Crítica de “No permitas que mi sangre se derrame”, Juan Carrá

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Odio los western, no hay nada que me interese menos, y sin embargo acá estoy pidiéndoles que lean esta novela que eso es un western del subdesarrollo. Juan Carrá maneja este género a la perfección hay que decirlo, un western sudaca contado a través de estampitas de santos. Cada capítulo avanza por la descripción de escenas paganas ya inventadas, ya inmortalizadas por la tradición pero imaginadas en clave de surrealismo villero.

Hace unos días terminé este libro, No permitas que mi sangre se derrame, reza el título. Fue justo en el ojo de la tormenta de mi crisis personal. Siempre tengo crisis y siempre me cuesta superarlas porque sufro y disfruto, masoquista de la hipersensibilidad que me genera estar deprimida. Eso que me pasa cuando el estímulo que magnifica las emociones se desborda y puedo conmoverme con la trama o la estructura pero también revisar con esa ficción mi propia vida. Ya sé, no hay nada peor que flashear arteterapia pero sí hay algo peor que hice como lectora: mientras leía este libro recordaba motivos para justificar mi depresión.

Descripción de uno de los arcángeles: “Los ojos celestes, el pelo largo de rulos rubio, la cara y el pecho lampiños. Todo Gabriel desentonaba en el barrio. Los pibes vivían bardeándolo para sentirse más hombres, pero querían tenerlo cerca. Gabriel te hacía evitar la cola en las bailantas.”  Ahí encontré a mi hermano, blanquísimo el ruso, dorado por el sol del barrio donde nos criamos, resplandeciendo entre los pibes con los que se juntaba.

Imagino el piercing que Lucio le pone a Luján en el ombligo como esa marca física que delata la posesión, a mí el padre de mi hijo en la adolescencia me clavó uno en la nariz.  Leo a Luján moviendo el culo en el barrio y me veo, leo a Luján embarazada, atravesando los controles de la cárcel y me veo a mí misma, cuando aún no sabía que no era mi responsabilidad cuidar el vínculo del hijo con el padre, cargando a mi recién nacido para entrar en la granja de rehabilitación.

Leo la primer escena de sexo entre Lucio y Gabriel y, aunque últimamente mi libido esté medio muerta, me pone como una moto y así como logra calentarme me baja de un hondazo cuando termina brutal, cruel, extrema. Tiemblo, me reconozco en ellos. Lo sé, no existe otro final posible.

Admiro el respeto que esta ficción le tiene a la miseria, porque me canso de leer turistas de la villa que flashean victimarios y victimas en términos binarios. Me enoja ese reduccionismo que nos pone a los pobres en la obligación de ser buenos o malos. Es la caricia a un perro rabioso  lo que humaniza a un personaje capaz de matar a hachazos a un enemigo que podría ser cualquiera.

Cuando estás como el orto les amigues, en su afán de sacarte de este estado, te cuentan lo linda que es tu vida, enumeran los privilegios que tenés y entonces vos que sos una forra con ellxs pero más con vos misma, hacés listas enormes para validar tu malestar. No permitas que mi sangre se derrame me hizo pensar en mi barrio, mi adolescencia y mi infancia. Nada mejor que un pasado de carencias para justificar hoy un sufrimiento que nunca puedo explicar.

Juan Cará, No permitas que mi sangre se derrame, Reservoir Books, 2018, 192 págs.