Sobre el aborto en “El peso de lo invisible”, performance de Natacha Voliakovsky

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“ESTOY VIVA” escribió la artista Natacha Voliakovsky en sus plataformas digitales, concluyendo con “No me hice un aborto hoy. Podría necesitar hacerme uno algún día”. Estas fueron las palabras que utilizó para referirse a las reflexiones, que surgieron durante el proceso de investigación de su performance El peso de lo invisible (The weight of the invisible), llevada a cabo en el mes de junio en NOoSPHERE en el marco de Greenpoint Open Studios (Nueva York, EEUU).

Tras quedar seleccionada a principios de este año en el Programa de Hemispheric Institute of Performance & Politics (EEUU), coordinado por la NYU, la performer desarrolló dicha acción que le permitió no solo trabajar sobre temas que forman parte de su activismo diario, sino también funcionar como un puente entre dos territorios, que en la actualidad se encuentran luchando por la misma causa: el derecho al aborto. “Cuando llegué al país se estaba discutiendo muy activamente la lucha por el aborto en Georgia y Alabama. Entonces lo que intenté hacer fue traer de alguna manera la especificidad de mi contexto a este lugar”.

En un principio, como parte de su investigación, registró en su anotador los datos abrumadores que maneja la ONG Amnistía Internacional sobre la cifra de abortos: “51 abortos por hora. 1.233 al día. 450.000 abortos al año. Cada hora se derraman 15 litros de sangre en abortos ilegales en Argentina”. Si bien estos números son un estimativo por el carácter clandestino de los sucesos, las organizaciones de mujeres creen que el número es aún mayor. Teniendo en cuenta que, a falta de las condiciones sanitarias necesarias, es una de las causas principales de mortalidad materna.

A partir de este hecho, Natacha orquestó el concepto que rodeó la performance. Recorrió carnicerías en busca de 15 litros de sangre de cerdo, en donde la gente se resistía a dársela, hasta que finalmente encontró un lugar que se la vendió. “Fue muy difícil conseguirla, me acuerdo que me preguntaban si era para un ritual satánico y cuando les explicaba que era para una performance, lo tomaban como si fuera para lo mismo”. Además, la decisión de usar sangre animal supuso varias cosas, como el tener que lidiar con sus propios cuestionamientos, dado que la artista no consume animales terrestres, y las consultas médicas por los posibles efectos del contacto con la sangre de cerdo (ya que suele ser portadora de varias enfermedades). Así terminó desarrollando la acción que tuvo lugar el 8 de junio. 

La performer, vestida de un negro fúnebre, ingresó al espacio y se paró frente a una mesa sobre la cual se posaba un bowl de plástico con 400 ml de sangre, junto a un  recipiente transparente que contenía una camisa blanca. En ese momento, le devolvió la mirada a lxs espectadores y les preguntó, primero en inglés y luego en español, si podían ayudarla a contar las repeticiones del procedimiento que realizaría a continuación. Así, transfirió 26 veces la sangre de un recipiente a otro. Al terminar, sacó la camisa cubierta de esta sustancia roja, espesa, para colocarla en el piso y dijo “Acá está la cantidad de sangre que las mujeres pierden cada media hora a causa de un aborto ilegal en Argentina”. Volvió a tomar esta prenda y se la puso observando al público.

Al finalizar la performance, algunxs se acercaron a hablarle, mientras que otrxs se mantuvieron en silencio. Su público, que variaba entre familias con niñxs, universitarixs y del ámbito artístico, manifestó que había una atmosfera particular en donde el shock se evidenciaba, tanto por la información que recibieron como por el olor de la sangre. “Después de la acción limpié el espacio en donde la hice. Ese contacto directo, esa forma de materializarla, me impactó porque tomé conciencia de la cantidad abismal de sangre que se pierde. Al igual que la estigmatización que surge en torno al tema. De acá El peso de lo invisible, porque a pesar de que se trata de algo que tiene mucha densidad, continúa habiendo una gran negación”, comentó Natacha haciendo alusión a los discursos cuya postura, sobre algo que se ha transformado en un hecho social, continúa siendo conservadora y negacionista.     

De la mano con esta proclamación del derecho al aborto, también utilizó una camisa por su carga simbólica para hablar sobre problemáticas en torno al género y al rol del artista en el ámbito laboral.  “Son varios los motivos por los cuales elegí ese tipo de vestimenta. En cuanto al género, porque la camisa blanca ha estado asociada históricamente al varón trabajador. A su vez, la pensé en relación a la posición que tiene el artista en el mercado laboral. Más el que hace performance, porque siempre está relegado al lugar de persona abyecta, que se encuentra por fuera del esquema de la sociedad. Y desde mi punto de vista, yo soy parte del sistema al igual que el resto, así que busco que me reconozcan como una trabajadora más”. De esta manera, planteó un modo crítico y reflexivo para revelarse, como diría Natacha, “hackeando el sistema desde adentro”.

Si hay algo que dejó en claro con su obra y sus palabras es que, tanto en el arte como en la vida social y política, nuestro género ha sido acallado durante siglos. Invisibilizadas por un sistema patriarcal y heteronormativo que ha hecho uso de diversos métodos para dominarnos, controlarnos. Pero hoy en día somos testigos de cuán inundados están los espacios comunes por la conocida marea violeta y verde, constituyéndose como una legión de portadorxs del pañuelo de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Aun así, los medios continúan efectuando terror sexual (a través de mensajes que buscan vulnerar y revictimizar los cuerpos gestantes y disidentes). Esto, al igual que el reciente aumento del Misoprostol, nos recuerda la importancia de seguir luchando por estas causas y más aún en épocas de elecciones, en donde un voto, nuestro voto, puede hacer la diferencia.  

Galeria de Imagenes. Fotos de Diana María Haro