Crítica de “Cuando se incendia mi casa”, de Martina Cruz

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Cuando se incendia mi casa es el título del libro. La casa de la que habla la poeta, como la mía, cada tanto se prende fuego. Sucede tan seguido que eso que podría arruinar la vida de cualquiera, se naturaliza. Cruz, qué joven es esta escritora, no elige el pretérito perfecto porque la casa de la que habla no se incendió, radical y definitivamente en el pasado, si no que se incendia cada tanto y se seguirá incendiando, como una rutina que sucede en el presente. Cruz dice:

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Abrazo la casa 

le pido que no se derrumbe

que aún hay pedazos de lo que fuimos en las baldosas

siento la estructura de la casa

como venas de un animal que se rehúsa a morir

y se parece a mi padre

siento los cimientos

estoy segura

cuando caiga voy a querer caer con ella

enterrarme

que alguien construya otra cosa arriba. 

Hoy hubo un incendio en mi barrio. Estaba ordenando esas cajas que estorban en mi habitación. Estoy sacando lo que no uso de todos lados y sin embargo me cuesta animarme a esa esquina. Hace meses que estoy por hacer ese trabajo pero yo, que soy tan obse de la limpieza, lo postergué. Barrí todos estos meses por el costado, sin tocarlas. Me acostumbré a ese desorden que late ahí en silencio, en la soledad de mi habitación en la que no puedo dormir ni aunque me haya comprado una almohada inteligente. Escuché las sirenas de los bomberos antes de sentir el olor del humo y salí de la habitación para comprobar que el incendio no tenía que ver conmigo. Tal vez debería prenderla fuego de verdad, pensé con la certeza de estar a salvo.

Ya no te amo

solo estoy dando vueltas enfermizas

en una pelopincho

esperando que el remolino logre

de una vez por todas

ahogarme.

Volví a la pieza encontré una carta del padre de mi hijo y otra de mi ex novia, esta última estaba adentro de un sobre con una brújula rota. Tiré todo a la basura con las boletas y los exámenes médicos viejos. Sé muy bien lo que me pasa cuando me enfrento a ese material. Son fotos, cartas que le escribí a mi hijo en el pasado pensando en el hombre que sería en el futuro (¿es?). Abro al azar uno de esos textos míos de adolescente madre “estoy tan cansada, si no fuese porque iría presa, lo rompería contra la pared”, digo en una  carta que le escribí a una amiga cuando tenía dieciséis años.

Hacía un montón que no escribía 

así

sin poder respirar, frenar o pedir ayuda

y eso que yo me había prometido

no escribir solo cuando estoy desesperada.

Esa amiga que se tiraba un colchón en el piso para que yo durmiera con mi recién nacido al lado de su cama, esa interlocutora a la que le dediqué cuadernos enteros simplemente porque necesitaba que alguien justificara esa necesidad furiosa que yo tenía de escribir.

Hablé con mis amigas

me dijeron que puedo dormir en un colchón

al lado de sus camas

hasta que todo esto

pase.

Leo a Martina Cruz en el trabajo, después de haberme enfrentado un rato con mi pasado, guardé todo así no más y salí. Nunca termino con esos recuerdos. Son documentos de archivo de alguna de las personas que fui. Ticket de la farmacia de cuando me encargaba de ir a buscar la medicación de mi hermano. Estos días, justo, estuve pensando en lo asombroso que me resulta cómo puede deteriorarse un cuerpo, la enfermedad arrasa con mi hermano, jovencísimo también, y yo tan sana con absoluta impunidad un par de veces al año me doy el lujo de deprimirme hasta que solo me quedan fuerzas para desear morir.

Hace años que me infecta una plaga

toma los órganos

me infecta los recuerdos felices

como el cáncer

peor que el cáncer

el cáncer se me curó

la infección de la nostalgia

me toma los tejidos

mi cuerpo no hace más que morirse

todos los días

un poco

así solito

se va

pero yo me quedo.

Leí de un tirón el poemario de Martina Cruz porque ella es una poeta que me parte la cabeza desde que la escuché recitar su mítico poema Sobre la incomodidad, porque hizo que me conmueva y  que entre en esta vorágine de asociaciones obscenamente literales y busque  una metáfora que incendie mi casa, que es esa casita de madera al fondo de la de mi vieja, arde rápido, pero que son también esas cajas de recuerdos, pura mugre, que no sé dónde voy meter y que mientras existan dolerán adentro de mí.

Pienso otra vez en la edad, hice mención a la juventud dos veces en este texto, pero ¿qué significa ser joven cuando se crece con un dolor macerando, que al final se vuelve añejo, como una enfermedad crónica? Qué quise decir cuando hablé de la juventud, qué importa la edad de las personas, si hay madurez absoluta en estos poemas incluso en la distancia que la autora mantiene con esos restos que sobreviven a la tragedia.