferia de Lisboa. Comunidad que aquí remite a un plano cuasi ancestral, a la vez martirizado por la explotación que todavía existe y tristemente seguirá existiendo.

En esta ampliación de una obra que ya lleva varios años, la exigencia al espectador es enorme. Costa quiere que el tiempo pese y de tiempo suspendido está hecho su relato. Vitalina Varela retorna para despedir a quien fue su esposo, pero esa despedida parece haber empezado desde hace siglos. El recorrido por una Fontainhas fantasmal nos envuelve en un aura de perpetuo misterio que coquetea con el fantástico.

Al igual que en Cavalo Dinheiro, se repite el esquema expresionista en el que el rostro da cuenta del contexto (o viceversa); la centralidad de la luz está en el rictus de los personajes y la construcción espacial (hecha esencialmente en un estudio) hace que todos los sentidos viren hacia una sensación de encierro, de permanente repetición, de oscuridad. Las derivas de Vitalina acaso sean las repeticiones de la comunidad entera, obligada a enterrarse una y otra vez para fundar su propia mitología.

Nadie duda de que Costa ha fundado un universo cinematográfico y se agradece su implacable coherencia autoral, pero a esta altura de su obra cuesta saber cuánto hay de pose. Desde una postura crítica, estamos habilitados a pensar cuánto más se puede abrir un mundo sin mostrar señales de agotamiento, cuánto se le exige al espectador y qué se le ofrece a cambio.