Crítica de “El Cristo roto”, de Marcelo Rubio

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La segunda novela de Marcelo Rubio, El Cristo roto, me llevó a la Santa María de Juan Carlos Onetti. Como el escritor uruguayo, Rubio ingresa en la lista de esos narradores que han inventado ciudades o pueblos literarios, que no por inventados son menos reales que los que habitamos a diario. En este caso, el pueblo donde “los trenes eran un recuerdo que ni las vías se permitían nombrar”, lo mismo que Laguna profunda en Lo que trae la niebla, son parte de una geografía donde la soledad echó sus raíces.

Convocado para reparar los brazos de un Cristo roto, llega Carlos Andrada, un restaurador de arte. El llamado es urgente porque en pocos días esa imagen debe estar lista para que se produzca el milagro que todos esperan. De qué trata el milagro es parte de las varias verdades ocultas que esconden los habitantes: el Rengo, el padre Bracelli, el Peluquero, Carmen, entre otros. No hace falta contar nada más del argumento: todo lo que sucede está perfectamente encastrado en el devenir de la historia para que nosotros lo descubramos. Se nota, como decía Jorge Luis Borges, que detrás de la trama hay un escritor que piensa en el lector, “un hombre silencioso cuya atención conviene retener” ya desde el epígrafe, al que necesariamente hay que volver al terminar la obra.

Desde la frase inicial, el texto atrapa y lo hace porque somos una especie de alter ego de Carlos y, junto con él, recorremos las calles y los caminos del pueblo intentando acercarnos a esa verdad que se escatima todo el tiempo. Paradójicamente, a todos los personajes les gusta contar, pero sus historias se entrecruzan e incluso se contradicen. ¿A quién hay que creerle?, nos preguntamos a la par del protagonista, quien además sueña, transita por momentos una duermevela confusa o percibe la realidad nublada por los efectos del alcohol. Nada es lo que parece o, quizás, la realidad es solo una apariencia de algo más que se nos escapa. Marcelo Rubio nos tiene acostumbrados a cierta filosofía que se presenta como sustrato de toda su escritura, una filosofía de la cotidianeidad hecha de personajes que esperan eternamente, que siempre están escapando de algo o que evidencian esa nostalgia de saber que podrían estar en otro lado o vivir otra vida. Ni más ni menos que como cualquiera de nosotros.

Yendo al estilo y a los recursos que despliega el autor, hay en principio una multiplicación de narradores que insertan relatos dentro de la trama principal, la mayoría de ellos breves o contados en medio de diálogos. Sin embargo, la novela también incorpora un cuento completo a través del recuerdo de  Carlos que enlaza con muchos de los motivos de la historia central y que permite una reflexión que excede este pueblo dando cuenta de la realidad argentina.

Otro recurso son las descripciones, precisas, breves, necesarias y con un toque poético: “La tarde olía a tristeza de limones”, “El sol balbuceaba en el horizonte, la noche comenzaba a crecer”. Estas no solo nos permiten conocer a los personajes y los diferentes lugares del pueblo, sino que se constituyen en síntesis que se ofrecen para que a nosotros, los lectores, se nos quede grabado un rasgo característico y perfectamente definitorio, como pasa con Carmen, quien será siempre esa mujer de cuya piel sale un “aroma a frutos dulces”.

A esta altura, recomendar la novela es casi una obviedad. Como en un juego de espejos, El Cristo roto narra la historia de un prodigio, ¿y qué es la lectura de un buen libro sino un prodigio, un milagro en medio de la realidad que a veces abruma?

Marcelo Rubio, El Cristo roto, también el caracol, 2019, 74 págs.