#UNCIPAR 2019: la crisis no logra amedrentar la creatividad del corto argentino

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Dieciséis cortometrajes nacionales fueron exhibidos en la competencia, durante la primera jornada de UNCIPAR. Una muestra que alcanzó para confirmar que la crisis no logra amedrentar la creatividad y la heterogeneidad del corto argentino.

Señal de largada para las 41° Jornadas UNCIPAR, por cuarta vez consecutiva en la ciudad de Pinamar. Luego de los discursos de rigor del Secretario de Cultura local Eduardo Isach y Liliana Amate, Presidenta de la entidad, se exhibieron (en dos programas distintos) dieciséis cortos nacionales. Una significativa muestra que señala que pese a la crisis del sector audiovisual (tan sólo una parte de la crisis de la economía argentina) sigue habiendo realizadores, técnicos y actores que hacen del formato un verdadera usina creativa.

La lista de “preferidos” dependerá de las búsquedas y las afinidades de cada espectador. En líneas generales, se percibe en la selección de trabajos un cuidado técnico en cualquier tipo de producción, desde las más austeras hasta las más grandes (en general, estas últimas con apoyo del Instituto o de entidades como el Fondo Nacional de las Artes).

Como siempre, hubo espacio para la comedia “con remate”. Ese fue el caso de Media hora, de Sebastián Rodríguez, historia que comienza en una fiesta en donde se conocen los personajes de Martín Slipak y Malena Sánchez. Dispuestos a continuar el encuentro en una noche de sexo en la casa de él, la situación se complica cuando se olvida del nombre de ella… ¿Podrán tener un encuentro íntimo si? Desde la perspectiva de la chica, no. El relato es sencillo en su planteo pero se potencia en las actuaciones de dos intérpretes que, además de ser reconocidos, hacen muy bien su trabajo. Algo más desarrollado resulta el planteo de Los sapos, de Tomás Sposato y Rocío Blanco, que nos muestra a una pareja recién mudada. En el huevo hogar ella encuentra en el jardín a un sapo, precisamente. Pero la reacción se corresponde con la de haber encontrado un monstruo. La historia muestra cada uno de los pasos que deberán seguir para quitarse en problema de encima. En el medio, claro, se profundiza en la dinámica de la relación. Listo el pollo (Restó), de Carlos Fernando Rossetti, mixtura humor y tratamiento social, a partir de un cocinero y mozo que resuelve el menú de su local de forma poco ortodoxa, digamos. Un toque de humor más “físico” (prácticamente no se escuchan voces) para una jornada en donde primó el trabajo con la palabra.

Por su parte, Uno de vampiros, corto de animación de Nicolás Sparnocchia, tal vez sea el corto cómico que más se asimiló con la estructura del chiste. En este caso, mostrando a un vampiro que, en medio de su viaje, encuentra de forma inesperada un final trágico. A juzgar por las risas, el chiste “funcionó”, como ocurrió también con el trabajo de humor negro Buenos vecinos, de Gastón Calivari, que demuestra que detrás de la pulcritud y aparente bonhomía de la persona que vive frente a uno pueden esconderse secretos demasiado turbios.

Dentro del ámbito de las comedias, las que más convincentes resultaron (por sus planteos y los correspondientes alcances) fueron Charlie en Buenos Aires, trabajo animado de Tomás Pernich, y Una cabrita sin cuernos, de Sebastián Dietsch. La primera nos muestra una suerte de documental apócrifo sobre (y con) los protagonistas de un juego de la factoría Arcade que hizo furor en los ’80. Esta suerte de “trastienda” del mundo de los videojuegos (desde la óptica de sus personajes) le aportó a las jornadas el humor más corrosivo (aparecen incluso problemas con las drogas más pesadas), con un trabajo de animación acorde a la estética a la que remite la historia. La segunda emula la estética del film Fargo (también, de la serie homónima) para ingresar en el universo de “los años pesados” de nuestra historia reciente. Un libro para niños de procedencia soviética es el detonante de esta historia que pone al personaje menos pensado como un posible “subversivo”. El trabajo de Dietsch, además de contar con una estupenda dirección de arte, sabe dosificar la información para empezar como una comedia efectiva hasta transformarse en una drástica y angustiante muestra del poder dictatorial.

En cuanto a los documentales, primaron aquellos que se dedican a “abrir un mundo” en el espectador. ¿Quién es Mei Li Galván?, de Sofía Medrano, prescinde del testimonio “a cámara” para retratar la historia de una mujer trans de Lomas de Zamora que tiene afinidad con el universo oriental (así lo grafica su vestimenta, el mobiliario y los ambientes de su casa y su peluquería). Medrano va de lo particular a lo colectivo, de lo íntimo a lo público, y revela a partir de esas dialécticas las múltiples capas semánticas que configuran una identidad. En El último cuentista, de Adrián Ramírez, el realizador sí recurre en cambio al testimonio a cámara para retratar a un anciano de pueblo que sigue una curiosa tradición: contar chistes en los velorios. Con momentos dramatizados para la ocasión, el trabajo se apoya en el carisma de su personaje pero deja entrever un mundo que, quizás, esté en lenta pero progresiva desaparición. Teteras, de Dora Schoj y Nacho de Paoli, recupera a partir de imágenes de archivo y de dos testimonios a cámara el universo de las “teteras”, espacios de socialización gay que tuvo su época dorada durante los tiempos de la dictadura. Consagradas a la clandestinidad, las teteras fueron unos de los puntos de encuentro óptimos para los encuentros furtivos, en una época en donde los boliches y otros espacios estuvieron prohibidos. El documental cumple con su objetivo, pero tal vez lo hubiera potenciado de haber recurrido a muchos más testimonios para configurar así una “voz colectiva”.

En esta primera camada de cortos también se le ofreció un espacio a la experimentación, a partir de relatos como Anomalía, de Federico Bezenzette (un ejercicio lyncheano sobre el eterno problema del doble). También hubo dos cortos de animación como El libro negro de Alsophocus, de Alan Slavutzky y Nicolás Montes (un pretexto para sumergirse en un universo cercano al de la imaginería de Lovecraft), y Fe, de Luciano Amadeo Meza, metáfora del vínculo que entabla la pobreza, la religión y, por qué no, la filosofía.

Finalmente, el drama tuvo tres grandes exponentes: El sonido de la campana, de Augusto Sinay, Trabajo sucio, de Martín Bielinsky y Severino, de Gastón Calivari. El primer corto tiene dos grandes méritos: la actuación de Jorge Sesán, como un boxeador que tiene un inescrupuloso entrenador, y el trabajo de composición sonora que parte de un concepto expresionista para graficar las consecuencias de una pelea que resultarán devastadoras. El segundo, ingresa desde el suspenso y una atmósfera opresiva al drama más social; ha muerto la señora de la casa y su mucama (Susana Varela) tendrá que darles explicaciones al hijo (Willy Prociuk) y a la nuera (Moro Anghileri). Tensión hasta un final que problematiza la eterna lucha de clases. Por último, Severino retrata en un maravilloso blanco y negro el vínculo de un hijo (Gustavo Garzón) con su padre (Mirko Buchín) en el que la degradación de la memoria no es obstáculo para rescatar el más entrañable humanismo.

Foto copete: Una cabrita sin cuernos.