Crítica de La deuda, de Gustavo Fontán

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¿Cuánta plata es hoy, setiembre de 2019, 15 mil pesos? La crisis y la devaluación convirtieron 15 mil pesos, que es la suma que debe devolver la protagonista (estupenda Belén Blanco) de este ultimo film de Gustavo Fontán (Elegía de abril, La casa, El día nuevo, El limonero real) en una cifra por la que, pareciera, que no vale la pena pasar semejante derrotero.

Es la conciencia de la crisis asumida también en el propio espectador con la que juega esa extrañeza. Un dinero que desaparece, un dinero que hay que juntar de a partes: escondido en cajas, en placares, en habitaciones, en pequeñas latas de la cocina. Es muy bueno el análisis que hace el colega Visconti en el sitio amigo hacerselacritica poniendo el centro en este dinero que está fuera del alcance visual del espectador la mayor parte de las veces y fuera también del alcance de los argentinos en estos últimos tiempos.

Durante toda una tarde-noche, Mónica debe juntar el dinero que sacó de su trabajo. Sobrevuela, y estructura la diégesis misma, una posible denuncia, una estafa tal vez, un supuesto robo, y por tanto un futuro castigo. Esa amenaza hace que el espectador vea a Mónica como un ser oscuro, despectivo que en gran parte del relato no genera empatía.

La compra de dos prendas de ropa, escena sobre la que Fontán se detiene largos minutos, parece ser el prólogo de una huída. Comprar, para Mónica, es algo compulsivo (será?). El cumpleaños de la hermana y el regalo comprado, la relación con Sergio que Mónica saca de la fiesta para que la lleve a su casa, una pareja que es más un fantasma, podemos imaginar por qué, aclararlo sería subrayar algo en un film que evita los subrayados. Momento egoísta de la protagonista. Pero la noche recién empieza.

La deuda tiene algo que le venía faltando al cine argentino de los últimos tiempos: el film de Fontán potencia la necesidad de analizarla, de estrechar los signos, de hablar sobre las posibles relaciones simbólicas, de pensar el entramado de escenas como significados que están ahi para tomarlos, pensarlos, y sobre todo, charlarlos. Es una película para ser charlada, cosa que debería ser algo común y que se ha convertido en algo extraordinario.

También por momentos es obvia, pero inteligente, porque tiene la capacidad de salirse rápidamente hacia lugares más obtusos y más puestos entre paréntesis.

Dice Fontan que la película originalmente se iba a llamar El desierto, una idea que prefirieron mantenerla en el tratamiento de su estética rebelada en el tratamiento azulado de la fotografía de Diego Poleri, en sus reflejos, una constante en el cine de Fontán, en su nocturnidad, las luces y las sombras de los bordes de la ciudad y el conurbano. Es una película también para ver en cine: ese tratamiento lumínico que estalla en la escena del Bingo revela mundos: una verdad única que también rápidamente se desarma en verdades múltiples.

El final es poético. El tren llega a Constitución temprano en la mañana. No adelantamos nada con esto. Quien haya tomado alguna vez ese tren, entenderá. Quien no, asomará a la libertad de un realizador más cómodo en ese momento más asociado al documental de creación, una creación atravesada por la ficción durante un poco más de una hora de duración.