Entrevista a Jorge Román, el rostro de Carlos Monzón

0
142

El actor Jorge Román, que actualmente se destaca en la serie Monzón, dialogó con Leedor sobre sus comienzos, el envión que le dio El bonaerense y el proyecto que lo tiene como intérprete de uno de los femicidas más célebres de nuestra historia.

Ezequiel Obregón: Estamos en un espacio fundamental para el cortometraje, las 41° Jornadas UNCIPAR, ¿cuánto de tus comienzos en la actuación se relaciona a este formato?

Jorge Román: Yo no me pude pagar más que dos años de formación actoral en teatro, en La manzana de las luces. Y de pronto hice dos cosas: ir a las audiciones de teatro, de cooperativa, en donde podía seguir aprendiendo, y hacer cortos. Estoy hablando de los años ’90. Me propuse hacer la experiencia de la cámara, entonces hice muchos cortometrajes. Después me fui dando cuenta de que no es lo mismo hacer cortos para un chico de segundo año que para uno que está recibiéndose, haciendo una tesis. Cuando la cosa era muy experimental, no la pasaba tan bien, pero siempre aprendía. Me di cuenta de que escuelas como la ENERC tienen algo muy sistemático, algo muy ordenado. Marcaba la diferencia en cuanto a cumplir, trabajar en equipo. Fueron grandes experiencias, muy enriquecedoras. Los estudiantes de cine me conocen y en general me convocan. Trato de adherirme en la medida de lo posible.

E.O.: ¿Y cómo ves el nivel?

J.R.: Los jóvenes estudiantes tienen un nivel de bueno para arriba, advertís que en sus materiales hay un realizador. De la filial NEA de la ENERC me mandaron material y me dije, “mirá la mano de estos chicos”. Creo que en los últimos diez, quince años, hay una generación audiovisual, a partir de los celulares, que está mucho más familiarizada con la imagen. También me doy cuenta de que en mis comienzos los realizadores jóvenes no conocían el mundo del teatro. Hoy pasa lo contrario, conocen actores y tienen un background distinto, un contenido de dónde agarrarse.

E.O.: Tuviste un comienzo muy auspicioso en tu carrera, con El bonaerense. ¿Alguna vez pensaste que el medio te iba a encasillar en ese papel?

J.R.: Debuté el año anterior, en Felicidades, con una participación. Pero el primer protagónico fue con El bonaerense. En ese momento se creía que yo no era actor, porque estaba la corriente del Nuevo Cine Argentino en la que no se trabajaba con actores profesionales. Pasó bastante tiempo, en algunos reportajes me preguntaban “cómo te preparás ahora”. Por un lado, era un elogio porque se creía que ese tipo era sacado de ahí, y por otro lado tenía que responder “tengo una formación, vengo de trabajar en teatro”. Al comienzo me veían estereotipado y había algo de “el próximo papel, de policía”. Pero pronto se disipó eso. La repercusión de la película fue excelente y fue unánime en la gente el entenderlo así. Y de entender que yo había acompañado eso. Seguí con el cine. También, haber ido a Sundance marcó un antes y un después. Cuando se armó el laboratorio en el que Robert Redford selecciona a seis directores de todas partes del mundo, uno de ellos me llamó a mí. En ese espacio estuve 15 días y ese laboratorio me partió la cabeza. Al volver al Buenos Aires me dije “tengo que empezar a dar talleres”. Yo soy profesor de Ciencias de la Educación y siento que es muy fuerte la docencia en mí. Y ahí comencé a dar talleres y no paré. En los últimos tres o cuatro años trabajo mucho en el entrenamiento de actores.

E.O.: Hablemos del presente, que te tiene como uno de los rostros de Carlos Monzón. ¿Trabajás en conjunto con los otros intérpretes?

J.R.: Sí, claro. En el caso de Monzón trabajamos Mauricio Paniagua, Jesús Braseras (el  director) y yo en conjunto. El trabajo con Mauricio fue la parte “divertida” de la serie, que no es divertida para nada. Trabajamos para uniformar algunas cosas, que teníamos que mantener sí o sí como el mismo personaje. Se nos ocurrió jugar, hacer escenas cosas que le tocaban al otro; mirarnos y luego hacerlas. Fue un juego maravilloso. Mauricio es muy adulto para la edad que tiene, cuenta con una vida interior muy rica. Fuimos al set a vernos varias veces.

E.O.: Muchos de tus trabajos brindan una visión pormenorizada sobre el género, como en La león. ¿Cómo te toca hacer un personaje que ya quedó un poco anacrónico? Ahora, hay una perspectiva más clara de pensar al ídolo también como un homicida.

J.R.: Yo tenía una preocupación antes de la serie: cuál era la perspectiva con la que se iba a encarar. Y pronto me tranquilicé en cuanto a eso, cuando empezamos a leer los guiones. Nos dimos cuenta de que el espectro era amplio y las perspectivas eran múltiples. El personaje iba a ser visto desde muchos puntos de vista. Es un personaje de los ’70, ’80, en donde el paradigma era otro. Hoy, felizmente, no es así. La escuché en un reportaje a Carla Quevedo (la actriz que interpreta a Alicia Muñiz), decir que Monzón era el mejor portavoz del patriarcado, el prototipo del macho que se lleva el mundo por delante. Y eso significaba pegar, literalmente. Los sociólogos hablan de emergente. Y eso era: un emergente, el hijo de una época que procedía de una extracción pobre y con falta de comida. Claro que eso no lo justifica. Y yo tenía que empatizar con ese ser humano para decir “qué te pasó para llegar a esto”. Se trataba de bucear emocionalmente en esa caldera. La intensidad fue una constante en su vida, el alcohol se tornó en adicción que termina potenciando la violencia. No pudo, no quiso, no vio, no estuvo capacitado, como lo quieras ver, y llegó a eso. Me llegó a pasar en el set algo que nunca me había pasado… casi como que le hablé. Estábamos recreando la casa de Mar del Plata, veía el escenario, y yo decía internamente “pará, pará, pará”, como diciéndole, “¿no te cansás?” Una tortura estar todo el tiempo persiguiendo, sintiéndose a la defensiva. Y yo tenía que recorrer eso.

E.O.: Como actor, ¿qué es lo que le pedís a un director?

J.R.: Todos los actores esperamos que el director tenga claro a dónde quiere llegar. Felizmente, me tocaron directores así, con el norte muy claro. Si me das a elegir, me gusta pensar que cuanto más ser humano es, cuanto más trabajo interno tiene, cuanto más recorrido y registro tiene de su sensibilidad, estoy frente al ideal. Es decisivo a la hora de pensar un proyecto, porque luego tenemos que hacer el trabajo en conjunto. Es fundamental que prime lo sensible/humano, la capacidad de registrar al otro. Y el humor, porque me parece que no hay nada inteligente sin humor.