Remasterización de Abbey Road en su 50 aniversario: cómo volver a apreciar un clásico

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En esta época de regurgitación de cada disco que mediánamente pueda ser llamado clásico, la palabra “remasterización” ya es sinónimo con un reempaquetamiento caro y usualmente innecesario de nuestros discos favoritos de antaño, con extras que no añaden nada y oportunidades perdidas para que podamos jugar a ponernos en la mente del artista. Pero eso es porque estos nuevos paquetes rara vez toman (o siquiera tienen) la oportunidad de llevar a cabo una tarea muy rica y gratificante: el arte de la remezcla.

Hay que pensar a la música como arquitectura sonora, como una construcción del uso del espacio físico a través de ondas auditivas. Los sonidos sacados de la grabación están todos puestos, pero es el dónde están en el sonido lo que realmente importa, y eso es de lo que se encarga la mezcla. La mezcla se ocupa de posicionar los elementos sonoros de una manera cohesiva, e ir moviéndolos de lugar también; es un resplandor, haciendo que como oyente, uno fije la mirada (o en este caso, un oído) en elementos particulares por una cantidad de tiempo, en el mejor de los casos, haciendo que todo se note y brille un poco, pero diciéndonos qué es lo que realmente importa dentro de todo lo que estamos escuchando en cada momento. Y si uno se acostumbra a escuchar a un disco con una mezcla bien hecha, tarde o temprano, escuchar al disco es como ir por una carretera que uno ya conoce, porque el oyente ya sabe hacia donde lo lleva el sonido. Aprender por dónde va es el juego, pero después, se vuelve una deliciosa rutina. Por lo cual, imaginemos que a un disco alabado, clásico, escuchado por millones de personas que saben cómo va al pie de la letra, le cambien las reglas, y fuerce a estos millones a aprender a jugar el juego de nuevo. Esto es lo que nos da la oportunidad de remezclar estos sonidos: cambiar el mapa, fijarse en elementos más miscelaneos, darle la oportunidad a otros pasajes a introducirse, y a brillar. Pocos ejercicios en la música contemporánea son tan divertidos como este, sobre todo con discos tan universalmente adorados como Abbey Road.

Uno de los mejores ejemplos (incluso tal vez el mejor) de una democracia musical, un proyecto en donde 4 músicos y artistas dejaron de lado sus diferencias sin restricciones para crear, como una unidad, algo realmente especial, dando cuenta de su impacto y su legado como íconos culturales y llegando a aún otro momento de trascendencia, los Beatles se despidieron en la cima, una cima de la que no planeaban bajar, al menos no de esta manera. Tratar de hablar críticamente hoy sobre Abbey Road, uno de los discos más canonizados de todos los tiempos, con cada minúsculo detalle sobre su concepción, grabación, edición, empaquetamiento, lanzamiento, influencia cultural, legado, etc., ya discutido hasta el más mínimo detalle, es un ejercicio fútil. Vale decir que, 50 años después, es un disco cuya calidad (mayormente) no ha bajado, y es uno de los discos que más le han llegado al público, no sólo por sus canciones inmaculadas, sino por ese sentimiento de respeto mutuo y cooperación que se transmite a través de la música; darse vuelta y ver lo que construyeron juntos, sonreír, y poder pasar al siguiente capítulo. Un disco inspirador.

