Cuentos en clave feminista: Samanta Schweblin y la maternidad

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La antropóloga francesa Michell Petit dice que la lectura nos permite acercarnos a otras realidades, a otros sujetos que difieren de nosotros. Al leer un libro, nos sumergimos en el cuerpo y en los sentimientos de los personajes: “Solo la literatura te dará tanto acceso a lo que han sentido, imaginado, temido, aunque vivieran hace siglos, aunque habitaran otras latitudes”. Cualquier narración tiene la capacidad de mostrarnos un pedacito de vida o el mundo entero. Si el autor tiene la intención, puede obligarnos a ver y, aunque miremos a un costado, sabemos que está ahí, frente a nuestras narices. En la construcción de los personajes, los conflictos y los ámbitos donde se desarrollan, existe una oportunidad de poner en evidencia un sinfín de situaciones. A través de la ficción el lector puede acercarse a mundos distintos y allí pueden mostrarse injusticias, prejuicios, abusos de poder, ya sea porque cuenta sus opuestos, como modo irónico de criticar la norma, o porque los deja ver tal como son, crudos e insoportables.

La primera vez que leí “Conservas” (Pájaros en la boca y otros cuentos, 2009), fue la primera vez que leí a Samanta Schweblin. Lo hice muy ansiosamente, como suelo hacer casi todo en esta vida. Para cuando llegué al final, atropellada, sentí me había pasado todo el argumento por encima. Con una sutileza enorme y una gran inocencia en los diálogos y las escenas estaba planteado un tema fundamental que forma parte crucial dentro de los debates de las teorías feministas: la maternidad y el aborto. Después me daría cuenta de que en todo lo “no dicho” de su obra hay un mundo y me resultó realmente adictiva.

La protagonista narra en primera persona lo que siente junto a su pareja, Manuel, cuando se enteran de que van a ser padres antes de lo planeado. Desde la primera oración se ve de manera contundente que existe un conflicto con la idea del bebé que va a venir: “Pasa una semana, un mes, y vamos haciéndonos a la idea de que Teresita se adelantará a nuestros planes. Voy a tener que renunciar a la beca de estudios porque dentro de unos meses ya no va a ser fácil seguir”. La noticia llega inesperadamente y no creen que sea adecuado el momento. El cuento se mueve en esa temática: la maternidad como una decisión y un deseo ejercidos por un cuerpo libre. El conflicto no está en el rechazo a atravesar un embarazo ni en la batalla contra las estructuras que nos imponen cómo debemos vivir. Lo que la protagonista debe hacer es tomar la decisión y, luego, determinar el método que va a utilizar. Esta omisión es realmente liberadora. La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie dice: “Imagínense lo felices que seríamos, lo libres que seríamos siendo quienes somos en realidad, sin sufrir la carga de las expectativas de género”. Pensar por fuera de esas reglas que tenemos tan internalizadas acerca de lo que debemos ser o tenemos que hacer da vértigo porque es un terreno desconocido; al mismo tiempo, una aventura necesaria.

Si bien hay acuerdo en la pareja, se ve con más detalle el desarrollo de la decisión de la mujer, de quien no sabemos el nombre. Más allá de los planes familiares en conjunto, es ella quien pone el cuerpo y, por ende, sus proyectos van a verse más afectados, además de los riesgos  y transformaciones que debe enfrentar por transitar el embarazo. Y es evidente que no está segura de avanzar: “«Ay, no sé…», digo yo, y no sé si me refiero al regalo o a Teresita. «La verdad es que no sé», le digo más tarde a mi suegra cuando cae con un juego de sabanitas de colores. «No sé», digo ya sin saber qué decir, y abrazo las sábanas y me largo a llorar”. Sin embargo, señala que solo quieren esperar un poco para estar más preparados: “Manuel me adora y sé que, como yo, no tiene nada en contra de nuestra Teresita, qué va a tener. Pero es que había tanto que hacer antes de su llegada”. El relato elude el dogma social que impone la maternidad a las mujeres; ella elige con autonomía si quiere ser madre o no en esas circunstancias. Este mecanismo es fundamental porque, al pasarlo por alto, pone en evidencia que, como dice Mona Chollet, “continuamos creyendo, más inflexibles que el hierro, que las mujeres están programadas para desear ser madres”.

