Lover, nuevo disco de Taylor Swift, la mejor artista pop del momento

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Taylor Swift regresa con Lover, un triunfo romántico y expansivo

Taylor Swift es la mejor artista pop de los últimos años. Cada disco desde Fearless en 2008 ha sido un “evento”, y cada disco ha podido estar a la altura de sus expectativas masivas, y a veces incluso las ha superado. A través de todo el drama inútil y distrayente, ella siempre ha escrito y cantado de una manera genuina, con una sinceridad que siempre sonó ansiosa para poder salir al mundo. Con cada canción, ella se ha construido su propio mundo y su propia mitología, de las relaciones apasionantes a las dedicatorias para nada sutiles hacia sus detractores a la iconografìa americana subvertida, Taylor ha logrado crear su propio imaginario, un imaginario lírico que creció en alcance, pero que ningún cambio sonoro ha logrado corromper. Lover, su 7mo disco, viene en un momento importante en su discografía. Luego de que reputation llegase con una recepción mixta (y una leve baja en las ventas), visto como un intento para nada convincente de convertirse en una artista más salvaje, demasiado preocupada por el drama y dejando de lado sus mejores dotes como compositora (críticas de gente que claramente no escuchó el disco), uno podría pensar que luego de ese percibido “desastre”, ella tiene algo que probar. Después de todo, la estética del disco es completamente diferente; es colorida, suave, ligera, en comparación con el blanco y negro autoritario de reputation, el corte principal “ME!” era una colaboración con Panic! at the Disco, cuya música también es colorida y alegre, junto con un puente pueril y demasiado tonto. Es fácil pensar que Lover es un retroceso, volviendo a la “vieja Taylor”, yendo a lo seguro de una manera cínica y poco aventurera, dejando atrás a su alma gemela Max Martin (y Shellback) en favor de su otra alma gemela Jack Antonoff, y trayendo a productores más de moda como Louis Bell y Frank Dukes. Y aunque es cierto que este nuevo disco no continúa la dirección trap-pop de reputation, es más porque ese pozo sonoro fue utilizado hasta su última gota, y menos por miedo a la irrelevancia.

Lo que tenemos en su lugar es un disco colorido, pero no de los colores de plastilina barata que “ME!” y, hasta un punto, “You Need to Calm Down”, advertían. Si reputation era un disco oscuro, es porque necesitaba ser oscuro para poder expresar los sentimientos de Taylor, que estaba enfrentando una situación en la que nunca había estado hasta ese punto: una relación prometedora y saludable. Ese era el real arco temático del disco, Taylor encontrándose confundida con una relación en la que las cosas salían realmente bien, con respeto y admiración mutua; ya no estaba lidiando con aprovechadores autocomplacientes, se estaba dando cuenta de cómo poder encontrar felicidad y amor verdadero en el medio de tanto caos. Terminar el disco con “Call It What You Want” y “New Year’s Day” significaba poder encontrar la paz interior necesaria y poder entender qué significaba realmente comprometerse a lo que se estaba comprometiendo. Lover es ella, por primera vez, en paz, con una relación estable, y es esta estabilidad lo que el disco explora. Taylor celebra la euforia de saborear los sentimientos mutuos en “I Think He Knows”, declara un amor apasionante pero no sin sus raíces en la tierra en “Paper Rings”, fetichiza el origen inglés de su amante en la cursi pero entrañable “London Boy”, y pinta una vida tierna, íntima y duradera como pocas en, “Lover”, inmediatamente uno de los mejores de toda su carrera.

Pero todo esto no viene sin sus complicaciones, que no trata de esconder. “The Archer” es uno de sus temas más reflectivos, volviendo a pensar en su trayectoria no solo como artista sino como persona, reviviendo sus tendencias autodestructivas que le han costado tanto en el pasado, y como ahora se ve frente a un futuro que puede traerle mucha felicidad, y al fin tiene algo tangible que no quiere echar a perder (“‘Cause all of my enemies started out friends/Help me hold on to you”), todo con una construcción calmada y restringida en manos de Antonoff que parece llevarlo a un clímax más explosivo… hasta que no llega, dejando que el tema termine en una poderosa nota ambigua. “Cornelia Street”, una balada enorme y hermosa, hace notar que Taylor no está tomando nada por sentado, discutiendo la posibilidad de que esta felicidad no es para siempre, y que tiene algo especial que ella tiene que trabajar para mantener. Temas como “False God” y “Afterglow” no tratan de esconder los problemas reales que pueden tener, los conflictos inevitables que salen a la luz, ni tampoco la voluntad para poder arreglarlos y seguir adelante. Taylor ya no tiene miedo de bajar la guardia y mostrar mayor vulnerabilidad, y esto lo demuestra también en uno de los mejores temas del disco, su cuasi-regreso al country, “Soon You’ll Get Better”, que se desvía de la temática amorosa y hace que Taylor confronte el estado de su madre, diagnosticada con cáncer de mama, con tanta perseverancia como con temor, en un intento conmovedor de ser fuerte para ambas. La producción delicada y gentil de Antonoff (que recuerda a los mejores momentos de su antiguo productor country, Nathan Chapman) más las voces de fondo cortesía de las Dixie Chicks, logran capturar una desesperación latente y quieta.

