Norman Fucking Rockwell!, nuevo disco de Lana del Rey: las fallas del sueño americano

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El mundo es un infierno. Todo lo que hemos construido terminará en cenizas, nuestros valores, creencias, pasiones, amores y odios serán olvidados sin nadie que los recuerde o reponga, tanto esfuerzo puesto tanto como individuos como sociedad para evitar el fín por un milisegundo más, para que, cuando el fín llegue, podamos caer en la ilusión de que “hicimos lo que pudimos”, incluso cuando todos sabíamos que no había oportunidad de arreglar las cosas. Este pensamiento cuasi-nihilista es uno muy fácil de caer en estos días. Lana del Rey, una de las artistas más icónicas de esta década, abre su quinto disco, Norman F*****g Rockwell!, denigrando a un amante suyo, un hombre inmaduro y pretencioso, diciéndole “Your poetry’s bad, and you blame the news”. Si hay algo que ha tratado esta mujer de demostrar en toda su discografía, es no dejarse desvanecer por la muerte de la cultura y (por correlación) el mundo. Este disco relativamente quieto y calmado, repleto de baladas de piano y progresiones de acorde de antaño, refleja un fatalismo global y cómo se ve reflejado en lo personal, cómo las referencias de la cultura americana tergiversadas y corrompidas ya no son suficiente, cómo es tan fácil perderse en la muchedumbre y ser olvidado, pero también cómo esta línea de pensamiento no es suficiente.

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Es raro discutir este disco de esta manera porque, estilísticamente, no ha habido mucho cambio entre este disco y sus últimos 4. Ella sigue llevando su dream pop con toques de trip hop y pop barroco, ahora dejando atrás (sabiamente) sus experimentaciones con el trap, y tomando elementos del soft rock 70ero, de parte de su co-productor, Jack Antonoff. Las cuerdas siguen sonando granosas y distantes, las baterías son espaciosas y nunca se anuncian a sí mismas, ahora con un mayor uso de guitarras apagadas y melancólicas. Un tema como “F*** It I Love You” se construye aparentemente de la nada, y, apropiadamente, termina yendo a ninguna parte, con una progresión aparentando ser más dramática de lo que es, y disfrutando su propio engaño. Canciones como “Cinnamon Girl” y “The Next Best American Record” recuerdan los días más simples de Born to Die hace 7 años, pero con una añoranza desgarradora, con acordes que se destrozan a sí mismos, e instrumentación que no soporta el peso de recordar.

Esto nos lleva al siguiente punto: un cambio sutil pero clave de este último disco es el soporte más pronunciado que nunca en los clichés de la composición, y cómo romperlos y atravesarlos. Lana, una artista inherentemente nostálgica, siempre ha revuelto sus composiciones en acordes y arreglos impuestos hace 60 años, moldeados en la forma de lo clásico tan clásico que ni las canciones quedaron, solo los recuerdos… pero nunca con tanto énfasis como aquí. “The Greatest”, “How to Disappear”, “Happiness Is a Butterfly”, temas que van exactamente donde uno espera que vayan, permiten que Lana se aproveche de esa familiaridad, construyendo los temas de una manera que nosotros queramos que vayan hacia donde terminan yendo. Pero no solo se conforma con eso. “Love Song”, una gema escondida en el medio del disco, atraviesa todos los lugares correctos, las trompetas y cuerdas pequeñas infiltrando el sonido perfectamente, hasta que la progresión se rompe al final del estribillo, en un momento de quiebre tan cargado de dramatismo y poder melódico, formando un momento de calma, de ternura, de alegría, de pureza, pureza difícil de encontrar en su discografía.

