Crítica de El reino de la corrupción, de Rodrigo Sorogoyen

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Tras arrasar en la última edición de los Premios Goya, se estrena el cuarto largometraje dirigido por el madrileño Rodrigo Sorogoyen. El reino de la corrupción se inspira en algunos casos de corrupción, que sacudieron a la escena política española, para llevar adelante un thriller electrizante y caótico sobre un hombre que no está dispuesto a inmolarse públicamente para “salvar” a sus compañeros.

Tener que escenificar los excesos materialistas y las frivolidades de los actores políticos, no implica que el tratamiento estético de la película tenga también que ser excesivo y barroco. Sorogoyen -por suerte- no se regodea con la lujosidad, sino que apenas se limita a filmar en yates, mansiones o terrazas durante la introducción para describir la hipocresía y el despilfarro de los personajes protagonistas. En El reino de la corrupción el goce de sus personajes (funcionarios públicos) se cuenta de una manera rutinaria, con la distancia que no tuvo, por ejemplo, Loro, de Paolo Sorrentino. Recién cuando Manuel, vicesecretario autonómico, es escrachado públicamente con un grabador oculto y se desata el conflicto, la película encuentra el tono y se asienta con comodidad dentro de la turbulencia que azota al destino de su protagonista.

Aunque muchos ponderasen su carácter “político”, El reino de la corrupción no es una película política. Los destinatarios de su posición crítica no son más que conceptos abstractos, por lo que no se trata más que de un película sobre políticos, cuya coyuntura ilustra ciertas nociones acerca del “rosqueo político” pero no ofrece ninguna declaración ideológica. Esto se evidencia en los pasajes en que Manuel interrumpe en las oficinas de sus colegas para negociar un acuerdo que lo salve, en donde nunca está claramente determinado qué cosas, en términos políticos, son las que se ponen en juego. Durante esas escenas es donde la película diluye el vértigo que la venía acompañando. El reino de la corrupción es, ante todo, un thriller y si se sustituyeran los trajes por cadenas y camperas deportivas o las oficinas alfombradas por sucuchos tenuemente iluminados, no sería una película conceptualmente diferente. Son los momentos fuera de los despachos los más atrapantes de la película, en lo que claramente el director de Que dios nos perdone o Estocolmo se mueve con soltura.