Crítica de “Nada es como era”, Mercedes Güiraldes

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Después de todo, ¿de qué podíamos tener miedo después de haber admitido ante nosotras mismas que hemos enfrentado la muerte y que no nos hemos entregado? Porque, una vez que hemos aceptado la existencia real de nuestra muerte, ¿quién puede tener poder sobre nosotras?, Los diarios del cáncer, Audre Lorde.

Aunque el libro de Mercedes Güiraldes Nada es como era se publicó en el 2017, yo lo leí recién hace unos meses, a la vuelta de un viaje inimaginado. Cuando mi hijo me dijo que se quería ir a estudiar a Hungría le respondí que esas cosas no eran para nosotros. Se fue igual. Al año, cuando yo ya había aprendido que podía desear cualquier cosa, me fui a verlo. Viví todo como si le estuviese sucediendo a otra persona, una sensación de apatía total que la narradora de este libro describe a la perfección. ¿Qué es en definitiva lo que logra desprendernos de nosotras mismas? ¿Son incomparables una enfermedad y la distancia con un hijo?

Volví del viaje y me deprimí ferozmente aunque también es cierto, hay que decirlo, que amo habitar la performance de la tragedia eterna. Me obligué a levantarme, me compré este libro y sentí un placer chiquito pero real. Fue un momento de anclaje, un segundo en el que algo me estaba sucediendo verdaderamente, la constatación de mi existencia después de mucho tiempo: comprarme un libro me volvía a dar placer. Aun así, lo leí mientras mechaba horas llorando en la cama y mientras no escribía ni una página de esa novela sobre mi hermano. La enfermedad coloniza el cuerpo de mi hermano, suelo pensar aunque la suya no sea el cáncer, mis metáforas provienen del vocabulario de la guerra. Me dio culpa esa tristeza pero sobre todo era complicado revisar mis enunciados sobre mi estado de ánimo: vuelve como un cáncer, me leí o me escuché varias veces durante ese tiempo. Decir de un fenómeno que es como un cáncer es incitar a la violencia, dice Susan Sontag en el ensayo La enfermedad y sus metáforas y continúa explicando que buscamos metáforas adecuadas para tratar de abarcar el mal “total” o “absoluto” cuando la metáfora del cáncer es particularmente burda porque incita invariablemente a simplificar lo complejo, e invita a la autocomplacencia. Esas cosas hago yo.

Casi lo leo completo el libro de Güiraldes esa noche de insomnio cuando la cama me molestaba por todos lados y me fui al sillón. Tuve que dejarlo porque me largué a llorar y aunque soy una persona sensible sin complejo por las lágrimas, no lloro fácil con la literatura. La primera vez fue en el momento en el que la narradora, aunque con pocas fuerzas, se resiste al tratamiento, o tal vez simplemente necesita que alguien (no podría ser otra persona más que su madre) tome la decisión por ella. La madre ¿debería decir la madre de Mercedes Güiraldes? no tiene dudas, no le da una orden, le trasmite la certeza de lo que debe hacerse: el tratamiento de quimioterapia.

Nada es lo que era no es una novela aunque tenga curva dramática, ni es una crónica aunque los hechos estén enunciados más o menos de manera cronológica. A decir verdad no me interesa cuál es el género porque yo misma no lo respeto géneros ni cuando escribo esta crítica. Me pregunto cómo no hablar en primera persona cuando es con el cuerpo con el que se escribe sobre su propio agotamiento. De qué otra manera escribir sobre algo tan íntimo y que a la vez les sucede a muchas mujeres, mujeres silenciadas en la reconstrucción de los pechos extirpados. Como dice Audre Lorde en Los diarios del cáncer, el silencio nunca nos ha traído algo valioso.

Esa noche dejé el libro después del relato de la quimioterapia, después de los mechones de pelo caídos y después de que van en el auto con el marido a comprar una peluca. Es tan íntima y dolorosa esa escena, no puedo hacer otra cosa más que reproducirla.

-No quiero, no quiero, no quiero, no quiero…

-Tranquila, Meme, te queda bien, te lo juro.
Me saqué la peluca y la tiré contra el parabrisas con violencia.

-¿Esto te gusta? ¿Eh? ¿Te gusta? – le dije a los gritos. Acto seguido empecé a llorar. No era llanto, eran aullidos de perro herido. Mi garganta producía un sonido gutural que, combinado con el espectáculo del cráneo al aire, tiene que haber sido bastante impresionante porque vi cómo a Klaus se le llenaban los ojos de lágrimas. Incluso a mí me asustaba oírme. El dolor que me causaba la imagen de la mujer en el espejo era de una índole distinta al de saberme enferma, más parecido al de un fracaso amoroso o al de una traición: un dolor de orden narcisista tremendamente lacerante.

Mercedes Güiraldes escribió un libro que es una patada en la boca, borra la autocompasión en el momento que la enuncia. Me dieron ganas de escribirle cuando lo terminé. Le empecé a mandar un WhatsApp, me excedí y le mandé un mail con la pretensión de borrar completamente la línea entre ficción y realidad y que tal vez mi mail fuese a parar a esa carpeta de mensajes amorosos que la autora guarda de aquella época aunque no seamos amigas. Durante la lectura fui a ver la solapa muchas veces, su foto. Qué alivió verla sonreír, hermosa, el pelo larguísimo como un trofeo ganado a la muerte.

Mercedes Güiraldes, Nada es como era, Tusquets, 2017, 192 págs.