Crítica de “Kamikaze”, de José María Brindisi

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En Kamikaze José María Brindisi narra historias en las que la interioridad de los personajes se impone a una realidad subjetivamente descripta desde la mirada de seres atravesados por la tristeza.

Ya desde los epígrafes, hay una tensión entre lo que pasa en la mente de los personajes y lo que transcurre fuera de ellos. El viaje, en este sentido, es una metáfora de la búsqueda en la que están inmersos: viajes largos y hacia lugares lejanos de Europa o de Asia; o viajes mínimos, cotidianos, como puede ser un recorrido por las calles de Buenos Aires, todos espacios “infinitamente tristes”. Los personajes deambulan constantemente, y ese recorrer se transforma en una excusa para que su pensamiento se vaya construyendo, para que vayan tomando conciencia de lo que les pasa. De ahí que la realidad se diluya y adquiera contornos fantásticos: “Después es como si las fuerzas pacatas y amorfas del universo iniciaran un viaje suicida, como si todo se mezclara y tomara otra forma”, piensa uno de los protagonistas. Hasta la belleza puede ser algo fantasmagórico, como la nena que aparece en “Los entrópicos”, cuya “belleza inverosímil” causa perturbación.

Hay entonces un predominio del pensamiento sobre la acción, lo que se traduce en una evasión de los personajes, en una procrastinación. En “El otro lado de mi casa”, un narrador en segunda persona increpa al personaje y a su inacción: “Escribís la primera postal en el preciso momento en el que el tren arranca. Comenzás a escribirla, en realidad”, y esa escritura es una metáfora de la indecisión, que es la misma de Martín Monzi, que aplaza su suicidio en “Antes del carnaval”. Estos cuentos están poblados de seres que imaginan lo que harán, lo planean, pero dan vueltas: por eso caminan, viajan, se trasladan para no enfrentarse con aquello que saben que tienen que hacer.

La muerte, la culpa, la amistad, la traición, el deseo son los temas en torno a los que se construyen las historias que se entrelazan a partir de la repetición de los personajes, de una superposición del pasado y del presente, y de la narración de los mismos hechos desde diferentes puntos de vista. Hay un narrador protagonista que se repite en varios relatos y cuenta más de una vez la relación con sus amigos, la muerte de su madre, el viaje con su hermana, como si en esa repetición también hubiera un deseo de encontrar la verdad o de enfrentar la culpa.

Más allá de lo que cuenta, José María Brindisi es un gran narrador que maneja a la perfección la relación entre el mostrar y el decir haciendo uso de la elipsis y mezclando lo que podría ser una narración exterior a la manera de Ernest Hemingway o de Raymond Carver, con otra más interior propia de William Faulker. Esto resulta en una excelente combinación que da como resultado descripciones como esta: “Afuera el viento silba con suavidad, pero también con método; después de unas horas es imposible no pensar en él todo el tiempo, no escuchar su murmullo y esperar que regrese una y otra vez, y otra. Es como una caricia, pero una que traspasa la piel y se ciñe al corazón con celo, cubriéndolo por completo”.

Como lectores, arrojados en medio de la vida de los personajes, también realizamos un viaje, el que propone toda lectura y que, en el caso de Kamikaze, nos envuelve en una atmósfera que permanece aún después de terminar el libro, como pasa con la buena literatura.

José María Brindisi, Kamikaze, Entropía, 2019, 170 págs.

José María Brindisi nació en la ciudad de Buenos Aires en 1969. Es escritor, periodista y editor. Publicó el libro de cuentos Permanece oro (1996), y las novelas Berlín (2001), Frenesí (2006), Placebo (2010) y La sombra de Rosas (2014).