James Agee: largo viaje hacia la luz del día

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Tal vez lo conozca ya mucha gente, aunque sea de nombre. Más aún, su novela “A death in the family” recibió el Pulitzer pero él ya estaba muerto. Publicada en 1957 a alguien se le ocurrió que merecía el premio. Posteriormente pasaría al cine y al teatro –aquí se llamó All the way home y fue estrenada en 1960 Lo cierto es que este hombre, nacido en 1909 y muerto en 1955 no recibió alabanzas en exceso, al menos mientras vivía. A pesar de sus escritos, su relación con el cine era ambigua: vivía de él pero no lo consideraba campo de exploración suficiente para un artista.

Luego de su muerte y hasta el presente han aparecido cuatro biografías aunque sus relaciones personales, su alcoholismo, el fracaso de sus matrimonios y el fragor sexual sólo explican su desaparición física a los 45 años pero no su obra. Aquellas páginas en donde el narrador de El último magnate –Scott Fitzgerald- trae a su mente el recuerdo de su amada, tienen su correlato lírico en no pocas páginas de Una muerte en la familia y podría llegarse hasta lo mejor de Truman Capote.

A diferencia de sus colegas, Agee tenía una conciencia social poderosa que, nacido en Knoxville, Tennessee, le impedía desconocer la miseria del sur de los Estados Unidos. Recién en 1941 y con fotografías de Walker Evans, se publicó “Alabemos ahora a los hombres famosos”, título irónico si los hay porque desfilan por allí los agricultores explotados. Se vendieron escasos ejemplares.

Este hombre a quien John Huston no podía imaginar con ropa nueva, se encontró que, aunque no le gustaran, las reseñas de películas daban dinero. Es así como en The Nation y entre 1942 y 1948, y más tarde en Tje Mew Yprker, daba rienda suelta a su impaciencia con respecto a los traficantes del opio en el mainstream de Hollywood. Carecía de la violencia de Pauline Kael pero no por eso su ironía escapaba al buen ojo de los productores. Por supuesto, acabaría en Hollywood, que no era ni es el lugar más conveniente para un alcohólico practicante del sexo desenfrenado.

 UNA MIRADA SOBRE LA CULTURA POPULAR

Cuando en septiembre de 1949 Agree publica en Life “La época más grande de la comedia” ha llegado, por fin, a convertirse en un escritor para la gente común. No hay allí ni un solo párrafo que delate la sofisticación perversa que aqueja a los escribidores habituales. Charles Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd y Harry Langdon se interrelacionan cada uno en su estilo y, al propio tiempo, este hombre se preocupa por haberle saber a quien lee sobre la excelencia del silente y su superioridad por sobre el sonoro, al menos en el terreno de la comedia.

“Una muerte en la familia” comenzaba con la invitación de aquel padre muerto para ir al cine a ver a Chaplin, a quien la madre consideraba “vulgar”. Este ensayo demuestra que Agee regresaba a su infancia y a los ídolos de aquel entonces porque necesitaban ser reivindicados. Es necesario recordar que este escritor defendió desde siempre a Chaplin, aún en las épocas más difíciles del actor. También hay que tener en cuenta que Keaton era contratado para dos minutos de pantalla, que Lloyd se había hundido en el silencio y que Langdon había muerto.

Pero no sólo el cine sino también las vidas de estos cuatro comediantes se comprenden mucho mejor luego de leer a Agee. Si bien éste es el punto más alto de un escrito sobre la cinematografía de cualquier época, se hace imprescindible señalar que estaba muy alejado de los “papers” universitarios, aún cuando él haya sido un egresado de Harvard. En el volumen I donde se recopilaron sus reseñas es evidente su indignación sobre quienes dirigen la industria en Hollywood. “Viendo esa película me sentí avergonzado y ahora esto, el escribir sobre ella, me avergüenza por partida doble” admite sin problemas con respecto a un estreno de 1945 que alcanzó cierta notoriedad por el casamiento de sus dos estrellas.

En el volumen II, sus guiones demuestran que se sentía responsable por el espectador y su capacidad intelectiva. Los más conocidos son La reina africana y La noche del cazador. El primero significó una relación de amistad con el director John Huston que concluyó sólo con la muerte de Agee. El segundo, en cambio, la traslación de la novela de Davis Grubb La noche del cazador, trajo algunos problemas con Charles Laughton, de quien ésta sería su única incursión como realizador. Shelley Winters en el primer tomo de su autobiografía testifica que había serios problemas con el actor inglés de parte de la industria y que se decidió no distribuir el film o tirarlo a las piojeras. Se estrenó en 1955 y poco antes Agree había muerto. No alcanzó a ver una de las escasas obras maestras norteamericanas de la época que consiguiera su reputación muchos años más tarde.

Pero para escribir acertadamente sobre los guiones de Agee habría que haber leído los cinco que escribió, incluyendo el de “Noa Noa” redescubierto por su hijo Emile y jamás filmado. Tal vez hayamos visto las películas La novia llega a Yellow Sky y Blue Hotel pero no las recordamos. Así como su poemario Permit me voyage resulta sorprendentemente mediocre, sus guiones para el cine demuestran la capacidad de un intelectual que se aleja de Harvard porque necesita hacerlo: en el terreno de la imagen en movimiento, poco es lo que pueden hacer las enseñanzas recibidas en una universidad.

LA ETERNA SEDUCTORA

En 1952 se publicó Letters from James Agee to Father Flye. Más tarde se incluyeron aquellas cartas que pudieron resultar perjudiciales para terceros o bien que mostraban a las claras la personalidad autodestructiva de Agee. Porque hubo ciertas perversiones de las que querían librarlo. Con buen criterio los hijos decidieron ofrecer a su padre tal como lo habían conocido. A partir de 1919, cuando el autor comienza su correspondencia con Flye y hasta su muerta, Agee pareciera haber encontrado en este sacerdote y en su esposa dos guías o mentores.

Nunca alcanzó la fama de Scott Fitzgerald o de Hemingway ni la de otros contemporáneos.  Tampoco la necesitaba. Se hallaba muy lejos del jet set literario o de los guionistas siempre sedientos de alcohol y sexo. Esta correspondencia demuestra a un ser diáfano que nunca superó la muerte de su padre ocurrida en la infancia y que aprendió a convivir con la muerte. Incluso se sintió seducido por ella. Huston traza un retrato físico del escritor y hay una buena cuota de afecto en la descripción. Pero es el propio Agee quien prefiere descubrirse a si mismo en esta correspondencia con su mentor.

No se arrepiente de lo hecho, de todo aquello que los demás condenaban en él. Por otra parte, sus correrías están dentro del estereotipo escritor-sureño. Sin embargo, su conciencia social, su  aprecio por el prójimo y su  necesidad de seguir luchando mientras se hundía cada vez más para morir a los 45 años ponen en claro una ambivalencia no tan frecuenta entre los intelectuales del sur de Estados Unidos. Y aquí es necesario recordar que Williams y Capote, Fitzgerald y Faulkner, no lograron tampoco salvarse a pesar de su obra. La pena es la falta de reconocimiento que le hubiera dado a este hombre algo de autoconfianza. Desde alguna parte, cuando le otorgaron el Pulitzer, debe haber dicho lo de Buster Keaton en aquel festival:

Un poco tarde.

No es nada raro ser descubierto en esto de los premios cuando un creador se ha ido al otro mundo.