La voz de Lana siempre ha sido una melancólica, y este disco no es una excepción, incluso cuando está aprendiendo a hacerse valer y defenderse a sí misma en sus letras. En “Mariners Apartment Complex”, una de las mejores canciones del año pasado y de este, denuncia a los que tomaron a su tristeza fuera de su contexto, se propone a ser más que el cliché de la “chica triste aburrida” al que ha sido empaquetada, y mira hacia el cielo esperando (y, más importante, buscando) un mundo mejor, todo en el medio de una canción de amor y devoción íntima. Para cuando termina “How to Disappear”, ella rompe el esquema de rima para forzarse a ella y a su amante de no abandonar lo que han estado construyendo, posicionándose en un rol más activo que nunca. Pero, como es Lana, no puede dejar de hablar sobre el romance fallido californiano. No puede evitar rendirse, frustrada y enojada, a sus sentimientos, perdiéndose en una pasión de film noir que reconoce es una farsa pero no puede dejar ir en “Happiness Is a Butterfly”, una de sus mejores canciones; invita a un antiguo amante a volver a California, despidiéndose del desastre que dejan atrás en “California”. La incertidumbre y la paranoia no se van de una, y Lana claramente todavía tiene muchos demonios que enfrentar.

Pero los dos temas claves para comprender el disco son “Doin’ Time” y “The Greatest”. El primero, un cover de la banda ska-punk Sublime, en donde Lana no cambia la letra que hace referencia al cantante muerto de la banda, Bradley Nowell (y, en efecto, no se separa a sí misma de la tragedia), evoca un día de verano corriente pero brumoso, perdido en el medio de una neblina gris interrumpida por los rayos de sol; y aquí, Lana recrea la historia de amor tóxico, interpretando todos los personajes, creando una monotonía incómoda y decadente, como una historia insignificante a medio recordar que se va de la mente tan rápido como entra. Uno puede volver al pasado, pero no completamente. Y eso nos lleva a “The Greatest”, la pieza central del disco, en donde Lana hace el enlace entre su romance trágico, su persona enigmática, y el mundo destrozado. Es el tema más grande del disco, que poco a poco se va quitando su disfraz para mostrar una reflexión de un mundo triste, nostálgico y cínico. El idealismo de los Beach Boys se fue, reemplazado por “Kokomo”; el sueño americano de Kanye West, despedazado por la locura; la cultura está “en llamas”, y la cultura está en llamas. Y en el medio de todo, su amor se fue, la mayor pérdida de todas. Un mundo que hace que nos cuestionemos constantemente, y aquí Lana se para y se pregunta por qué, y cómo, y qué sería si no, si nos rindiéramos, si paráramos, diésemos la vuelta a todo. No habría nada. El tema empieza con energía y arreglos celestiales, recordando mejores épocas, y termina únicamente con un piano solemne y repetitivo. ¿Tanto para nada?

No. Tal vez el dolor, la melancolía, la tristeza, la añoranza inútil y autodestructiva nunca se vayan, pero la visión de poder ver, crear y generar algo nuevo, algo mejor, eso es lo que realmente perdura. “Venice Bitch”, una de las varias obras maestras del disco, no teme utilizar sólo dos de sus nueve minutos y medio para establecer una estructura melódica (con una estrofa y un estribillo hermoso), y dedicar el resto a buscar (y crear) colores en el cielo, en la tierra, y en donde sea. Humedad densa, viento rozando calles y árboles, agua fresca corriendo, encontrando algo fuera de nuestro alcance, llegando a puntos etéreos, dejando que uno vaya a donde la canción quiere que vaya. Esto es música para no dejarse vencer por un mundo cruel e indiferente, en llamas y en decadencia. No es casualidad que el último tema se llame “Hope Is a Dangerous Thing for Woman Like Me to Have – But I Have It”, el final de una corrida de baladas mínimas de piano, encontrando refugio en la introspección y en el saber que lo peor no puede durar para siempre. Lana pide que la aceptemos, pero no nos lo demanda. Y es esa paz, por más vacía e inestable que sea, la última palabra del nuevo gran capítulo en la historia de una de las mejores artistas de los últimos tiempos.

Spotify: https://open.spotify.com/album/1BrBVH1v92OAzRDijSyhj9

Apple Music:https://music.apple.com/ar/album/norman-fucking-rockwell/1474669063