Crítica de “Cien palomas muertas”, de Élida Saidler

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Los japoneses tienen una técnica para reparar vasijas rotas: el kintsugi, en la cual las grietas del objeto se acentúan por medio de un adhesivo más polvo de oro con el fin de recordar que tiene una historia. Manuel Pedroza, el protagonista de Cien palomas muertas, llega al pueblo de su infancia, Dos Ceibos, para reconstruir la vasija de su pasado y para sanarse a partir de la aceptación de sus propias grietas.

Manuel regresa treinta y cinco años después: ahora es Henry Lynch, fotógrafo de aves que vive en Glasgow con su mujer Christie, una hija y un hijo. Sus objetivos son claros: vender la casa familiar, visitar a su primo Jorge y recuperar la memoria de un mes “perdido en la niebla”. El largo viaje de Glasgow a Buenos Aires, de ahí a Rosario y luego a Dos Ceibos se constituye en una experiencia iniciática, en un aprendizaje doloroso para sacar a la luz todo eso que ha venido ocultando durante tantos años. Por recomendación de un especialista en salud mental, además, empieza a llevar un diario de esos recuerdos que van apareciendo a medida que recorre su pueblo.

¿Qué necesita recordar Manuel? Una semana antes de que cumpla doce años, hay un hecho significativo que le provoca el olvido de un mes entero de su vida. Eduardo Galeano nos trae la etimología de “recordar”, “del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón”, lo que el protagonista tiene que hacer a pesar del dolor y de ser consciente de que abrir las puertas del pasado es un riesgo. En relación con todo esto, Jorge Luis Borges nos trae una reminiscencia muy platónica cuando dice que “escribir es recordar”. Manuel tiene dos semanas para registrar en su diario todo eso que va recuperando en un ejercicio intenso. Y como en todo recuerdo, los sentidos colaboran mucho, en especial el olfato. El olor a tabaco y mugre, el olor a cereal y a basura quemada, el olor a las plumas cagadas de las palomas o el olor a desinfectante, entre otros, aparecen insistentemente y conducen al personaje a un ir y venir en el tiempo, a una superposición de hechos que se entrelazan.

También hay un entrecruzamiento de narradores: el presente, contado en tercera persona, da paso a fragmentos en primera donde emerge el recuerdo. Una persona, un olor, un objeto, una situación transportan al protagonista de inmediato hacia el pasado para ir acomodando las piezas de esa vasija que necesita completar. “Manuel reconocía las esquinas, las casas, los baldíos y al mismo tiempo todo le era extraño”, dice el texto sintetizando ese vaivén entre memoria y olvido, en el que no falta el vómito y la náusea sartreana como manifestación de ese enfrentarse a la existencia y asumirla.

Del pasado que hay que reconstruir, surgen dos figuras esenciales para Manuel: Eugenia, su primer amor; y su padre, “un hijo de puta” que colaboró con el último gobierno militar, un déspota, alguien que asusta al protagonista con solo mirarlo y que hasta llega a decirle: “Pendejo de mierda, usted no puede ser mi hijo”, solo porque a él le agarra alergia por pincharse con una Santa Rita. Toda la vida de Manuel está signada por la omnipresencia del padre. Tomando a Sigmund Freud, podríamos hablar de un sujeto que esconde o reprime el deseo edípico inconsciente de matar al padre; y esa represión provoca que el deseo retome bajo la forma de síntoma: vómitos, dolores, amnesia. Por supuesto, también está la madre, muy ambivalente en su comportamiento, y ambos vuelven en un sueño recurrente que tiene el protagonista.

Élida Saidler elige presentar lo anterior como un relato muy semejante a un policial: hay una búsqueda, un “investigador”, pistas, culpables e inocentes y mucho suspenso. Toda la información se da muy paulatinamente en la medida en que Manuel va recordando, y esto hace que el lector quede atrapado por una escritura que, además, tiene una gran dosis de poesía: “Decidió quedarse ahí, atento a sus cinco sentidos: el agua era una lengua fría y blanda; podía escuchar las diferentes voces del río, el golpeteo sobre las quillas, el gorgoteo al deslizarse entre las tablas del muelle, el roce de las hojas de los camalotes; la intuición de algún animal cerca”.

Cien palomas muertas es una muy buena novela porque no solo cuenta una historia interesante, sino también porque nos invita a ser parte de esa reconstrucción que hace Manuel, una reconstrucción que necesariamente nos proponemos en algún momento de la vida.

Élida Saidler, Cien palomas muertas, Conejos, 2018, 252 págs.

Élida Saidler es médica y escritora. Obtuvo varios premios como cuentista. La resistencia de los árboles fue su primer libro de cuentos y obtuvo una mención del Fondo Nacional de las Artes. Cien palomas muertas es su primera novela.