FICER2019: Baldío, de Inés de Oliveira Cézar

0
58

Tuve que esperar al FICER parar ver Baldío, ultima pelicula de Inés de Oliveira Cézar que está en competencia oficial en este Festival entrerriano. Su estreno en sala comercial se produjo hace exactamente dos meses (el 22 de agosto 2019) y sus tres semanas en cartel, a esta altura no son poca cosa. Con Inés en sala antes de la proyección y después en charla con el público, la película brilla de una manera inusitada. Y lo hace tal vez, es verdad, desde un lugar fantasmático, con la omnipresencia en pantalla de Mónica Galán, mentora de este proyecto y fallecida este año, pero fundamentalmente brilla desde un lugar profundamente cinematográfico.

- Publicidad -

Con un reinvidicatorio blanco y negro que atenúa lo ominoso de la historia, Oliveira Cézar, siempre audaz, realiza la que sea tal vez su mejor obra. Entre La entrega, Como pasan las horas, Extranjera, Cassandra, El recuento de los años y La otra piel viene haciendo desde el 2001 un corpus de películas que se juega en los temas y en las formas, que se atreve a readaptaciones de Ifigenia de Eurípides o a Edipo de Sofocles y pone voz en sus personajes femeninos cargados de heroicidades pero también de miserias.

La carga emotiva que significa que Mónica Galán haya filmado esta película sabiendo que le quedaban pocos meses de vida, Baldío tiene en ella a una actriz gigante. Una actriz que hace de otra actriz, exitosa, y que lleva un nombre singular: Brisa. Como a Inés le gusta la literatura griega, podría ser también una diosa: Aura, personificación de la brisa, pero sin su locura. Brisa filma con un director egocéntrico una película que se ve obligada a interrumpir para atender a su hijo drogadicto. El espectador entra a esta situación cuando ya está planteada: el chico vive en la calle y es tan grave su estado que es mejor que permanezca ahí. Pero la madre duda, y su duda será el motor que la hará intentar una y otra vez internar a su hijo para lograr una cura que lo salve del paco, contra la ausencia de Estado y contra la ausencia del padre.

La fotografía de Federico Bracken logra imágenes de un blanco y negro estremecedor y una composición de imagen que está entre lo mejor del cine argentino. Esta madre saca a su hijo de los tachos de basura, de los agujeros de la calle, de los baldíos tapiados, de las casas ocupadas y la simetría, el plano fijo, la cámara bamboleante, los bordes iluminados de los rostros en contraluz, logran estetizar lo que de otra manera expulsaría.

Una mención para Leonor Manso que tanto aquí como en La deuda, de Fontan, hace un papel pequeño pero notable.

El plano final, que sostiene en pantalla a Mónica Galán en leve contrapicado y movimiento de cámara a uno y otro lado del cuadro, conjuga todo lo que esta película quiere ser: un homenaje a la amiga, a la actriz que termina un rodaje y en medio del festejo distancia hacia un lugar único e inaccesible, como exterioridad de cierto grado de inmortalidad que produce el cine.