Spotify:https://open.spotify.com/album/1BrBVH1v92OAzRDijSyhj9
Apple Music:https://music.apple.com/ar/album/lover/1468058165

Y en el medio de todo esto, hay una progresión artística importante que pocas personas han logrado discutir propiamente: Taylor Swift ha logrado totalmente dominar la estructura de la música pop. Ella siempre escribió canciones pop, incluso en su época country, pero al fin ella puede escribir canciones que se apegan a los sonidos y arreglos de música pop sin que haya huellas claras de Martin o Antonoff (o Ryan Tedder, o Imogen Heap) tomándole la mano, como a veces sonaba en 1989 (en “Style”, “How You Get the Girl”, “Clean”) y en reputation (“So It Goes…”, “Dress”, “Getaway Car”, que directamente era un tema de Bleachers en todos los sentidos). Ahora, incluso si Antonoff sigue dominando, la producción se adapta a la composición, que es indudablemente Taylor Swift, y no al revés. “Paper Rings”, con su ritmo juguetón y carismático, tonos resplandecientes y melodías abiertas y cantadas con un entusiasmo inamovible, suena como nada en su discografía, sin embargo encaja perfectamente. El drama no tomado en serio de “Miss Americana & the Heartbreak Prince” es una versión arreglada y más confiada de “So It Goes…” de su último disco, pero con mayor confianza y un mejor agarre a la atmósfera de ensueño con los arreglos de voces de cheerleader y una línea de piano movediza, un arreglo inspirado, con letras cuasi-políticas pero que se convierten en una historia de perseverancia del amor. “Cruel Summer”, un tema destinado a ser un favorito de los fans, co-escrito por St. Vincent (!), explota a lo grande, tomando el synthpop de “Getaway Car” pero dándole la escritura de Taylor, con referencias a Shakespeare e imágenes vívidas de diablos tirando dados, el verano como un cuchillo, y expresar sentimientos bien guardados en un estupor borracho, detallando ternura y una pizca de cinismo que termina siendo infundado, en uno de sus mejores estribillos y un puente cuya performance vocal para el corazón con su intensidad.

Y como es un disco de Taylor Swift, no viene sin sus fallas. “I Forgot That You Existed”, en donde Louis Bell le da un instrumental simplista y, típico de Taylor, se lo dedica a quienes le hicieron daño, no queda bien y no encaja con el resto del disco, e indeliberadamente traiciona la tesis del tema (“It isn’t love, it isn’t hate, it’s just indifference”) al hacer que abra el disco; esto es lo primero que quiere que sepamos, realmente le importa que sepan que no piensa en ellos. Es una espada de doble filo que termina dañándola. Tampoco funciona “The Man”, cuyo contenido lírico feminista denunciado el doble standard entre hombre y mujer es admirable y está en lo correcto, pero las letras en sí son demasiado cursis y – de nuevo – simplistas. (Ergo “You Need to Calm Down”.) Y aunque “Death by a Thousand Cuts” sea otro gran tema (que además contiene uno de los mejores arreglos del disco en forma de un piano escalante en el post-estribillo fuera de tempo salido del arpa de un ángel), realmente no tiene lugar una canción sobre el dolor de un rompimiento en el medio de tantas canciones de amor tan puras, incluso si es más liviana musicalmente que otras de sus canciones de esta índole.

De todas formas, se puede sentir y ver la madurez de Taylor en este disco. Terminar con temas tan calmos como “It’s Nice to Have a Friend” y “Daylight”, este último tratando a su pasado como una oscuridad de la que tuvo que luchar para salir (“I’ve been sleeping so long in a 20-year dark night/And now I see daylight”) invita al oyente a pensar cómo cada disco de Taylor Swift retroactivamente cambia a los anteriores, como estos, con sus señales de crecimiento y regresión al mismo tiempo, con sus declaraciones y contradicciones, forman una persona compleja y con tantos matices igualmente bien armados como dejados al azar, para que cada uno saque algo distinto de ella, y lo pueda aplicar a ellos mismos. Antes creía que el amor siempre sería un rojo ardiente, ahora es azul. Ahora es paciente, ahora es pacífico. En el fin del tema titular, “Lover”, el corazón del disco (y por lejos la mejor canción), una balada salida de Mazzy Star pero mejor y más optimista, con su producción abierta y aireada, como si estuviera encontrando un momento de plenitud e intimidad en el medio de la multitud, cuando la melodía delicada y preciosa del estribillo se para por última vez para descender, con cada “my” acentuado por toda la instrumentación, cuando Taylor se despoja de todo para cantar la última palabra con una mirada ansiosa pero segura (“loverr”), como si no hubiese nada más en el mundo, ahí es donde la vieja Taylor muere, y la nueva Taylor nace. Uno de los mejores discos del año.

Spotify: https://open.spotify.com/album/1BrBVH1v92OAzRDijSyhj9
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