Crítica de “Las máquinas orientales”, de Ariel Luppino

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Las máquinas orientales es la segunda novela de Ariel Luppino, y como en Las brigadas, la crueldad será el leitmotiv de la historia, el tema dominante, recurrente y, en este caso, asfixiante. También como en la obra anterior, el comienzo es contundente, y me recordó la vieja película Mad Max y el libro Sueñan los androides con ovejas electrónicas, de Philip Dick (más conocido por la versión cinematográfica Blade Runner), donde el caos, la desintegración social, la violencia son el escenario por el que transitan los personajes que no escapan a la sordidez de su entorno. Si lo sórdido está asociado a la suciedad, a lo impuro, a lo indecente o a lo escandaloso, todo esto queda potenciado en un texto duro, difícil de leer por momentos porque nos coloca frente a lo peor del ser humano.

La novela alterna entre “Los pasados” y “Los futuros”, entre Buenos Aires y Montevideo, entre robots y vampiros, a través de la narración del protagonista que deja testimonio escrito de lo que él llama una “crónica” o una “confesión”. En un mundo donde todo está en peligro, la escritura se erige como lo permanente, como lo único que se salva de la destrucción, y la palabra se recupera como creadora, como dadora de realidad: “Después (ahora me gusta escribir “después”; me da la sensación de futuro)”. Escribir y vivir se parecen mucho, son como las dos caras de un papel: “Tuve la sensación de haber escrito o vivido esto, pero por mucho que lo escriba mi mundo no cambia (…) Entendí lo que tenía que hacer: seguir plagiándome”. En este contexto, la escritura y la sangre son portadoras de vida: “Yo podía comer un corazón y hacer poesía; mis palabras fluían como la sangre”. Tanto le interesa al narrador todo lo relacionado con la palabra que hasta reflexiona acerca del lenguaje en este mundo distópico en una especie de parodia del discurso de los grandes lingüistas: “…el lenguaje era una pieza fundamental de la maquinaria biológica del cerebro (…) que había sufrido mutaciones irreversibles a causa de las radiaciones”.

Hablábamos de la sangre, presente en cada página del libro (como pasaba con las ratas en la novela anterior), y como símbolo, la sangre nos remite a la vida, a la generación, al nacimiento. Sin embargo, también es símbolo de los impulsos carnales, fuente del pecado, y obviamente nos lleva a uno de los personajes más clásicos de la literatura: Drácula. En Las máquinas orientales, hay vampiros, seres que se alimentan de la sangre de otro, con todo lo que eso implica en tanto sometimiento, poder, violencia. En este caso, no hay un ser oscuro que muerde el cuello de sus víctimas, sino un Comisario siniestro que posee métodos sofisticados para sacar la sangre de los “elegidos” como alimento vital. Sin embargo, este personaje no es solo eso; lo interesante es la descripción que hace el narrador mostrándolo como alguien que condensa todo lo abominable, pero que también termina siendo una figura paternal, “un gran hombre, como Stalin”. Afirmaciones como esta última dan cuenta de la ironía, el sarcasmo y el humor que recorre toda la novela, aunque no alcanzan para alivianar lo que se cuenta; son otras formas de hacerlo más sórdido.

Como distopía, el texto crea una sociedad de castas, con personajes lumpen, con mucho del policial negro en tanto se concentra en las calles y en sus espacios más sucios, plagados de delitos: los protagonistas consumen drogas baratas que los destruyen, se matan, se comen entre ellos; los hombres violan a las mujeres, y los hombres a otros hombres; abundan las sesiones de tortura explícita y detallada; los curas son tan corruptos y crueles como el Comisario; los niños y adolescentes tampoco se salvan. No hay escapatoria, no hay amor posible ni amistad que dure, solo hay que intentar sobrevivir un día más, aunque no se sepa bien para qué.

Además del humor y la ironía, el estilo de Luppino se evidencia en párrafos larguísimos que no nos permiten ni respirar, correlato de la historia densa, jugando con la sintaxis que se transforma en espejo de lo narrado. También dentro del estilo, abunda la intertextualidad: la mención de Roberto Bolaño; la relación clara con Osvaldo Lamborghini; la referencia a un escritor rosarino poco conocido: C. E. Feiling; la alusión a “El Sur”, de Jorge Luis Borges, cuando Gregorio, uno de los personajes, saca un facón, lo arroja al piso y le dice al narrador: “Pelee si es hombre”; o una posible relación con la segunda escena de “Un día perfecto para el pez banana” de J. D. Salinger: en ambas los personajes se encuentran con una nena, y la maestría en la narración provoca que sintamos la inminencia de algo que finalmente no ocurre, pero que nos deja perturbados.

Se podría decir bastante más de Las máquinas orientales, pero cada lector podrá hacer su propio trabajo de lectura, su búsqueda de símbolos, su viaje personal a través de las páginas de la novela.

Las máquinas orientales, Ariel Luppino, Club Hem, 2019, 154 págs.