Crítica de “Anna”, de Luc Besson

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Sasha Luss stars as 'Anna' in ANNA.

Según el filósofo Gilles Deleuze, el sentido de libertad está dado en saber por dónde salir, por donde escapar, por donde huir. Otro francés, en este caso un director de cine, dotó de esta premisa a su última heroína de ficción cinematográfica. Anna (2019) de ella se trata, quiere ser libre, y para ello busca la manera de salir. De las entrañas de la KGB primero, de la CIA después. Como en un juego de ajedrez, algo que ella conoce muy bien desde niña, va a ir moviendo las piezas para despojarse de todos los disfraces que les fueron dando a lo largo de su carrera de espía para volver a ser simplemente Anna. El sentido de su vida pasa a ser ese: ver una salida para poder sentirse libre.

Luc Besson —luego de su última y fallida película de ciencia ficción, Valerian y la Ciudad de los Mil Planetas (2017), vuelve a lo que mejor sabe hacer: el cine de acción con heroínas bellas a más no poder y con una trama que se complejiza, también a más no poder.

La historia se ambienta en la década del 80 —aunque durante toda la película hay saltos temporales hacia atrás y hacia adelante —flashbacks y flashforward, en la jerga cinematográfica— que son imprescindibles para que las piezas de este gran puzle vayan configurando una totalidad que resulta provocativo y audaz en el plano narrativo.

Anna Poliatova (Sasha Luss), mujer golpeada y sujeta a ser la pareja de un ser tan despreciable como patético, logra que su solicitud de enrolarse en las fuerzas militares de Rusia sea tenida en cuenta. Un agente de Inteligencia la visita, mata a su novio y la persuade de que llegó la hora de cambiar de vida. Claro que ella no sabe que pasará de una vida miserable y libre a una vida ordenada y totalmente bajo control de la KGB. A partir de aquí todo el desarrollo de la trama cae en lo inverosímil, pero es en este límite, entre lo absurdo del planteo y el pacto que uno hace con la pura ficción, en que las películas de Besson adquieren su grandeza.

Anna podría ser considerada la síntesis perfecta entre Nikita (1990), Juana de Arco (1999), Angel-A (2005) y Lucy (2014). Todas heroínas de gran belleza, todas de armas tomar, todas poniendo en jaque el orden establecido y las normas sociales que todos debemos respetar. Claro que como todo ser que se arma a través de otros cuerpos —Mary Shelley lo sabía muy bien— el producto final puede resultar algo fallido. Anna no es lo mejor de Besson ya que contiene elementos utilizados de sus otras musas cinematográficas, por lo que la sorpresa original se desvanece, pero así y todo no deja de ser un personaje explosivo y totalmente respetable.

Anna es una espía que trabaja para la KGB — a las órdenes de una siempre correcta Helen Mirrer en el papel de Olga— y que tiene una vida paralela de modelo —en la vida real lo es— para seguir cumpliendo su misión: matar a todos los que se consideran contraespías. Luego, como su pedido de libertad parece no ser escuchado, se alista en la CIA para brindar información con la esperanza de que ellos —los “buenos” con Lenny Miller (Cillian Murphy) a la cabeza— la dejen libre luego de unos tres años de servicio.

Hay secuencias que nos remiten al mejor Tarantino. Tanto Anna como La Novia (Uma Thurman) de Kill Bill, podrían —cada una por su lado— “despachar” sin ningún atisbo de remordimiento a decenas y decenas de guardaespaldas con todo lo que tengan a su alcance. En este sentido, el gran trabajo coreográfico de las escenas de lucha es admirable y se ponen a la altura de esa otra gran película que es Atomic Blonde (2017) de David Leitch con Charlize Theron, en el papel de Lorraine Broughton, espía del Servicio de Inteligencia Inglés M-16.

Anna es de esas películas para no tomarse demasiado en serio, y esto no significa que no sea disfrutable, al contrario, esa es la premisa básica del cine de entretenimiento. Buena edición, buena música, bellos escenarios, una larga secuencia de Sasha Luss en su mejor forma —la lucha en el restaurante es un ejemplo— y una seguidilla de crímenes por encargo que se asemeja más a una divertida parodia que a otra cosa,  rescatables por el hecho de su elemento efectista y alejado de cualquier pretensión intelectual o de sentido metafórico.

No en vano, este director francés tiene un gran club de fans, esos que esperan disfrutar durante un par de horas la adrenalinica acción que destilan estas jóvenes y hermosas armas letales, implacables y tormentosas que dejan a los hombres como grises estereotipos ordinarios y predecibles.