Crítica de “Punto de fuga”, Alicia Digón

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“Descubrí la literatura de la suspensión, suspendiendo mi juicio sobre la realidad y poniendo entre paréntesis mi propio supuesto juicio”, escribe Alicia Digón a modo de prólogo en su nueva nouvelle Punto de fuga, palabras que tendrán toda la fuerza de una advertencia, si se quiere. Ocurre que la autora de El country de los milagros trabaja sobre los códigos de representación para recordarnos sus convenciones, el de la perspectiva sobre todo, herencia del Renacimiento; ahora son las palabras  –un trabajo minucioso sobre su capacidad de simbolización– las que logran un espacio tridimensional en la trama.

Hay que decirlo: se trata de una historia donde lo fantástico y lo onírico dan cuenta de que una exacerbada lucidez, también es una de las tantas formas de lo que llamamos locura. «Llegué al periódico hace seis meses. Cuando me echaron de la lavandería por quedarme con el poncho de una muerta. La mujer gritaba mi poncho mi poncho es de mi madre muerta. Y yo pensé: “¿Para qué querrá el poncho se la madre está muerta?” Luego de mis estudios comencé a escribir todo lo que me pasaba y conocí al Archiduque. Me llevó a su revista. La gente del pueblo vive pendiente de esas noticias. Empecé a escribir artículos cortitos, algunos se trataban de limosnas y otros de agua. El que sabe de aguas conoce el mundo de los humanos. El que no, camina a ciegas», dice la narradora que de manera azarosa dará sus primeros  y muy particulares pasos como periodista en la revista que dirige  el Archiduque, un hombre extraño, extravagante,  misterioso, rodeado de mujeres que lo cortejan como a una divinidad y de quien se sabe, en aquella zona de El Pilar, tiene una hija que se babea y la que llama “Mi Bebota”. La vida secreta del Archiduque se irá revelando lenta, gradualmente, a la par del pueblo y sus habitantes, mujeres sobre todo, como La Brasuca y La Barala, que entre las dos estudian milagros para superar las adivinaciones y resultan milagrosas e increíbles.

“Antes de salir deben dejar una donación para el Chipi, que es el Dios del agua. De lo contrario esa persona se convertirá en cola de estrella entrando al infinito”. Es un pueblo enigmático y extraño donde se cosechan papas, batatas y flores.  Un pueblo que por momentos remite a ese clima sórdido tan presente en Rulfo y en Faulkner; la mención busca sólo poner de manifiesto que Alicia Digón trabaja mucho con las intertextualidades, las citas encubiertas y las otras, explícitas, que le sirven para dar un giro hacia lo fantástico. “La Brasuca conoció a la mujer del agujero. Sabe. Sabe bien el tema. Es una mujer leída. Dice que curó a Lewis Caroll. Y muestra el espejo como prueba” Más adelante: “Me contó toda la historia. Y yo le creí y al final empecé la nota o la reseña o quizá esto mismo al que no puedo darle un nombre todavía”. La nota que debe escribir la narradora por encargo del Archiduque inaugura esa zona de lo fantástico con un nivel de prosa poética muy algo y donde la sensualidad y el humor corrosivo también están presentes. La mujer debe viajar a un pueblo del interior, conocido como “el pueblo silencioso” o “la ciudadela del silencio” para escribir sobre la “la mujer del agujero” de quien se dice ha tenido una experiencia sobrenatural. El director editorial le recomienda que no deje pasar ningún detalle del caso. Y finalmente le hace un encargo: “si puedes trae uno de esos extraños  habitantes de la ciudad del silencio o algo que lo represente para poner como camafeo en los escritorios de la redacción, en especial en el del director general. Se cree Dios”. A partir de ahora el lector ya estará inmerso en la original propuesta narrativa de Alicia Digón.

El viaje, conjuntamente con la trama, se abre como un abanico hacia distintas dimensiones. El famoso caso de “la mujer del agujero” no será abordado de manera lineal ni mucho menos desde la perspectiva de la periodista en ciernes, sino que irá surgiendo de manera intercalada a partir de pequeñas historias, detalles, como quien observa por medio de una lupa delicadezas que sólo parándose a una determinada distancia se está trabajando sobre pictórica completa. ¿Quién es “la mujer del agujero”? O mejor dicho: ¿qué se sabe de ella?  Al principio, que fue la esposa de un hombre de familia distinguida, sobrino nieto del Papa Paulo VI don Morixe Antoine de Riedmatten y que un día encontró a su marido muerto en el piso. No había signos de violencia. Sólo un agujero de bala  en la cómoda de la habitación matrimonial. La mujer descubre el agujero y no tarda en reconocer que de ahí provienen voces. ¿Se trata de otra dimensión? ¿O acaso de un síntoma de la locura que amenaza cuando algo en lo que llamamos realidad se quiebra de pronto por la fuerza de la angustia? En esto radica la originalidad de Punto de Fuga: su ambigüedad. Porque el viaje existe. “La mujer del agujero” dará cuenta de saltos temporales y lugares remotos, ciudades de Italia y Grecia estarán colmadas de anécdotas tan delirantes como sensuales hasta que, finalmente, todo confluya en un solo lugar, acaso el que le da título a  esta intensa e inquietante nouvelle.

“La escritura de Alicia Digón está hecha de un material reconocible pero no se parece en nada”, escribió  Laura Galarza en la contratapa, “El lenguaje bajo su pluma es un agua donde sumergirse y dejarse estar. Una experiencia, además de una lectura”. Y es cierto.

Alicia Digón, Punto de fuga, Guka ediciones, 2019, 61 págs.