Un documental sobre Alejandra Laurencich

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La angustia de no tener qué comer, ese problema que hoy encontramos en la Argentina, la tenían los inmigrantes que venían de países europeos como Italia (la familia de Alejandra provenía de Doberdob, un asentamiento esloveno a 30 km de Trieste), buscando en nuestro país cubrir sus necesidades básicas y por qué no, forjarse un auspicioso porvenir. La historia de la familia eslovena de la escritora Alejandra Laurencich nos enfrenta con la dureza de toda vida de inmigrante, aunque también con la satisfacción de poder cosechar los frutos de un trabajo sacrificado pero tras el cual, hay una recompensa. Poder mejorar notablemente la situación económica, tener la casa y huerta propias, poder educar a los hijos, son todos logros de los Laurencich.

El documental de dos realizadores eslovenos, llamado Alejandra, se presentó el lunes 16 de septiembre en la sala Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional. Tiene dos partes: una muestra a Alejandra en Eslovenia, por ejemplo cuando ella se ofrece a firmar varios de sus libros en su presentación y le dicen que tienen que ser pocos para que tengan el valor de ser especiales.

La otra parte nos trae a los paisajes de nuestro país como la Patagonia, el Tigre, la provincia de Buenos Aires y la propia casa de la autora. Allí donde ella podrá estar con su familia, dar clases en su taller literario y sobre todo, cuidar de sus plantas y flores con la misma constancia con la que trabaja la palabra, y el mismo esfuerzo con que su abuela mantenía su huerta.

La de Alejandra es una mirada que de tan potente, lastima, porque puede ver con detalle los pliegues del alma. Es ella quien se emociona al recorrer su historia personal y familiar con el texto, porque la escritura es un acto catártico pero también es mucho más que eso y le permite a la autora adentrarse en su biografía y las de sus parientes para descubrir aquellos aspectos que otra persona quizás decidiría desestimar o no mirar para no perturbarse. La palabra permite transitar ese sentimiento perturbador y transformarlo.

Con la traducción al esloveno de su novela Vete de mí, Alejandra puede llegar a un público lector en el pueblo de sus antepasados y de ese modo uno de los realizadores del film conoce su texto y se inspira para este documental. Lo que le depara a la escritora es simplemente mágico. Una obra basada sobre su vida y su literatura, donde cerca de sesenta horas de filmación deben reducirse a una y donde varias circunstancias deben ser dejadas afuera. El documental rescata lo esencial, el espíritu de una incansable Alejandra, escritora que se sumerge en los detalles con insistencia, la que cautiva con la pluma y compone retratos humanos como si los estuviera pintando con un fino pincel.  Aunque también vemos más: cómo se maravilla en un campo donde no sabe encontrar ni el norte ni el sur, cómo interactúa con sus alumnos, con su esposo, de qué forma analiza sus propios textos y los lee poniendo el cuerpo hasta llegar a las lágrimas.

Ella es quien supo retratar el dolor y el miedo que dejó la dictadura militar, en su novela Las olas del mundo. La que sabe adentrarse de lleno en la psicología de las mujeres, como lo demostró en Lo que dicen cuando callan. Creando ficciones que parecen reales, nos estremece, porque en sus narraciones podemos conocer partes de nosotros mismos. Además del documental, en la presentación se dio a conocer el libro de Laurencich, El diario de Eslovenia, editado digitalmente por Indie Libros, que da cuenta de su gira por ese país y por ciudades de Italia, en 2018.

Gigliola Zecchin, conocida como Canela, estuvo a cargo de la entrevista a la escritora y a los realizadores del documental Klemen Brvar, y su socio, Vid Hajnšek. La conductora hizo referencia a su propia condición de inmigrante. También preguntó cuáles fueron las dificultades al realizar el documental y si ganaron o perdieron dinero. Ellos rieron y respondieron que ganaron, aunque su ganancia no sea en términos económicos. El resultado es un trabajo que nos muestra una superficie para sugerir un mundo profundo, como ese iceberg del que nos hablaba Hemingway. El lector y espectador deberá imaginar las raíces ocultas que dan vida a estos frutos visibles. Los caminos transitados que construyen la identidad de uno, donde hay veces en que tenemos más de una patria, como es el caso de Laurencich.