Crítica de “Era tan oscuro el monte”, de Natalia Rodríguez Simón

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Aldo y su mujer forman parte de ese universo de seres olvidados, marginados de la sociedad; seres sin ningún horizonte de esperanza. Era tan oscuro el monte pone en primer plano, ya desde el título, la soledad, el dolor, el abandono que sufren los protagonistas.

Para los que leímos el libro anterior, La vi mutar, esta primera novela de Natalia Simón sorprende tanto por el cambio en los temas y en los personajes elegidos, como por la crudeza de lo que se narra. Sin embargo, lo más notable es la manera que elige la autora para contarnos la historia: una variedad de voces, un vaivén temporal y un manejo de diferentes registros lingüísticos conforman un texto que hay que leer.

Era tan oscuro el monte aprovecha la narración focalizada en tercera persona alternando capítulos contados desde el punto de vista de Aldo; su mujer; Alonso, el patrón; y Fermín, el ayudante. Todo esto lo cuenta un narrador que va metiéndose en cada personaje, que elige qué decir y que, con una economía de recursos, nos enfrenta al drama de cada uno de ellos. Como en toda novela, además, otros personajes dan vuelta alrededor de los principales en una trama de relaciones siempre conflictivas.

Al comienzo, hablábamos de dolor, de abandono y de soledad. Todo esto se traduce en la recurrencia de determinados semas. En lingüística, los semas son unidades de significado que posee toda palabra. Además, palabras diferentes pueden remitir a significados comunes. Lo que describe el narrador repite los semas que contienen la sangre, la oscuridad, el silencio, la mugre, el barro, el llanto. El calor, la violencia de la que son parte los protagonistas y el silencio –el de la mujer que ni siquiera puede expresar lo que siente o el de Aldo que se aguanta las palizas– se reiteran por medio de descripciones que duplican y exacerban la sensación de desamparo total. Así arranca la primera página: “…le duele. No tanto la boca rota, que ya dejó de sangrar, ni las costillas, ni el pómulo que se hizo monte en la cara. Le duele otra cosa, algo que no se toca y no sabe qué, pero no se toca. No puede tocarse aunque se quiera. No conoce la palabra para decirlo”.

El mundo del que forman parte Aldo y ella, “su mujercita” (no casualmente sin nombre), reproduce todos los mandatos de la sociedad patriarcal: las mujeres son objetos, propiedad de los hombres, nacidas para parir y para atender al compañero; los hombres se emborrachan, frecuentan otras mujeres, se pelean, marcan territorio. Es que, en el fondo, todo se reduce a una situación de poder donde solo sobrevive el que más aguanta o el que más agacha la cabeza. El monte del título representa ese espacio real y metafórico que se caracteriza por la aridez, la soledad; el monte pincha, lastima. Hasta el agua falta, símbolo de la vida, de la renovación. Entonces aparece la muerte, la última, pero también la de todos los días, la de la pérdida de la esperanza. No hay salvación posible, y quizás la mayor prueba de esto sea Alonso frente a la hija de su prima, una nena, luchando contra sus deseos de macho: “Se lava la cara, se mira en el espejo: cuando está cerca de ella se reconoce de nuevo y le gusta lo que ve. Cierra los ojos y trata de apagar el bulto encendido bajo sus pantalones, caliente por su calentura con él mismo, con ese hombre grande en el que se transforma cada vez que siente esa nariz dulce y el aliento dulce, los labios jugosos, y la voz chiquita y vulnerable”.

A pesar de la violencia y de la remisión constante al dolor, el lenguaje de la novela opera en dos sentidos. En primer lugar, reproduce el habla de estos seres marginales que, además, son inmigrantes, y en segundo lugar, encuentra en la poesía y sus recursos la manera de hacer de ellos héroes verdaderamente trágicos en el sentido de la lucha contra el destino: “…se le llena la boca vacía de serpientes rojas y las lanza y no entiende esa fuerza”; “Anduvo todo el camino con los ojos cerrados, flotando como a veces flota en los sueños, como si dos cuerdas la colgaran del cielo, desde el ombligo y la nariz como una hamaca”.

Era tan oscuro el monte es una gran novela, y Natalia Rodríguez Simón, una muy buena escritora.

Natalia Rodríguez Simón, Era tan oscuro el monte, Mardulce, 2019, 160 págs.