Crítica de “Había una vez…en Hollywood”, de Quentin Tarantino

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El director Quentin Tarantino ha dicho en más de una ocasión que si la crítica y el público lo acompañaba, el noveno film de su trayectoria —Había una vez…en Hollywood (2019) — sería el último. Luego de eso —retirándose en el pináculo de la gloria, como corresponde— se dedicaría a escribir novelas, producir algunos seriales on streamming y a criar a su futuro hijo. Ahora bien, si bien el público respondió favorablemente a su última obra, la crítica se dividió en dos vertientes opuestas: las que se entusiasmaron otra vez con su cinefilia e irreverencia y las que le cuestionan su falta de trama y sus largos diálogos intrascendentes. Este estado de cosas, ¿provocará un décimo film? Aún no lo sabemos, pero conociendo a este amante de las películas de género, ¿por qué no apostar en el futuro a una de terror o de ciencia ficción?

Lo de la cinefilia es una marca registrada de Tarantino. Toda su obra se basa en el homenaje puro hacia las películas de género. Las artes marciales (Kill Bill, Volumen I y Volumen II, 2003 y 2004, respectivamente), el western (Django Sin Cadenas, 2012), el policial negro (Pulp Fiction, 1994), la guerra (Bastardos sin Gloria, 2009), el misterio (Jackie Brown, 1997) por nombrar las más representativas, sin olvidar su opera prima (Perros de la Calle, 1992) que lo elevó, ya deesde el vamos, al panteón de los directores considerados de culto. Es así que su cinefilia —Tarantino abrevó en todos los VHS de la época dorada de los videoclubs cuando trabajaba de vendedor— es una marca indeleble que apunta con sutil maestría a todos los que logran captar sus innumerables guiños. Y así como Steven Spielberg logró homenajear a la década de los ´80 con su película Ready Player One (2018) a través de una iconografía exuberante y múltiple, Tarantino, más terrenal y prosaico, logra hacer su propio homenaje al cine de los ´60 con otros tantos iconos que aparecen desparramados en todo el film.

El logo original de la Columbia Pictures al principio de la película, Steve McQuenn hablando en una fiesta organizada en la Mansión Playboy por Hugh Hefner, Bruce Lee luciendo sus dotes de karateka y su insufrible personalidad, las intérpretes femeninas de The Mamas and The Papas bailando en la misma fiesta, los paneos televisivos de seriales de la época como Mannix, El Avispón Verde, El FBI en Acción y Combate, afiches de películas por doquier, marquesinas, el backstage de los protagonistas —la escena de Di Caprio olvidándose la letra y luego su furia contra sí mismo en el camarín, es magistral—, y una ambientación tan realista y puntillosa, parece llevarnos a esas amplias y desoladoras playas de estacionamiento, a esas estaciones de servicio al costado de las rutas —no podía faltar el cartel de Ruta 66— y tantos otros sitios calurosos y desiertos que se nos antojan tan lejanos como melancólicos.

Otra  de sus marcas registradas son sus diálogos. Intrascendentes algunos, brillantes otros, tensos al punto de saber que algo va a suceder, los muchos. Tarantino logra hacernos caer en la cuenta de que la vida no está compuesta por intercambios de palabras eruditas y filosóficas, nada más alejado de esa presunción. Sus criaturas pueden hablar de cómo se llama el  cuarto de libra con queso en Francia en Pulp Fiction, o de por qué el libro que está leyendo le resulta una buena historia (magnífica escena de Leonardo Di Caprio con una pequeña aspirante a actriz en Había una vez…en Hollywood), es decir, de la vida tal cual se desarrolla en el día a día, sin grandes aspavientos y sin pátina alguna de grandilocuencia, dicho sea de paso, utilizado hasta el hartazgo en la mayoría de los filmes. Por eso los personajes de Tarantino poseen una factura tal que bien podríamos encontrarnos con ellos a la vuelta de la esquina.

La otra marca indiscutible son sus bandas musicales. En Había una vez…en Hollywood es tan importante como sus mismos personajes. Desfilan en todo el metraje —casi tres horas de duración— Roy Head and The Traits, Deep Purple, Los Bravos, Simon and Garfunkel, The Box Tops, José Feliciano, Neil Diamond y sigue una enumeración increíble. Un majestuoso soundtrack que vale por sí mismo, como sucede con Pulp Fiction o Kill Bill.