La nueva edición del 50 aniversario de Abbey Road apunta a transmitir incluso más claramente esa atmósfera en esta última etapa del grupo. Compuesta por 3 CDs, el primero la atracción principal, el mix actualizado del disco completo, y los otros 2 una compilación de demos cronológicamente fiel a cuándo fueron grabados, se encuentra a cargo Giles Martin, hijo del productor original de los Beatles, George Martin, luego de haber embarcado en proyectos similares con Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band y The Beatles (White Album). Las mezclas actualizadas de Giles han sido, en su mayor parte, muy difíciles de criticar, al menos en lo macro: aprendió sabiamente de su padre cómo utilizar el espacio, y le ha dado a estos discos aparentemente intocables un poder nuevo, con más carne en su sonido. Esto no es excepción con Abbey Road, en donde no se ve tan abrumado por la cantidad de sonidos en frente de él, y los maneja con facilidad.Los tonos son más claros, más limpios, el espacio se expande más que nunca (y eso ya es decir mucho); escuchado con un equipo correcto, es una experiencia altamente inmersiva. Temas que siempre habían sido más modestos como “Octopus’s Garden” y “Maxwell’s Silver Hammer” (los temas para chicos) acá son tratados con seriedad: guitarras que tienen su propio espacio, voces de fondo que resuenan más que nunca y juegan con las voces principales, pianos definidos y potentes donde cada nota deja su impacto, efectos de sonido que por segundos se apoderan de todo, y más. Las voces triples de Lennon, McCartney y Harrison en “Because” toman texturas mucho más distintivas, y si uno escucha muy atentamente, puede seguir cada una de las tomas vocales, y maravillarse en sus diferencias sutiles. ¡Y el espacio que le dan a Ringo! Nunca ha sonado mejor. Se escucha claramente cada tom en “Come Together”, cada juego entre bombo y hi-hat en “Something”, cada pase en “Oh! Darling”, cada sutileza se puede encontrar en este lanzamiento. El sonido realmente toma una gravedad mucho más potente y profunda cuando estos instrumentos tienen mayor espesor, y Giles los lleva al punto de saturación.

Los teclados tienen mucha más presencia que nunca también. Resurgen en “I Want You (She’s So Heavy)”, donde el órgano de Billy Preston, luego de haber estado oculto todo este tiempo, ebulle como una fuerza poseída, como el catalizador que lleva al coda de 3 minutos a un espiral sin fin de oscuridad, temor y pesadez, cayéndose a un abismo profundo… que desemboca en el lado opuesto, en la placidez de “Here Comes the Sun”, donde aparecen sonidos que van fluyendo al lado de la guitarra en la introducción para luego sobrepasarla, añadiendo colores cálidos y apacibles, evocadores como pocos. Esto no es el Verano del Amor, esto es algo más, más dolido pero de ese dolor sale esperanza. Y la canción hermana de Harrison, “Something”, una de las mejores definiciones de romance que hay, brilla también, donde las cuerdas se agrandan junto con los órganos, el bajo de McCartney obtiene un tono cremoso y tan fluido, y el solo de guitarra descubriéndose a sí mismo comparte el espacio con el resto, todo con la voz majestuosa de Harrison en frente de todo.

Y sí, tal vez hay algunas elecciones de mezcla un poco cuestionables. Algunas voces de fondo están demasiado escondidas para dar lugar a otros detalles (los “do-do do-do-do” de “Maxwell’s Silver Hammer” son extrañados), o a veces los sonidos están demasiado fragmentados, con el interés de que se pueda escuchar todo, y no de que formen una unidad coherente y sólida (le sucede esto a “You Never Give Me Your Money” y “Polythene Pam”), pero estos son momentos aislados que tampoco lo sacan a uno de la inmersión generada. Lo importante es que se logró entender a lo que apuntaban cada uno de estos temas. Cuando entra el último medley de 3 canciones, esto se materializa. La calidez orgánica de “Golden Slumbers”, la cantata de viejos amigos de “Carry That Weight” donde se escuchan cada una de las voces al lado de trompetas que anuncian el final, y “The End”, en donde sabiamente Giles achica la mezcla dejando solamente la esencia de 4 personas tocando al unísono, apreciándose una a la otra, para luego agrandarlo en los últimos segundos. Ellos tocando algo para ellos mismos, por última vez, para luego darse vuelta y mirar de frente a su audiencia, despedirse, e ir más allá.

