Crítica de Magalí, de Juan Pablo Di Bitonto

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Hay algo que salva a esta ópera prima del lugar común y la fatigada referencia del cine en general a la confrontación entre aquellos pueblos ligados a una ancestralidad cultual y la ciudad como el lugar de desapego de esas fuentes originales. Y es el modo en el que Di Bitonto construye narrativamente la estructura de la película: al hacer que cada una de estas dimensiones culturales esté representada por sus personajes centrales, una madre y su pequeño hijo, alejados circunstancialmente, y cuyos puntos de vista en conflicto deberán buscar una solución no solo a ese choque cultural sino a su propia relación personal.

Magalí, que vuelve a Jujuy porque su madre ha muerto, rechaza, por motivos que están más allá del argumento, la idea de participar del rito de una ofrenda a la Pachamama para que el ataque de un puma deje de mermar el ganado de la zona.

Su hijo pequeño, obsesionado con cumplir el legado de su abuela funciona como conector para que Magalí retome el camino de su propia tradición. En el medio la presencia de un funcionario sugiere un historia que nunca llega a contarse. Planos panorámicos de los cerros y momentos nocturnos, construidos más bajo la amenazante presencia del puma, van alternando en un relato que apela más a una cámara atenta a la cercanía de los personajes, asegurandose una intensidad dramática que el espectador deberá ir encontrando en la intensa dirección de fotografía de Lucio Bonelli.

Eva Bianco, efectiva y virtuosa, como siempre encontrando el tono justo en medio de actores locales.