Crítica de “Tantas soledades”, de Jorgelina Etze

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“Esto era un lugar donde no lográbamos encontrarnos”, dice un personaje del libro. Y con esto se refiere a todas las cosas posibles. Un historia de amor, un deseo, una decisión, el abandono, la voluntad, un encuentro. Esto puede ser cualquier cosa porque no hay orden de la vida que se escape al desencuentro. El personaje se lo dice a quien acaba de encontrar, dejándonos ver que el encuentro, en realidad, no depende de coincidir en tiempo y espacio.

Walter Lezcano dice en un poema: Los felices no escriben. /¿Cómo hacen para soportar la vida? /No tengo idea / porque no soy uno de ellos. //La página en blanco es un desierto ardiente y peligroso. /¿Cómo soportan la vida los felices?”.

Esta pregunta, por omisión, aparece infinitas veces en Tantas soledades. Porque sí, la literatura es contraste, disenso, tropiezo, aproximación, paradoja, pero nunca encuentro. Y si lo hay, deberá ser iniciático, definitorio, irremediable, transformador. Lo que implica necesariamente que el desencuentro será con la propia identidad. ¿Y qué significa esto? Que la diferencia entre escribir y hacer literatura está dada por el abismo. No debemos salir indemnes de un libro. Y claramente esto es lo que ocurre con el libro de Jorgelina Etze. Nos vamos a preguntar por la maternidad, por el amor romántico, por las decisiones tardías, el daño irreparable, el deseo verdadero. También nos vamos a preguntar si es posible volver. Volver del olvido, de la muerte, del desamor, del camino que se tuerce muy lejos de quienes somos. Entonces, la literatura, además de abismos, será pregunta. Y digo: ¿qué mejor que llevar las dudas más centrales, las más dolorosas, las primeras, al proceso creativo? ¿Qué mejor que convertir esas dudas en materia prima? Porque los personajes de Tantas soledades están recalculando el camino constantemente, están puestos  a elegir, a evaluar los daños colaterales, a ser conscientes de aquello que queda en el camino, de las personas que quedan en el camino. La seguridad y la certeza son valores en desuso.

Los personajes se definen por la mirada externa. Están supeditados al reconocimiento del otro. Ese es el proceso de identificación por el que pasan. Cobran identidad en el antagonismo; crecen o se dispersan en la medida de sus estímulos; perecen o renacen en relación con su divergencia.

Insisto, la literatura es contraste, transformación y paradoja. Y como siempre me pasa cuando estoy ante una obra valiosa, no puedo dejar de pensar que, además, está confeccionada con los reveses de la más profunda humanidad.

Los personajes de Jorgelina Etze están en movimiento a pesar de la cercanía del abismo. Y son creíbles, certeros, eficaces como apuesta estética. La eficacia, la verosimilitud de estos relatos está sostenida por dos pilares fundamentales: el sistema implacable que hace funcionar al cuento, ese artefacto de relojería en el que nada sobra y nada falta. Y en la brutal honestidad de la voz narrativa.

Escribir no es algo sensato, de eso estoy segura. De alguna manera es construir una mentira perfecta hecha de retazos de las verdades más crudas. Habrá que blindarse, entonces, para que esas soledades, en sus múltiples formas, nos abandonen después de cerrar el libro.

Tantas soledades nos devuelve a la lectura del cuento clásico, redondo. Al régimen literario donde la historia es la protagonista exclusiva. A la tradición que recompensa la destreza de contar por sobre cualquier otro artificio. Al imperio del lector.

Jorgelina Etze, Luvina, 2019, 81 págs.