La segunda parte de esta edición hay que pensarla como un trabajo de curaduría, una elección de demos y tomas erróneas que, puestos uno tras otro, se convierten en algo más que la suma de sus partes. Y en lo que estas tomas muy entretenidas se convierten es una declaración de la importancia que tuvo este disco en particular en cada uno de los Fab Four. Esta compilación muestra la atención al detalle que se le dio a Abbey Road dejando prácticamente nada al azar. Se puede ver esto en cómo, en los demos que nos muestran, las canciones ya estaban armadas. Con la excepción de algún que otro demo casero, no tenemos momentos de deliberación sobre hacia dónde llevar los temas. Nos muestran la etapa en donde las composiciones ya han sido discutidas, ordenadas y terminadas fuera del estudio. La estructura ya ha sido ensayada, ahora lo que falta es ir al estudio en búsqueda de la toma perfecta. Ni siquiera dudan en temas más complejos como “I Want You (She’s So Heavy)” y “You Never Give Me Your Money”, que siguen la estructura que conocemos hoy en día, ya sea la primer toma de base o la toma 36. Graban “Sun King” y “Mean Mr. Mustard”, y luego “Polythene Pam” y “She Came In Through the Bathroom Window” de una, porque el concepto del medley ya está fuertemente instalado. (Se escucha al principio de la primer toma de “Golden Slumbers” una voz que anuncia “Golden Slumbers, toma 1”, a lo que Paul le responde “Si, hay algunas más en el disco como esta.” Más claro imposible.) Temas inmortales como “Here Comes the Sun” y “Come Together” ya vienen con las inflexiones vocales listas, y los tonos que llevarían al disco propiamente. Abbey Road fue un trabajo con precisión clínica, en donde cada momento claramente contaba.

Pero esta compilación también pinta a la relación entre los cuatro Beatles como una mucho más apacible y amistosa. A diferencia de compilaciones de remasterizaciones anteriores como la del Álbum Blanco, que mostraba la separación más y más presente entre los 4 miembros, y sus intenciones de ir hacia una nueva etapa artística, aquí nos presentan una versión más cohesiva de los Beatles, en donde la cooperación es la clave para poder hacer las cosas bien. Hay mucho amor acá; amor por lo que hicieron, amor por lo que están construyendo, y sobre todo amor por y hacia ellos mismos. Si hay algo que demuestra esta curación de demos es que, al menos este disco en particular, no lo podrían haber hecho solos. Podemos escuchar cómo, incluso en las tomas en donde alguien comete un error, o quien esté cantando no esté haciendo una performance muy en serio (como si tuviesen en cuenta que esta no es la toma final), todos los miembros se centran en sus roles para ayudar y acompañar a la canción que están grabando. Incluso en la toma 12 de “Maxwell’s Silver Hammer”, donde el grupo (excepto Paul, obviamente) está bastante cansado de tocar este tema, son profesionales, y saben que estos son los momentos que realmente importan, los últimos momentos. Tenemos a Paul cantando “The Fool on the Hill” en broma en la primer toma de “Golden Slumbers”, o Ringo adelantándose para el puente de “Octopus’s Garden”, no sabiendo si fue él o ellos los que entraron mal. Pero la toma termina ahí porque realmente no importa: lo importante es volver a grabar, y esta vez hacerlo bien. Más que nunca en este momento, los Beatles eran una máquina, porque sabían que tenían que serlo.

Es raro que un artista esté totalmente consciente de su lugar en la cultura popular, y más raro que lo plasmen en su arte. Más que nunca, los Beatles hicieron eso, hace ya 50 años, y ese mensaje todavía resuena y permanece vigente hoy en día. Un homenaje no sólo a ellos mismos, sino a todos los que se sentaron a escucharlos, desde los comienzos hasta el final. Tal vez nos estén vendiendo mentiras con esta nueva edición, tal vez el retrato pacífico que nos dan de este grupo en ese momento en particular es una farsa, y las cosas no fueron tan así. Pero para este punto, lo que importa es la historia, lo que importa es el ícono, lo que importa es el mito. Y si, aquí Abbey Road se mitologiza a sí mismo una vez más luego de 50 años, y lo hace increíblemente bien. El dulce sueño de estos 4 se hizo realidad, y ha llegado a su fín. Tenemos una oportunidad como ninguna otra de redescubrir ese final, y eso siempre vale la pena.

Spotify: https://open.spotify.com/album/5iT3F2EhjVQVrO4PKhsP8c

Apple Music: https://music.apple.com/ar/album/abbey-road-super-deluxe-edition/1474833332