Un collar de melones

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Todos fuimos alguna vez un collar de melones de al menos una persona (siendo generosos y condescendientes). Pero hay algunos que viven regalando esos adornos a todo el mundo y ¡todo el tiempo!. Hay un caso que es paradigmático, hasta parece que tuviera una maldición, como si llevara en su seno la suerte del Farmakos. ¿Un destino marcado? ¿mala suerte? no sé, sólo sé que parece contagiar su melonicidad a todo el mundo.

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Este señor, collar de melones paradigmático, comenzó su tarea de arrastrar a su abismo a todo el mundo, allá por los tempranos 80. Por piedad vamos a obviar su infancia y adolescencia, bueno tampoco es que tengamos datos a mano, aunque sospechamos que alguien con tremenda trayectoria, es probable que haya sido collar de melones desde el comienzo mismo de su existencia.

La costumbre del primogénito, que en algún momento supo ser Ley, se inventó básicamente para no dispersar la propiedad. Si ésta quedaba en manos de uno solo y no se dividía en partes iguales entre los hermanos, no se fragmentaba y el poder se podía mantener de generación en generación. El primogénito tenía muchos derechos, más que el resto, pero si no obraba bien podía convertirse en un collar de melones para el resto de la familia.

Paréntesis que puede ser saltado por el lector apurado (Cada vez que se comienza una tarea nueva, lo más probable es que no salga bien. Para dominar el arte de lo que sea, se requiere práctica, teoría y la posibilidad de conectar ambos mundos. Hay gente con más vocación práctica, otros con más habilidades teóricas. Hay otros que no. Simplemente no. No encuentran su espacio, aunque el resto de la sociedad lo fuerce a quedarse en su sitio designado, no hay caso, no se haya.)

El Hado, funesto, lo colocó en el camino de la gloria capitalista; el terreno ya había sido conquistado por el Padre; sólo restaba la tarea de agrandar y magnificar la obra paterna. Pero al parecer fue mucho para él. Luego de una serie de traspiés, el Imperio estuvo a punto de sucumbir bajo el mando del Sr. Collar de Melones. Se dice que la propia familia pidió la salida, no sólo el patriarca sino sus hermanos, acobardados frente a la apología de la destrucción que su hermano mayor practicaba.

El fracaso es el padre de la inventiva y Collar tuvo una idea brillante. Sin un futuro promisorio, ya bastante nublado por sus propias desventuras, decidió asumir su destino y perseguir su quimera. Y no tuvo mejor idea que esconderse un tiempo, guardarse donde se guardan las vergüenzas y exigir, si lo querían volver a ver, que depositaran una suma de dinero. Idas y vueltas, temores y broncas, el pago se realizó y nuestro héroe volvió a las canchas.

Y a la cancha en forma literal. Sin espacio en el fallido destino, probó suerte con la geometría, en particular con las esferas y saben ¿qué?, no le fue nada mal. Fue, tal vez, el mejor momento de su vida; a partir de allí, todo en bajada. Pero dejemos que disfrute un poco de las mieles del collar de peras, que seguramente aún guarda junto a los trofeos de las competencias nacionales e internacionales. Probablemente lo tenga en la vitrina al lado del muñequito del Topo Gigio.

Pero no le alcanzó, al fin al cabo los melones requieren de ambición para crecer y entonces decidió expandir el alcance de su carga. Ya no había espacio para volver a la matriz paterna, pero la geometría del rectángulo y la esfera, lo había colocado en una buena posición pública. Y hacia allí encaró, hacia lo Público, con el ánimo encendido por una corte de cerilleros que le prendieron fuego el ego y lo animaron al más allá.

La primera vez chocó contra la pared; pero jugado por jugado y con un, hay que reconocer, persistente tesón, lo intentó nuevamente. Esta vez, acertó, se subió al podio y todos (o mejor dicho algunos) pudimos ver como el collar de melones crecía y crecía, casi como el Zapallo que se volvió Cosmos de nuestro querido Macedonio Fernández. Digo algunos, porque otros quedaron encandilados por su don de gente bien, como se debe, como uno, gente confiable, que como todo (ahora sí, todo) el mundo sabe, tiene ojos transparentes del color del cielo (y que valga la contradicción).

Ya desde el comienzo de su nueva etapa pública, encandiló y sedujo a los incautos con el aroma dulce de los melones. Que el aroma no tape la fruta, gritaban algunos. Pero no, nada de eso hubo y envalentonado, intentó el siguiente paso. Inesperadamente lo logró, pero el collar de melones ya era insoportable, tanto para el sector que apenas asoma la nariz como para el que intenta no ahogarse. No ahogarse en agua de melones.

Incluso el sector, pequeño pequeño, que flota con un inflable y una copita de campari en la mano, tuvo algunos contratiempos. Tal vez fue esa la gota que rebalsó el licuado de Cucumis melo. Los activos se convirtieron en pasivos en un santiamén. Los brotes verdes se marchitaron apenas asomaron. No les dio ni tiempo a confiar, sólo se apresuró a quitar lo que quedaba a mano; ya se sabe que los melones son insaciables.

Ahora nos enfrenta con una nueva afrenta. Está decidido a regalarnos varias toneladas de melones para que los usemos como adornos perpetuos. Ni los collares “soulava” se atrevieron nunca a tanto. Lo peor de todo es que esos melones vienen con letra chica: “envío por cobrar”. Parece que algunos aún no se pusieron los lentes de mirar de cerca y siguen embriagados con el perfume melonero. En breve tendremos un desenlace.