Empezó el DOCBuenosAires2019 con Gulyabani y Lluvia de Jaulas

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La 19° edición de la Muestra Internacional de Cine Documental (DOC Buenos Aires) comenzó ayer, en lo que fue la proyección de apertura de un doble programa: el cortometraje turco Gulyabani y luego Lluvia de Jaulas, el primer largometraje de no ficción de César González. Como no podía ser menos, la mítica Sala Lugones ofició como sede del acto oficial, donde realizaron la presentación Carmen Guarini (codirectora del festival junto a Marcelo Céspedes) y Roger Koza, programador por segundo año consecutivo. También hicieron su aparición Stéphane Goel y Florent Marcie, dos de los tres cineastas (junto a Bernd Schoch) que recibirán una retrospectiva de su obra.

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No es la primera proyección de una obra de Gürcan Keltek que se hace en la Argentina. El año anterior, en el marco del BAFICI, Meteorlar había sido reconocida en la competencia de Vanguardia y Género. Para quienes hayan tenido la posibilidad de verla, podrán encontrar una clara continuidad estética con Gulyabani. Keltek repite el formato ensayístico, conducido por una voz en off cautivante, combinando imágenes sustraidas de la naturaleza con una banda sonora envolvente y machacante. Nuevamente la inocencia de las imágenes iniciales de árboles, arroyos y correntadas se irá corrompiendo a medida el relato nos va revelando la oscura historia de Fethiye Sessiz, una clarividente de Esmirna, víctima de un secuestro y de abusos sistemáticas durante el convulso período de la Turquía post-republicana. Lo prístino del comienzo ahora ya es un caos, en donde la imagen alcanza un nivel máximo de fragmentación y descomposición, cuya música trepidante le adhiere la sensación de violencia que vivió la protagonista del relato. Tanto en Meteorlar como en Gulyabani, sobrevuela cierto espiritu de ciencia ficción, así como también la solemnidad tonal de la voz en off.

Lluvia de jaulas es la primera incursión de César González en el mundo de la “no-ficción”, aunque esas distinciones taxativas -siempre tan conflictivas- entre lo que es ficción y lo que no, en la obra del cineasta argentino, son aún más difusas. La filmación del material de la película se realizó durante un largo lapso de tiempo, lo suficiente como para poder presenciar en pantalla la estilización corporal y el crecimiento de Alan, su protagonista excluyente. No tiene nada que ver con Boyhood ni con ningún otro “coming-of-age”, Lluvia de jaulas es, ante todo, la representación de la juventud en las villas del Conurbano, pero también la alusión a múltiples actores que tienen su parte dentro ese sistema.

Lo valioso de la película es lo inmediato en que el espectador puede desentrañar la necesidad de su cineasta por filmar. El cine de César González sale de las entrañas, casi como por obligación antropológica, de poder encuadrar su entorno y darle una forma cinematográfica. Lluvia de jaulas es una película construida a partir del impulso y la necesidad. Su estructura caótica, sus procedimientos formales, sus decisiones de montaje antiacadémico responden a esta voluntad del cineasta de no circunscribir sus deseos y obsesiones temáticas a unas reglas y/o formato que la encadenen y reduzcan. González tiene la necesidad de capturar la oralidad de sus personajes, dándoles la posibilidad de que conversen sin inhibiciones a la manera de articular su lenguaje, para que se pueda revelar su sonoridad característica. De otra manera, pero con la misma voluntad, también siente la necesidad de incluir una voz en off poética, de mostrarnos la presencia y el rol de la policía, la marcha de los pañuelos verdes, la vida cotidiana de su personaje, la ranchada con los pibes, futbol bajo la lluvia, autos pirañeados, la enunciación de aquellos otros que fueron asesinados e incluso la representación de la ciudad, pero desde la perspectiva de alguien que es ajeno, periférico, marginado por ella. No por nada en sus agradecimientos y en la rueda de respuestas posterior a la proyección, él menciona a Vertov, a Marker y a Godard. Tres cineastas cuyas películas enuncian la necesidad vital que tenían por hacer cine, lo que los conduce a desencadenarse de las estructuras de montaje “naturalizadas” en la narrativa cinematográfica.

En la actualidad hay un especial hincapié en el Conurbano como espacio de acción y representación geográfica. La marginalidad y la delincuencia parecieran el centro de la vida cotidiana de este lugar, y la estilización de la misma, que conduce inevitablemente a la estigmatización y formación de estereotipos, es la posición estética y política que está de moda en la actualidad. Como alguien que nació y vive en el Conurbano, aunque con otro privilegio de clase, me resulta inevitable rendirme ante este cineasta, quien al pertenecer a esta masa demográfica enorme, opta por revelar su belleza y costado lúdico, como la escena de la fiesta de cumpleaños donde aparece Frozen y las nenas caen rendidas, en vez de volverla una épica del sufrimiento y la westernización de un territorio sin leyes, siempre desde la otredad. 

Poco mentado por la crítica especializada, sin tanta participación en los festivales principales y mucho menos dentro el circuito de los medios masivos y populares, César González continúa filmando las villas y el Conurbano y con ello borrando los prejuicios que algunas series actuales de Netflix se empeñan en instalar.