Claudia, de Sebastián de Caro ¿última película de una época?

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La Claudia del titulo es el personaje que encarna Dolores Fonzi (lejos, lo mejor que propone esta película), una wedding planner con look de azafata de avión, obsesiva y perfeccionista que cuando reemplaza a una compañera de trabajo en la organización de una boda, reformula íntegramente no sólo la fiesta de casamiento sino también la ceremonia religiosa, con cambios que, tanto la familia como la empresa organizadora, comienzan a reclamar de manera hasta violenta.

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El espacio en el que ocurre la casi totalidad de la historia es una casona de fin de siglo XIX principios del XX de las que suelen encontrarse en zonas ricas del conurbano bonaerense, donde sucede lo que desde el guión se plantea como una serie de extrañas situaciones, pero que en realidad es una inconexa sucesión de eventos sin demasiado asidero: la novia no quiere casarse, el padre de la novia tiene otros intereses que no son precisamente románticos, el novio es algo especial, algunos amigos y parientes son sospechosos de un complot que se irá desenredando con el correr de los minutos. Así, la actitud detectivesca de Claudia se alterna con sus reflexiones sobre ideales de actitudes en la vida, fundamentalmente sobre el amor y la muerte.

Es que hacia el principio de relato, la muerte de su propio padre parece movilizar algo de la dureza con la que Claudia suele enfrentar las cosas; el corte entre ese primer momento y el tema central de la película que es esta boda buñuelesca (tal vez adjetivo que le queda muy grande) donde principalmente se altera el orden ceremonial comúnmente impuesto de Iglesia-Fiesta por el de Fiesta-Iglesia, es bastante rotundo, y podría haber sido mejor explotado. Suena hasta banal si se quiere que el problema de este grupo de personajes sea ese. Eso si, el funeral del comienzo tendrá un cierre hacia el final.

La extravagancia puede ser una marca autoral, en Claudia hay algo que ni siquiera alcanza esa categoría: un desarrollo entre la obviedad y el absurdo, desde el comienzo con un recital de Lali Spósito, una fiesta con 12 invitados (no eran 60??), un jardín con dos autos en la puerta, un show de tango payasesco improbable, situaciones que no conducen a ninguna parte. En medio de todo eso, Dolores Fonzi hace un personaje que sale al salvataje de este cuasi despropósito que deberemos recordar por mucho tiempo como la película de apertura de un BAFICI alguna vez.

En su superficialidad, su esquematismo, su vacío de sentido, su futilidad, Claudia será también, tal vez, la última película de toda una época.