Crítica de “Fosfato”, de Manuel Crespo

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Campo Labrado es el lugar donde transcurren las historias que forman parte de Fosfato. Es un típico pueblo que vive alrededor del cultivo de la soja, con personajes que podrían ser protagonistas de un relato costumbrista, salvo por la irrupción de lo inexplicable: enormes objetos voladores que semejan insectos, mujeres que tanto pueden ser una azafata que cae del cielo o una que resopla como un chancho, invasión hiperbólica de orugas y chinches, un ciego que desaparece repentinamente.

A medida que avanzamos en la lectura, descubrimos que los relatos tejen una red de relaciones: los personajes reaparecen aquí y allá, las historias se cuentan desde varios puntos de vista, los detalles van armando un mapa que nos obliga a volver atrás las páginas para descubrir las pistas que los narradores fueron dejando. Como ejemplo, hay tres cuentos que representan claramente una mirada múltiple: “Carcharodon pampeanus”, “Viridi abominatio” y “El riel” se centran en la historia de Matías, un joven que dejó el pueblo para trabajar en un barco. El último, “El riel”, es uno de los mejores del libro y alterna pasajes poéticos con otros donde se describen escenas de gran violencia: “En medio estaba la lluvia, la rabiosa e inesperada lluvia que caía con o sin sol, y que un minuto después ya se apagaba, como si alguien hubiera abierto y cerrado una canilla en el cielo”; “Se ovilló en el piso y Tiodor lo pateó en las piernas y en la cadera. Los otros no se animaron a detener la paliza”.

Hablábamos de un pueblo sojero, pero debajo del bucólico nombre de Campo Labrado, se esconde una realidad de cultivos transgénicos y agroquímicos, una pampa casi distópica, donde la soja crece desmesurada y anormalmente perfecta; una pampa con seres siniestros como el contratista Liébana, semejante a “una araña que espera una vibración de la tela”. En todo el libro, además, abundan animalizaciones de muchos de los personajes, y también cierta humanización de los animales, como la mascota de Kappel, una piraña que mira desde su pecera y que “quizás se esté preguntando qué es esa forma extraña que se mueve frente a ella”.

Más allá de los detalles que se repiten, lo que une a los cuentos es el tema de la pérdida y de la locura. Si el pueblo no es lo que era antes, tampoco su gente, y si bien hasta el hecho más extraordinario se toma con cierta naturalidad, eso no es más que un síntoma de la locura de algunos de sus protagonistas que terminan viviendo en una realidad paralela en la que, paradójicamente, surge la verdad que esconden los relatos.

Manuel Crespo obtuvo el tercer premio del concurso anual del Fondo Nacional de las Artes en el 2018 con este volumen que recuerda al Cortázar de “Cefalea” o de “Bestiario” y que responde a la concepción freudiana de lo siniestro como lo familiar que de pronto se transforma en algo angustiante. Buen comienzo para un primer libro de cuentos.

Manuel Crespo, Fosfato, La Parte Maldita, 2019, 142 págs.