“Las pestes no discriminan por clase, religión o raza”. Entrevista con Juan Basterra sobre “El amor y la peste”

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Luego de “Tata Dios”, novela que narra los hechos trágicos ocurridos en 1872 en Tandil, donde se masacró a 36 inmigrantes, conducidos y alentados por Gerónimo Solané, más conocido como Tata Dios, llega “El amor y la peste” (Editorial Barenhaus), una ficción ambientada también en la Argentina de fines del siglo XIX. La novela entrelaza el amor de una pareja contrariada con los estragos de la fiebre amarilla que arrasó, undamentalmente, a la orilla argentina del Río de La Plata.

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Aquí charlamos con su autor, Juan Basterra, sobre el libro.

-Lucas Gatica: Volvés con una novela que se adentra una vez más en un hecho histórico, ¿qué fue lo que te llevó a contar esta historia?

Juan Basterra: Hay dos hechos, uno literario, y el otro, histórico. El literario está relacionado a una frase de Paul Groussac en relación a la fiebre amarilla: “Por centenares sucumbían los enfermos, sin médico en su dolencia, sin sacerdote en su agonía, sin plegaria en su féretro”. Leí la frase hace muchos años y nunca pude olvidarla. El hecho histórico es la presidencia de Sarmiento, un periodo fundamental para los hechos fundacionales de la Argentina como país. No puedo omitir, por otra parte, la fascinación que me produce la convivencia en esa época de tantos seres con características excepcionales y que nos permite hablar, verdaderamente, de una “edad de oro” en la expresión de las ideas: el mismo Sarmiento, Mitre, Hernández, Lucio Vicente López, Juan Pedro Esnaola, Lucio V. Mansilla, Carlos Guido y Spano, y muchos otros nombres. Considero que la historiografía argentina nunca pudo dar cuenta exacta de este periodo -las razones pueden ser políticas, personales o dogmáticas- y traté de dar una visión del mismo lo más despojada de subjetividad posible.

LG: ¿Por qué elegiste esa pareja, Felicitas Matheu y su prometido, el culto y acaudalado Carlos Mendiguren, como los protagonistas del relato? ¿Qué ventajas te da pararte desde ahí para contar la historia?

JB: Deliberadamente elegí dos personajes que no tengan correlato con la realidad histórica. Utilicé esa opción porque me permitía un conjunto de libertades que, me parece, hacen progresar la acción de la mejor manera posible. Los hechos históricos, por otra parte, funcionan como ejes vertebradores, y me permiten subordinar las acciones de esos personajes a hechos de verdad acontecidos. El personaje masculino principal, Carlos Mendiguren, por ejemplo, abreva algunas de las costumbres, inclinaciones y hábitos de los “dandis” de la época (una suerte del Charles Haas en el que se inspiró Marcel Proust para la creación de su Charles Swann), pero debe también parte de sus características a mi propia invención y, seguramente, a parte de mis deseos. Con Felicitas Matheu sucede otro tanto.

LG: Si algo tienen las enfermedades y las pestes, es que no discriminan ni por clase, religión, raza, etc. ¿Qué discursos circulaban en la época sobre la enfermedad?

JB: De todo tipo: mesiánicos, milenaristas, políticos y religiosos. No debemos olvidar que, para la época, la mayoría de los agentes etiológicos o causales y los vectores de esas enfermedades, no habían sido identificados (de hecho, el vector de la fiebre amarilla, el mosquito Aedes aegypti sería conocido un decenio más tarde) y toda la terapéutica tenía una acción limitada y de “ocasión”. Una de las teorías circulantes durante la época de la epidemia era de carácter miasmático o ambiental, y atribuía la ocurrencia de casos a la existencia de las marismas que rodeaban Buenos Aires y a los vapores procedentes de las mismas.

LG: Tanto en Tata Dios como en esta nueva novela la inmigración aparece como un elemento importante. De alguna manera, el país se estaba construyendo y los inmigrantes fueron fundamentales en ese naciente país. Desde los medios, la opinión pública y las instituciones gubernamentales, ¿qué lugar se les daba a los inmigrantes en este hecho?

JB: El lugar era aprobatorio o de condenación. No debemos olvidar que, para la época, aproximadamente la mitad de la población era de origen europeo y los criollos establecidos, hijos o nietos de europeos. Esa aprobación o condenación de las que hablo, respondían a los prejuicios, simpatías o intereses de cada uno de los individuos. Mucha gente, incluidos los criollos, vieron en la llegada de los inmigrantes el origen de un sinfín de males que, por supuesto, no se podían comprobar de ninguna manera.

LG: Es un acontecimiento conocido, pero bastante olvidado de nuestra historia. Asimismo, estuvo concentrado fundamentalmente en la ciudad de Buenos Aires. Desde el interior, ¿cómo se veía lo que ocurría con la fiebre amarilla?

JB: Las noticias llegaban con cierto retraso al interior, pero llegaban (no debemos olvidar, por otra parte, que la epidemia duró aproximadamente nueve meses) y preocupaban de manera acuciante. La provincia de Corrientes había sido castigada por el mismo mal dos meses antes y los efectos reales (más de 2.000 muertos totales), y de opinión, fueron catastróficos.

LG: ¿Qué estás leyendo y escuchando en estos momentos?

JB: Lo de siempre: Proust, Tomasi di Lampedusa, Eca de Queirós, Pedro Salinas, García Márquez, Alejo Carpentier, Borges y Bioy Casares. Escucho Wagner, los poemas sinfónicos de Richard Strauss, tango y folklore argentino y las inolvidables canciones francesas de los 60.

Juan Basterra nació en La Plata. Es profesor de Biología. Su primera novela “La cabeza de Ramírez” fue seleccionada para la Antología “12 narradores argentinos 2015-2016”. Actualmente reside en Resistencia, Chaco.