Crítica de “Ad Astra”, de James Gray

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Ad Astra, del latín, hacia las estrellas. Si se quiere ser más específico podríamos acudir al filósofo Séneca el Joven, cuya cita completa es: Per aspera, ad astra, es decir: por el camino más áspero, hacia las estrellas, entre otras tantas interpretaciones posibles, como esta otra, mediante el sacrificio, hacia las estrellas. Y es aquí en donde uno tendría que plantearse quién es el que hace el sacrificio antes mencionado, Roy McBride hijo o Clifford Mc Bride padre. Ambos, cada uno a su tiempo, sacrifica todo lo que tiene en busca de una idea de superación, ya sea personal o universal. Clifford: vida inteligente más allá del planeta Tierra; Roy: un acercamiento a su propia esencia como ser humano. Y Roy no necesita saber si hay otra vida posible, ya que todavía no es capaz de sentir la suya como propia. ¿Por qué no puedo sentir nada?, se pregunta en una de las tantas escenas cuasi filosóficas de la película, por lo que su misión más que una misión de rescate de su padre, es una mision de rescate de su propia integridad emocional.

Hacia las estrellas es el itinerario que nos propone hacer el director James Gray —León de Plata en el Festival de Venecia a la Mejor Dirección por Cuestión de Sangre (1994)— luego de Z, La Ciudad Oculta (2016), The Inmigrant (2013), Los Amantes (2008) y Los Dueños de la Noche (2007), entre otras. Y allí vamos, en un viaje introspectivo del ingeniero espacial Roy dentro de un marco visual de envolvente belleza. Mérito de la NASA, que proporcionó muchas de las imágenes del sistema solar que hacen de este film una recreación casi exacta de los confines de nuestro universo conocido. Así como en su momento, Stanley Kubrick dotó a su opera magna —2001: Odisea del Espacio (1968) — con una precisión obsesiva y documentalista, Gray hace los mismo en cuanto a operar en ese mismo sentido. Las imágenes de la Luna, Marte, el cinturón de asteroides, Júpiter y Neptuno son sencillamente sobrecogedoras.

Se ha comparado a Ad Astra (2019) con la novela “El Corazón de las Tinieblas” de Joseph Conrad en cuanto a su estructura narrativa, esto es: una misión arriesgada —el camino áspero— para reducir, y eliminar si fuese necesario, el foco del problema. Francis Ford Coppola, en su adaptación al cine de la novela de Conrad —Apocalypse Now (1979)— lo simbolizó en el coronel Kurtz (Marlon Brando), Gray lo simboliza en Clifford, el padre de Roy. Ambos deben ser eliminados por cuanto están afectando y poniendo en peligro la misión —y todo su entorno— por la que fueron encomendados en un principio.

Clifford (Tommy Lee Jones), héroe y astronauta que participó de la Operación Lima, cuya misión era encontrar vida más allá de las estrellas, se encuentra desaparecido hace años. La NASA acude a Roy, también astronauta como su padre y con un autocontrol emocional que lo acercan más a un dispositivo artificial como Hal 9000 —la computadora de 2001— que asusta, para establecer contacto. Nada lo altera, nada lo emociona, nada lo sensibiliza. Cabría preguntarse cómo fue posible que se casara con la bella Liv Tyler, pero este detalle es uno de los tantos que no tiene respuesta y que se suma al pacto de ficción que uno hace como espectador. Su misión es llegar a una de las bases de Marte, previa parada en una Luna ya colonizada, para enviarle un mensaje a su padre, si es que está vivo. La NASA así lo cree, es más, sospechan que las interferencias y sobrecargas eléctricas que sufre la Tierra son producto de la manipulación con antimateria que está haciendo Clifford en las cercanías de Neptuno, en donde se encuentra su base de operaciones. Creen que si el hijo habla con el padre, este va a dar señales de vida.

El reencuentro del padre con el hijo y viceversa. Ese es el nudo de la película, con un majestuoso fondo espacial, con una banda de sonido en la que participó Max Ritcher y una fotografía prodigiosa de Hoyte van Hoytema que ya había trabajado en Interstellar y Dunkirk. Es decir, que Ad Astra se centra más en las relaciones humanas, como también lo hacía Interstellar (2014) —el padre con la hija— y Gravity (2013) —la madre con la hija— pero en diferentes intensidades dentro del esquema narrativo.

La interpretación de Brad Pitt es deslumbrante y no por realizar un gran despliegue actoral, sino por su actuación minimalista; todo está centrado en su mirada. De hecho durante gran parte de la película lo vemos en primerísimos planos, dentro de su casco espacial y con la única herramienta que tiene a disposición: sus ojos. Durante dos horas su personaje evoluciona: de un frío y correcto Roy del principio a un confuso y quebrado por la emoción hacia el final de la película. Película que, más allá de ser íntima y existencialista, está lejos del Solaris (1971) de Andrei Tarkovski, ya que contiene secuencias de acción excelentemente logradas —la destrucción de una de las kilométricas torres de donde Roy cae a la Tierra, la persecución en la Luna al mejor estilo Mad Max, la pelea cuerpo a cuerpo en la nave con destino a Urano— lo que realza esta producción de tintes metafísicos y apocalípticos.

Brad Pitt viene de realizar una de sus mejores actuaciones junto a Leonardo Di Caprio en Había una Vez…en Hollywood (2019) de Quentin Tarantino. Con James Gray logra reafirmar la condición de ser uno de los actores más importantes de su generación. Y no la tiene nada fácil. Sus compañeros hacia las estrellas son nada menos que Tommy Lee Jones y Donald Sutherland; un elenco estelar para una película que también lo es, por su grandeza visual, pero también por su grandeza espiritual.