Crítica de “Doctor Sueño”, de Mike Flanagan

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La película Doctor Sueño (2019), de Mike Flanagan, secuela del libro El Resplandor, de Stephen King y, obviamente de la adaptación que hizo Stanley Kubrick en 1980, abre de la mejor manera posible: con la misma música que abría la obra maestra de Kubrick: una fantasmagórica adaptación del himno fúnebre latino de la Edad Media llamado Dies Irae, mezclado y sintetizado con las extrañas voces (esas especies de gritos que recuerdan aves o gaviotas absolutamente terroríficas) de Wendy Carlos y Rachel Elkind, quienes ya habían trabajado para Kubrick en otra obra maestra: La Naranja Mecánica (1971). Si bien el film de Flanagan intenta despegarse de ese icono de la cultura pop de los años ´80 (mal que le pese al mismo Stephen King, que siempre estuvo en desacuerdo con la visión de Kubrick para con su novela), al tratarse de una continuación de la vida del pequeño Danny Torrance luego de la pesadilla vivida en el Hotel Overlook junto a su madre y con todos los fantasmas que allí vivían en una especie de tiempo sin tiempo, esto se hace sencillamente imposible, y más cuando el mismo director no escatima homenaje tras homenaje en un final a todo Kubrick, con elementos que no estaban en la novela de King.

La historia de Doctor Sueño comienza unos meses después de los trágicos sucesos en el Hotel Overlook, con Danny tratando de escapar a sus pesadillas —el famoso resplandor le hace vislumbrar una y otra vez el fantasma de la mujer de la bañera que lo persigue a todas partes—, con Wendy tratando de calmarlo y el cocinero Halloran que aparece para darle una especie de truco en donde aprisionar sus pesadillas. De ahí —y con la información de la desaparición de una niña y que se hará presente luego— nos vamos directamente al año 2011, con un Danny (un correctísimo Ewan McGregor) alcohólico (como lo fue su padre), con su madre fallecida varios años atrás, y deambulando como un homeless de pueblo en pueblo sin encontrar paz para su vida. Durante la primera parte del film —dura dos horas y media— el derrotero de Danny es extremadamente difícil y todas las escenas son sombrías tanto estética como emocionalmente. Uno de los trabajos que consigue es el de acompañar a gente moribunda; estar con ellos en el preciso momento en que su alma abandona su cuerpo. Hay un gato que actúa como una especie de ángel de la muerte, recordando quizás a Church, el famoso gato de otro de los grandes libros de Stephen King: Cementerio de Animales.

Hasta que la vida de Danny toma un rumbo inesperado. Una niña llamada Abra Stone (gran actuación de Kyliegh Curran) se contacta con él —mediante su propio resplandor— para pedirle ayuda. A partir de ese momento los dos se unen para enfrentarse a un grupo llamado El Nudo, que viven una vida casi eterna —unas especies de vampiros que se alimentan del resplandor de personas que secuestran y asesinan— y destruirlos. Tarea nada fácil. El grupo El Nudo —comandado por la bella y fría Rose the Hat (Rebecca Ferguson)— vienen operando desde tiempos inmemoriales. Claro que el poder de la pequeña Abra es tan intenso que no solo El Nudo la buscará para poseer su resplandor, y lograr un par de milenios más de vida, sino que sin saberlo será su propia condena.

A partir de la segunda parte, el film de Flanagan, quien además de dirigir Absentia (2011), Oculus (2013) y Ouija: Origin of Evil (2016), también incursionó en una obra de King: El Juego de Gerald (2017), se agiliza, se vuelve más dinámico y trae consigo unas cuantas escenas, de neto corte onírico, muy bien trabajadas y bellas. Y si hay algo de lo que carece —y se agradece— es la casi falta de jumpscares —estratagema indispensable en este tipo de films— lo que lo convierte en una historia con una trama aterradora pero con un desarrollo fluido, compacto y lúgubre. De hecho Flanagan —un gran conocedor del cine de género, y quizás por eso mismo, alejado de tantos clichés— se centra más en la psicología de los personajes lo que los convierten en más humanos y con facetas más complejas. Acompañado con una música destacable —como la tuvo El Resplandor (1980) de Kubrick— Doctor Sueño tiene reminiscencias de las películas de terror de los años ´70, pero sin el incipiente gore —que estallaría en los ´80— y sin los consabidos sobresaltos del Halloween de Carpenter, Pesadilla de Craven y sus no tan logradas secuelas.

Párrafo aparte merece la llegada de Danny y Abra al Hotel Overlook  para la lucha final. Aquí es donde Flanagan despliega todo su cariño a la versión de Kubrick y no al original de King. De hecho, al promediar el film, hay un pequeño guiño casi inadvertido en donde se puede ver que la numeración de la casa de Abra es 1980, año en que se estrenó la obra maestra de Kubrick.

Las hermanas gemelas asesinadas por Grady —su padre y antiguo casero del Hotel—, el ascensor que escupe litros de sangre, el Salón Dorado en donde Danny se sienta a conversar con su padre —un Jack Torrance que no recuerda su pasado— en una escena antológica—, la mítica escalera en donde se enfrentan los dos poderes personificados por Rose por un lado y Abra y Danny por el otro, la puerta todavía con las secuelas del hacha de Jack, el laberinto congelado, y muchos recuerdos más que conviene ir descubriendo, son parte de esta remembranza que actúa más para los fans de la obra de Kubrick que para los lectores del libro. Por eso una buena manera de disfrutar al máximo de esta película —sugerencia que puede tomarse o dejarse— es ver El Resplandor de Kubrick antes de recorrer los territorios oscuros y abandonados del viejo Hotel Overlook, de adentrarse en una obra densa y desangelada como Doctor Sueño y esperar que no haya una tercera parte, porque el resplandor, aunque poderoso,  podría llegar a agotarse y eso sería una pena.