Crítica de “Entonces sopla el viento”, de Adrián Agosta

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Arrojados al mundo, los seres humanos no tenemos más opciones que elegir. No hay planes previos ni modelos, solo existe la cotidianeidad que nos oprime (“La vida es tan inmensa y vos / tan pequeño tan tonto”) o el Otro casi indescifrable (“Te vas cuando quiero quedarme / volvés cuando por fin me estoy yendo”). Adrián Agosta es un joven poeta que logra construir una poesía profundamente filosófica con los materiales efímeros de los que está hecha la vida (“Deberíamos aceptar que las cosas hermosas se pudren”).

En la tarea de vivir, hombres y mujeres estamos solos y por momentos compartimos algo con familiares o amigos. La soledad existencial, no la física, es uno de los temas del libro: “las personas también son límites / y más allá sombras. / Por eso elijo dormir solo / leer solo, caminar lentamente. / Esta es mi revolución”. Sin duda, el poema es un espacio privilegiado para el encuentro con el yo, para asumir la complejidad de la vida, para cuestionarse el pasado y el presente. Los versos de Entonces sopla el viento le devuelven a la palabra poética su valor simbólico en tanto lo dicho evoca algo más porque “las palabras esconden la miseria que somos”.

El yo poético, el protagonista, es siempre un viajero, alguien que recorre un camino hacia las profundidades de sí mismo donde emergen ciertas figuras que lo marcan: el padre y la madre. El padre es la ley, la figura de la norma (“a veces solía vestirme con la ropa de mi hermana (…) cuando papá estaba en casa / yo era Napoleón Bonaparte”), y la madre es quien que deambula por la casa buscando aquello que le falta, que no es ni más ni menos que a su propio hijo. Después de esos primeros otros son los padres, vendrá el amor o algo parecido, aunque siempre angustiante: “¿Qué otra cosa somos sino esta pobreza? / Un pecho latiendo sobre el otro, los brazos / tensos, la torpe caricia de manos que ya no aman”.

Por supuesto, el tema del tiempo sobrevuela cada página. Todo es absolutamente efímero; pasado, presente y futuro se superponen porque la vida es corta y hay que “olvidarse de la gastada / narrativa de los días, salirse”.

Como todos los libros de Elemento Disruptivo, los epílogos son de lectura imprescindible. En este caso, el de Osvaldo Bossi sintetiza lo que es la poesía de Adrián Agosta: un “lirismo sucio” que muestra un “oído atento a las voces, los murmullos, el ruido de todos los días, y el áureo sonido de las palabras aisladas en el poema”.

Para terminar, es destacable el estilo de este poeta tan joven que cincela cada verso como un artista, que elige cuidadosamente las imágenes y que construye metáforas nuevas con un gran poder de evocación: “…y la noche / es un caracol que se empuja sobre un desierto de sal”; “Crecer / es comprender el ancho silencio insoportable / donde antes rodaban las risas”.

Adrián Agosta, Entonces sopla el viento, Elemento Disruptivo Editora, 2019, 52 págs.

Adrian Agosta es profesor de Literatura y poeta, y forma parte del colectivo +P (MásPoesía).