Virginie Despentes lo describe irónicamente: “…la maternidad se ha vuelto una experiencia femenina ineludible, valorada por encima de cualquier otra cosa: dar la vida es fantástico”. Aún hoy en día, tomar decisiones acerca de nuestra propia planificación reproductiva parece estar fuera de nuestro alcance. Según Silvia Federici, desde los comienzos del desarrollo del capitalismo, el estado ha intentado “arrancar de las manos femeninas el control de la reproducción y la determinación de qué niños deberían nacer, dónde, cuándo y en qué cantidad”. Aunque tengamos la libertad de decidir no tener hijos, tenerlos en una edad distinta a lo esperable, o elegir no tener más, esto siempre deviene en una serie de explicaciones que hay que dar. Dentro del argumento, esta pareja está en un momento “ideal”: se quieren y se llevan bien, construyen juntos un proyecto de vida y no parecen sufrir problemas de índole económica o social que les dificulte el hecho de criar un hijo. Podría esperarse entonces que desde la familia haya conflictos por la decisión que toman. No parece haber “excusas” para no ser padres. Sin embargo, consideran que la situación no es la indicada.

El plan está definido: “Citamos a nuestros padres y somos claros con ellos: el asunto está decidido, el tratamiento en marcha, y no hay nada que discutir”. El embarazo aparece como una contingencia, no una obligación, y su desenlace en un parto y posterior crianza, solo una posibilidad. Lo interesante es que no son juzgados por personas externas, sino que es una decisión personal y a consciencia.

El cuento habla sobre maternidad deseada y pone al aborto en el centro de la discusión. Ya en El segundo sexo Simone de Beauvoir decía: “Existen pocos temas respecto de los cuales la sociedad burguesa despliegue más hipocresía: el aborto es un crimen repugnante, y aludir a él es una indecencia”. Es un fenómeno sumamente extendido, pero quienes insisten en criminalizarlo prefieren suponer que no existe. A veces resulta desesperante que aún haya sectores que no admitan que se trata de una cuestión de salud pública y autonomía de los cuerpos, y no puedan separarla de consideraciones morales y subjetivas. A la protagonista de esta historia le pasa algo parecido, esta sensación de impotencia y, a su vez, de no resignarse ante la necedad: “No puedo entender cómo en un mundo en el que ocurren cosas que todavía me parecen maravillosas –como alquilar un coche en un país y devolverlo en otro, descongelar del freezer un pescado fresco que murió hace treinta días, o pagar las cuentas sin moverse de casa– no pueda solucionarse un asunto tan trivial como un pequeño cambio en la organización de los hechos. Es que simplemente no me resigno”.

En esta época, cuando la sociedad ha cambiado en tal magnitud, tanto en cuestiones tecnológicas como de derechos humanos, pensar en términos delictivos acerca de elecciones sobre nuestros propios cuerpos parece descabellado. El hecho de que los Estados no estén a la altura de las transformaciones que impone la sociedad, es un atraso importante. Y la ausencia del Estado mata. Pero siguen existiendo quienes creen tener la potestad de disponer sobre la libertad de otros, con argumentos que ponen el foco en la vida del embrión y desestiman al sujeto que lo gesta. Desconocen que son personas con proyectos y decepciones, fracasos y logros, con dificultades diversas que tienen derechos y que toman sus propias decisiones en determinados contextos. No es posible desvincular a un feto de quien lo lleva en su cuerpo. En este sentido, recuperar la literatura, y el arte en general, como elemento disruptivo con la capacidad de penetrar esos postulados y desarmarlos, es muy valioso.

Sin contar el final (para evitar el spoiler), podemos decir que hay muchas otros puntos para desprender de este cuento: cuestionar la maternidad  como piedra única y fundamental de “ser mujer”; la falsa ilusión del instinto maternal y las expectativas sobre cómo ser madre; esos secretos que no se comparten y generan tanta frustración. Lo que me parece más significativo es la idea de que debe ser una elección y un deseo: la maternidad será deseada o no será. En cualquiera de los dos casos, deberá ser acompañada, contenida y con información. Sobre todo, nunca en soledad; la respuesta es siempre colectiva.