Y llegamos a la historia propiamente dicha que es tan básica y simple que casi no existe. A no ser que acompañemos a un actor en declive (Rick Dalton) que lleva también a la decadencia a Cliff Booth, por ser nada más ni nada menos que su doble de riesgo, además de su chofer, su asistente todo terreno y, por sobre todo, su mejor amigo.

Rick (un extraordinario Leonardo Di Caprio) consigue antes de su eclipse total como actor, protagonizar, gracias a su agente Marvin Schwarz (Al Pacino) un par de de spaghettis westerns en la Vieja Italia. Un género que estaba en auge en esos momentos de la mano de Sergio Leone y Sergio Corbucci. Es así que la trama principal trata sobre la supervivencia en un medio tan hostil para los actores en declive. Pero es aquí es donde es preciso detenerse, porque la trama que subyace como un sedimento ominoso y oscuro es la que tensa todas las cuerdas del film: la masacre en la casa de Sharon Tate, esposa de Roman Polanski (una actuación totalmente naif e inocente de Margot Robbie, muy lejos de su papel explosivo como Harley Quinn en Escuadrón Suicida, 2016)  sucedida a finales de la década del 70. Es así que la vemos sobrevolando toda la historia como un ángel que lleva el sello de la muerte en cada paso que da, solo deteniéndose en algunas escenas —en el cine viéndose a sí misma en una película en la que actúa con Dennis Martin —Las Demoledoras, 1969—  y posando como una nueva celebridad, que intuimos no va a ser por mucho tiempo.

Claro que aquí es donde Tarantino hace gala de su picardía y nos engaña inmisericordemente. Lo que el director propone es una especie de multiverso en donde todo puede ser posible, una ucronia en que nada de lo que pasó en la realidad histórica sucede tal como sabemos. A pesar de ver a los mismos personajes, a pesar de estar en el lugar indicado —Heaven Drive—, a pesar de la existencia de una secta de fanáticos que viven en una apartada comunidad hippie liderado por Charles Manson; a pesar de todo ese contexto calcado de la realidad, Tarantino lo tergiversa y lo reconstruye de manera maravillosa y sorpresiva. Y, obviamente, Rick y Cliff, sus omnipresentes protagonistas, no podían estar ajenos y ser partícipes necesarios de ese final totalmente irreal, gore y paródico.

Pero más allá de esto, Había una vez…en Hollywood es un claro homenaje a una década maravillosa que terminó de la peor manera: desangelada, sin encanto y que abriría las puertas al cine de los ´70: oscuro, denso y filoso. Lo que sucedió con Sharon Tate —con la guerra de Vietnam como telón de fondo— es solo un ejemplo emblemático. Y es a eso a lo que apunta esta última película de Tarantino, a desarmar un conjunto de piezas unívocas de esa década, mezclarlas con grandes dosis de melancólica añoranza y ofrecernos un nuevo estado de cosas, más promisorio, si se quiere. Y para ello se valió de dos personajes tan ordinarios y queribles que su historia es la historia de todos. De hecho esta parece ser su película más humana y sentimental, con un Rick Dalton que llora cada vez que se pone sensible y un Cliff Booth que desea ver a toda costa, y sin importarle las consecuencias, a un viejo amigo con quien trabajó en varias películas de antaño.

Mini flashbacks, imágenes congeladas, voz en off en algunas secuencias, títulos sobreimpresos, escenas en blanco y negro o con la saturación colorida y granulosa de las películas de esa época, autocines, rock furioso, autos kilométricos, desiertos que contrasta con las mansiones de las estrellas de Hollywood, fiestas atiborradas de alcohol, drogas y tabaco, todo esto y mucho más  —con el símbolo de la paz como saludo entre los integrantes de una cofradía a punto de desaparecer— es la última apuesta de un director que nació mito. La última obra de un director siempre polémico, como debe ser para todo genio que se precie, es un canto a lo políticamente incorrecto, tanto a la historia que se cuenta como a los personajes que la representan. Y esto, hoy en día es un mérito para tener en cuenta.