#Netflix: Stranger Things 3

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Stranger Things, uno de los grandes tanques de Netflix, llegó a la tercera temporada. A esta altura, un análisis de la serie no debería marginar que esta creación de los hermanos Duffer se consolidó como un objeto preciado para la cultura popular, más allá de sus no pocos hallazgos.

Desde su lanzamiento en el 2016, Stranger Things apeló a la construcción de una estructura narrativa que se nutre del imaginario de films como Cuenta conmigo, de Rob Reiner, o Los goonies, de Richard Donner. Y que sirvió para enarbolar una suerte de “mercado de la nostalgia” lo suficientemente reciente como para seducir al público de entre cuarenta y treinta años. Y lo suficientemente distante como para acaparar la atención de sus hijos, integrantes de una generación para la que armar un perfil en una red social es tan orgánico y próximo como antes lo fue disfrutar de la factoría Arcade.

A esa generación reciente, la de los niños y adolescentes, la serie le ofrece un efecto de extrañamiento, que consiste en recordarles que son jóvenes, esencialmente, porque no hace mucho tiempo otros jóvenes fueron muy diferentes a ellos. Esa “diferencia” (en las modas y en los consumos) les da singularidad y les demuestra que el formato analógico ya no les pertenece. Pero que, reciclaje mediante, es posible incorporarlo a su territorio afectivo.

Y si de afectos se trata, la tercera temporada es la que mejor pudo asumir su andamiaje narrativo, alejado de la mera celebración, del gesto, de esa necesidad tan cool para emular texturas y remitirnos a los ’80. Ahora sí, los “de antes” y los “de ahora”, encuentran todo el nervio y la tensión necesarios para que el decorado deje de ser eso, un ornamento, y se integre al corazón de la serie.

Stranger Things 3 reúne nuevamente a los  amigos del imaginario pueblo de Hawkins: Mike, Dustin, Lucas, Max y Will, tal vez el único que se niega a crecer y asumirse como un adolescente. Eleven (la ascendente Millie Bobby Brown) pudo abandonar por un momento el peso de saberse diferente para ocupar el espacio de chica enamorada. Mientras tanto, Hopper (instalado definitivamente como su padre) debe lidiar con ese “hormonazo” (no siempre con el mejor temple) al mismo tiempo que se siente afectivamente más próximo a Joyce (una más equilibrada Winona Ryder). La pareja de Nancy (Natalia Dyer) y Jonathan (Charlie Heaton) parece ser la más consolidada, ya que Steve, el otrora “chico popular” de la escuela (Joe Keery), dejó sus intenciones amorosas de lado y ahora trabaja para una heladería junto a su compañera Robin (Maya Hawke), en un local que está ubicado en el recientemente inaugurado shopping Starcourt, uno de los centros neurálgicos de esta temporada.

El comienzo nos remite al (¿perimido?) conflicto entre Estados Unidos y Rusia, país en donde las fuerzas militares intentan hacer lo que ya hicieron en el otro territorio: abrir el portal hacia esa suerte de inframundo que le dio el aura más creepy a la factoría Stranger Things. Las derivaciones de esa sub-trama conllevan, como era de esperar, a la aparición de nuevas zonas de peligro para los habitantes de Hawkins. El enfrentamiento a monstruos “renovados” (aunque no tanto) y la necesidad de develar un código militar son los ejes de esta temporada, la que mejor sabe jugar con los hilos del suspenso y la fibra afectiva sin hacer que marchen por carriles separados. Puede que a algunos televidentes este mundo no los convoque, pero los hermanos Duffer redoblaron la apuesta y, para los fans, los alcances son superlativos: se consolidaron las historias personales, se afianzaron los vínculos entre los personajes ya conocidos y aparecieron otros que aspiran a tener el mismo atractivo que los otros. Un combo que, bajo la fórmula del gigante del streaming, nos dará dos temporadas más. Habrá que esperar.

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