#UNCIPAR2019: sigue la pasión cinéfila

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Luego de una más que interesante primera jornada, en el segundo día de programación se proyectaron dos grupos más de cortos nacionales en competencia.

Con las dos proyecciones de cortometrajes nacionales de ayer se completó la programación de la Competencia argentina. El primer programa comenzó con Dos huevos, de Juan Marciano Ferrero, corto que sigue el derrotero de dos jóvenes mujeres que se dirigen a una estancia a robar huevos. La aparición de otra chica de aura fantasmal cambiará los planes de todos los personajes. Ferrero ingresa al universo del realismo mágico, territorio no muy explorado en el audiovisual,  pero la dificultad de delinear un conflicto le resta dimensión dramática de su propuesta. A continuación se vio Genekashlu, de Natalia Trzcina, una mirada hacia una comunidad originaria a partir de la búsqueda que emprende una niña. Resultó un trabajo sólido, alejado de la mirada didáctico-conciliadora pero no por eso menos humanista.

El apartado de animación (al que los programadores le dieron una especial atención en esta edición) tuvo a Un pobre dios, de Rodolfo Pastor, y a Anacronte, de Raúl Koler y Emiliano Sette, como representantes. El primer trabajo animado fue realizado con la técnica del stop motion y reflexiona sobre el acto de creación que lleva a cabo el artista/realizador con las figuras que modela y que aparecen en el mismo relato. El segundo se concentra más en la temática de la muerte que de la vida, a partir de una estructura (por momentos excesivamente altisonante, a tal punto que se asimila a la impronta de Terrence Malick) que pone a la humanidad entera por debajo de un ser monstruoso (acaso, una figuración de la muerte). Dicho monstruo aparece en un plano extra-cotidiano; desde allí lanza flechas y decide el destino funesto de los hombres. Por más sofisticada que sea la técnica empleada, el trabajo parece clausurarse en su propia mirada filosófica sin concentrarse demasiado en lo que cuenta y cómo desarrollar un conflicto.

La idea de “peligrosidad” tiñe dos trabajos muy distintos: Los áridos, de Jorge Sesán, e Innata, de Cristian Bidone. El primero, que tiene al actor de Pizza, birra, faso detrás de cámara, ubica a una pareja de francotiradores a resolver dos cuestiones: la vinculada a un crimen y la que remite a cuestiones familiares. Dentro de esa dualidad deambula este singular trabajo de impecable factura técnica. Innata hace foco en la cuestión de la maternidad no deseada (tema de la actual agenda social) y recurre a un cuadro de situación resuelto “entre mujeres” en medio de un clima opresivo.

Por último, fue el turno de Crema del cielo, de María Liz Siccardi, corto que se concentra en dos hermanos (un niño y un adulto joven) que viajan en una camioneta de venta de helados del recientemente fallecido abuelo con la finalidad de venderla. El guión recurre a figuras del cine de género (el par de personajes lleno de contrastes, las diferencias generacionales, el viaje como gestor de cambios), pero en quince minutos le cuesta resolver esas cuestiones de forma orgánica.

Luego de un primer programa poco convincente, se proyectaron los últimos siete trabajos. En No faltes, Mili, de Carla Gutiérrez Yañez, el cumpleaños de una niña de clase media alta dentro de un contexto rural en una provincia del denominado interior sirve para retratar la diferencia de clases. El film acierta en hacer foco en la dinámica del vínculo entre dos niñas (la cumpleañera y una pequeña que trabaja de mucama) y señalar, de forma sutil, el drama del trabajo infantil.

Los dos cortos de animación correspondieron en este último tramo a La Diosa, de Lisandro Schurjin, y al consagrado realizador Juan Pablo Zaramella, de quien se pudo ver Héroes. En el primer trabajo, vemos a una joven pareja en pleno acampe. La aparición de la diosa del título colaborará en encender la pasión erótica entre ambos, acaso interrumpida por el excesivo apego de uno de los dos a la tecnología. Un trabajo austero en términos de técnica, pero no por eso menos personal y creativo, que hace foco en la cuestión amorosa y, hacia el final, entrega una única línea de diálogo por demás significativa. En cuanto al corto de Zaramella, en apenas tres minutos extrae toda la comicidad posible de un planteo original: darle vida a los cinco dedos de la mano del jugador de pulseada. Como es habitual, a la excelencia técnica se le agregan originales diálogos (algunos, claro está, son más efectivos que otros) y un muy buen trabajo de voces que tiene al actor Marco Ignacio Caponi como personaje principal.

El documental Argenchino, de Mauro Moreyra, se concentra en la vida de un joven taiwanés que llegó al país cuando era muy pequeño. Las imágenes que recorre surgen a partir de su propio relato frente a cámara, pero de a poco ingresa al universo de los gamers, con el cual el muchacho siente afinidad. A medida que el corto avanza (tiene 24 minutos) aparecen nuevas líneas biográficas: el trato con el padre, la distancia con la madre, la hija que tuvo (de la que conoceremos poco y nada), la cuestión de la identidad. Lamentablemente, ninguno de estos temas encuentra un buen desarrollo, entonces el relato se bifurca excesivamente hacia aspectos de su vida que no construyen un arco dramático.

Torito, de Laura Litvinoff, cuenta con unos pocos planos que transcurren a la vera del río, en una situación de pesca. Mediante el desarrollo de un extenso monólogo (muy bien llevado por Nicolás Condito), un joven reflexiona a partir de anécdotas sobre el vínculo con su padre (Pascual Condito), a quien tiene en frente. Nunca antes mejor graficado el axioma “la no respuesta es una respuesta”, en este trabajo que hace de la expresividad actoral su principal recurso. También el clave dramática se proyectó Un deseo, de Agustina Claramonte, trabajo que –como ocurrió en buena parte de los trabajos presentados- retrata a partir de la distancia generacional un conflicto familiar puntual. El abuelo de la familia pasa sus últimos días en el geriátrico de una ciudad chica. Hasta allí llega su nieta junto a su padre para celebrar el cumpleaños del anciano. El encuentro con la tía resulta un tanto exasperante, porque lo que allí se disputa son cuestiones vinculadas a los inevitables gastos que el cuidado del abuelo demanda. Claramonte logra extraer, a partir de gestos y movimientos, toda la tensión de la historia. En buena medida, que el resultado sea tan logrado es gracias a la dirección actoral pero también al aporte de  cada actor. Se destaca la joven Laila Maltz, dueña de un rostro pródigo en expresividad. Sería justo que el jurado reconozca este cortometraje en su palmarés.

Por último (tal vez, como un modo de celebrar la cinefilia que tiñó a Pinamar en estos días), fue el turno de Yo maté a Antoine Doinel, del realizador de M, Nicolás Prividera. Centrado en la figura del genial personaje creado por François Truffaut, interpretado por el mítico Jean-Pierre Léaud, este trabajo recurre al material de archivo (esencialmente, a buena parte de los films en donde intervino el actor y su recordado personaje) para reflexionar sobre la pasión cinéfila.